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DÍA 17: UN MEMORIAL SEMANAL

La observancia del sábado, para nosotros los adventistas del séptimo día, tiene un significado que trasciende el descanso físico. Además de ser un memorial de la creación, el sábado también recuerda la redención: es decir, nuestra liberación de la esclavitud del pecado. Cada sábado celebramos a Jesús como nuestro Creador, digno de nuestra adoración, y también como nuestro Redentor.

Analicemos, entonces, tres conceptos importantes sobre el sábado como día de reposo.

Nos recuerda la perfección

Al final de la semana de la creación, el Creador vio que todo era muy bueno (Génesis 1:31). En ese ambiente libre de pecado, Dios creó el sábado y el matrimonio. Esas dos instituciones edénicas y sagradas debían testificar de los elevados propósitos de Dios para el ser humano. Adán y Eva guardaron aquel primer sábado en la compañía del amoroso Creador. Y así debía ser cada sábado: un encuentro de adoración, profundo e ininterrumpido, como punto culminante de la adoración de cada día de la semana.

Nos recuerda la caída

El diablo, lleno de envidia porque quería que lo adoraran como a Dios, tentó e hizo caer al primer matrimonio (Génesis 3). Adán y Eva se transformaron en súbditos del enemigo, y así se quebró la armonía entre Dios y sus hijos. Ya no podían andar juntos físicamente, ni ver a Dios con sus ojos mortales y pecaminosos.

Nos recuerda la restauración

Pero Aquel que creó no abandonó a sus criaturas, a pesar de la desastrosa separación causada por el pecado. «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley» (Gálatas 4:4). Cristo pagó todo lo que requerían los reclamos de la justicia. Por eso, el evangelio restituyó nuevamente, en Cristo, todo lo que el enemigo le robó al ser humano: pureza, santidad, esperanza y salvación. Así, podemos adorar, caminar y conversar con Dios en ese día santo.

Nos mantiene cerca de Dios

Dios instituyó el sábado para su gloria y para beneficio de sus hijos. Ir a la iglesia y adorar a Dios en el día que él designó para eso contribuye significativamente a nuestro crecimiento espiritual y fraternal. De ahí la exhortación de Pablo: «No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca» (Hebreos 10:25).

Anuncia un nuevo cielo y una nueva tierra

El sábado, para nosotros los adventistas del séptimo día, tiene además una dimensión escatológica. Anuncia y recuerda que Jesús es el único Creador y Salvador que debemos adorar y glorificar. Apunta, asimismo, a la restauración final de todo por medio de él, y al descanso eterno que seguirá.

Así como Adán y Eva pasaron aquel primer sábado en el Edén recién creado en la compañía del Creador, por la fe creemos que en breve también pasaremos nuestro primer sábado en el mundo restaurado, al lado de nuestro Salvador. Solo que con una diferencia: por toda la eternidad estaremos juntos con nuestro Señor.

Cuando observamos el santo sábado, anunciamos que el enemigo ya está derrotado y desaparecerá para siempre. Estamos declarando que Jesús va a restituir todo lo que el diablo le robó a la raza humana. La experiencia de pecado de Adán y Eva no se repetirá más. La adoración sabática marcará fuertemente la vida de los salvos y será parte integral de la vida en la eternidad. La Palabra de Dios dice: «»Y de mes en mes, y de sábado en sábado, vendrán todos a adorar delante de mí», dice Jehová» (Isaías 66:23).

Para reflexionar: «Así que mientras duren los cielos y la tierra, el sábado continuará siendo una señal del poder del Creador. Cuando el Edén vuelva a florecer en la tierra, el santo día de reposo de Dios será honrado por todos los que moren debajo del sol» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 249).

Desafío para hoy: Dedica unos momentos a imaginar cómo será pasar un sábado en el Cielo. ¿Qué diferencias crees que habrá con la manera en que guardas el sábado hoy? ¿Qué puedes cambiar en tu rutina sabática para que se asemeje más a lo que imaginas que será el Cielo?

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