El 16 de mayo se celebra el Día Internacional de la Convivencia Pacífica, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Es una buena ocasión para detenernos en el significado profundo de una dimensión que va mucho más allá de la simple ausencia de conflictos.
Si llevas años en la fe cristiana, seguramente has encontrado en las Escrituras la palabra shalom. Es un término hebreo que ha entrado en nuestro vocabulario: quizá lo hayas escuchado como saludo o lo hayas cantado en algún himno.
El shalom hebreo se traduce habitualmente como «paz» en nuestras Biblias, y se usa para referirse tanto a las relaciones cordiales entre personas (2 Samuel 3:21-23; 15:19) como a la convivencia pacífica entre naciones, a veces sellada por un tratado (Josué 9:15; 1 Samuel 7:14).
UNA SOCIEDAD QUE PROSPERA
El shalom va unido también a sus frutos. Cuando los pueblos viven en armonía, el comercio fluye y la agricultura puede dar sus frutos, reduciendo el hambre y la pobreza. Por eso la presencia del shalom aparece vinculada en las Escrituras a la prosperidad (Proverbios 3:2), la seguridad (Isaías 39:8) y la alegría (Proverbios 12:20). Todo ello apunta a un significado mucho más rico que la mera ausencia de guerras.
La palabra shalom deriva de un verbo que puede significar «completar» o «hacer íntegro», y lleva consigo las connotaciones de totalidad y plenitud. Por eso la encontramos referida al bienestar general (Salmo 35:27; Éxodo 18:23), así como a la salud y a la sociedad en su conjunto (1 Samuel 25:6; Salmo 38:3; Ester 10:3).
BUSCAR Y CULTIVAR LA PAZ
El shalom es valioso, por eso hay que buscarlo activamente (Salmos 34:14; 37:37) y pedirlo en oración (Salmo 122:6). Sin embargo, no está disponible para todos: la Escritura afirma que a los impíos les es negado (Isaías 48:22; 57:21). Al contrario, el shalom se concede a quienes viven en obediencia y justicia (Salmo 119:165; Isaías 32:17; 48:18).
Y sin embargo, no son nuestras acciones las que producen el shalom: es un don de Dios. Es el Señor quien establece un pacto de shalom con su pueblo (Números 25:12; Isaías 54:10; Ezequiel 34:25). El pecado perturbó la paz de la creación, y solo Dios puede restaurarla. El propio Señor es descrito como Shalom (Jueces 6:24), y es a través de Jesucristo que podemos alcanzar la paz, la plenitud, la integridad y la salud que encierra ese término hebreo.
JESÚS, PRÍNCIPE DE LA PAZ
Esta esperanza queda plasmada en la profecía mesiánica. En Isaías 9:6-7, uno de los títulos de Cristo es precisamente Príncipe de la paz. Isaías anuncia también que este Mesías, que es él mismo Shalom, traerá el shalom definitivo:
«Él fue herido por nuestras transgresiones y molido por nuestras iniquidades; el castigo que nos trajo la paz cayó sobre él, y por sus llagas fuimos nosotros curados.» (Isaías 53:5)
La encarnación y el sufrimiento de Cristo hacen posible que experimentemos el shalom. Cuando entramos en una relación de fe con el Príncipe de la paz, la plenitud, la reconciliación y el bienestar pueden ser nuestros. Podemos aferrarnos a esta promesa: «Señor, tú nos darás la paz, porque tú también has hecho por nosotros todas nuestras obras» (Isaías 26:12).
A LA ESPERA DE QUE LA ARMONÍA SEA COMPLETA
Lo que experimentamos ahora, sin embargo, no es todavía la plenitud del shalom. Toda la creación está aún a la espera. Los profetas del Antiguo Testamento miraban hacia un tiempo en que la paz sería completa: un período en que nada destruiría la paz del reino de Dios (Isaías 11:9), en que depredadores como lobos y leones vivirán en armonía con el ganado (Isaías 11:6-9), y el gobierno de Dios se extenderá sobre toda la tierra (Zacarías 9:10).
Mientras aguardamos ese glorioso cumplimiento, los cristianos somos llamados a buscar la paz en nuestras relaciones (Mateo 5:9; Romanos 12:18; Hebreos 12:14) y a invitar a otros a experimentar la reconciliación y el shalom que solo se encuentran en Cristo.
Artículo adaptado de Wendy Jackson, publicado originalmente en record.adventistchurch.com. Versión italiana en HopeMedia Italia.


