La Biblia contiene diferentes tipos de mensajes: mensajes de información, como en las genealogías (Génesis 5, 10; Mateo 1:1–17); mensajes de mandato, como en las leyes (Éxodo 20–23; también muchos capítulos de Levítico y Deuteronomio); y mensajes de advertencia, como el referente al árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:16, 17).
Dos tipos de mensajes contrastantes se destacan: los de Dios y los del diablo. Ambos son declaraciones de intención y revelan el carácter esencial de quien los pronuncia. Nuestra relación con estos mensajes —basada en nuestra libre elección— tiene un impacto fundamental en nuestra vida cristiana: en las decisiones que tomamos, en sus resultados y, en última instancia, en nuestro destino.
La aspiración expresada en la declaración del diablo contrasta de manera evidente con la afirmación de Dios, revelando así el carácter de ambos.
Mensajes de «yo» pervertidos
La declaración de Lucifer citada en Isaías refleja una aspiración que transmite un mensaje de egoísmo: «Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Isaías 14:13, 14). [1]
Ese mensaje pervertido de «yo» que nació en la mente de Lucifer («decías en tu corazón») estaba centrado en el ego («subiré», «seré semejante»), completamente egocéntrico. Estaba obsesionado con colocarse por encima del Creador, a pesar de haber tenido una posición elevada entre los ángeles (Ezequiel 28:12–16). Se lo describe con términos luminosos como «Lucero» e «hijo de la mañana» (Isaías 14:12).
Pero en sus deseos no había lugar para Dios ni para su creación: solo autoexaltación. Las consecuencias de ese deseo egoísta —y de las acciones que siguieron— lo convirtieron en el diablo y provocaron el sufrimiento que afecta a la creación de Dios. ¡Qué tragedia sería adoptar esa misma actitud egoísta!
Los mensajes de «yo» de Dios
En contraste, la Biblia registra en Éxodo los mensajes de «yo» de Dios: declaraciones de afirmación desinteresadas, centradas en el bienestar de su pueblo que sufría aflicción. Su intención era aliviar su sufrimiento y asegurarles liberación y un futuro de esperanza:
«Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del hitita, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo.
»El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel. Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? Y él respondió: Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte» (Éxodo 3:7–12).
Este mensaje de «yo» comienza con Dios expresando que ve la condición de su pueblo, escucha su clamor y se preocupa por su bienestar. ¡Qué consuelo saber que Dios no solo ve y escucha, sino que también se interesa cuando sufrimos, somos oprimidos, atormentados o angustiados! Incluso cuando pecamos, tenemos un Abogado a nuestro favor. Juan nos da esta seguridad: «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1º Juan 2:1).
Los mensajes de «yo» de Dios van más allá de la simple expresión de palabras y preocupación. Él actúa. Desciende, libra a su pueblo y lo conduce a un lugar bueno (Éxodo 3:8). Todos los que están en esclavitud necesitan a Dios.
Jesús y el cuidado divino
Jesús demostró ese cuidado divino cuando vivió en esta Tierra. Fue hacia los que sufrían y los tocó. No se puede tocar a alguien desde lejos; hay que estar cerca físicamente. Jesús fue criticado por comer con pecadores y convivir con quienes eran considerados marginados (Mateo 9:11). Él sabía que estaban, como todos nosotros, esclavizados por el pecado.
Repitiendo el mensaje de «yo» de Éxodo 3, Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10). Y en otro lugar, refiriéndose a sí mismo como «el Hijo del Hombre», afirmó: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28).
De manera asombrosa, Dios confía en nosotros, sus criaturas, y encarga a quienes deciden seguirlo que participen en la tarea de levantar a otros. Le dijo a Moisés: «Yo te enviaré» (Éxodo 3:10). Ese es un llamado a la misión, que también nos extiende a nosotros.
Participación humana en la obra de Dios
«Dios no escoge, para que sean sus representantes entre los hombres, a ángeles que nunca cayeron, sino a seres humanos, a hombres de pasiones semejantes a las de aquellos a quienes tratan de salvar. Cristo se humanizó a fin de poder alcanzar a la humanidad. Se necesitaba un Salvador a la vez divino y humano para traer salvación al mundo. Y a los hombres y mujeres ha sido confiado el sagrado cometido de dar a conocer “las inescrutables riquezas de Cristo” (Efesios 3:8)».[2]
En el mismo sentido, Elena de White escribió: «El ángel enviado a Felipe podría haber efectuado por sí mismo la obra en favor del etíope; pero no es tal el modo que Dios tiene de obrar. Su plan es que los hombres trabajen en beneficio de sus prójimos».[3]
Aunque Dios es plenamente capaz de realizar su propia obra y cuenta con ángeles a quienes podría enviar, Él da a los seres humanos el honor de participar en su obra de redención. Esta misma idea se ve hoy en la teoría de la administración contemporánea, donde se conoce como delegación. Esta teoría sostiene que, cuando a los liderados se les da responsabilidad, la gestión se vuelve más sencilla y la tarea se realiza mejor. Según Smit, Cronje y Venter: «El trabajo de un gerente es lograr que otros realicen la tarea».[4]
Mensajes de seguridad y acompañamiento
La tarea fue inmensamente desafiante para Moisés, quien puso varias excusas para intentar evadirla (Éxodo 3:11, 13; 4:1, 10, 13). Entonces vino otro de los mensajes de «yo» de Dios, uno de seguridad: «Yo estaré contigo» (Éxodo 3:12).
Al comprender nuestra debilidad y fragilidad, Dios nos asegura que nos acompañará, capacitará y fortalecerá para cumplir su misión. Al igual que Moisés, no necesitamos temer. Dios no nos envía solos. La promesa que hizo a sus discípulos: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20), también es válida para todos sus seguidores a lo largo de la historia.
Finalmente, Dios no nos deja donde estamos, aun después de habernos rescatado de la esclavitud. Promete levantarnos. Cuando enfrentamos tribulación y sufrimiento, solemos desanimarnos. Por eso, la promesa de ser levantados es profundamente alentadora. El mismo Cristo dijo: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo» (Juan 12:32). ¡Gracias a Dios por sus mensajes de «yo», que nos aseguran que él conoce nuestras luchas, promete aliviar nuestro sufrimiento y nos recompensará con un destino glorioso!
Autor: Hudson E. Kibuuka (doctor en Educación, Universidad de Sudáfrica), ahora jubilado, fue director asociado de Educación en la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, en Silver Spring, Maryland, EE. UU., y editor asociado de Diálogo Universitario.
Publicación original: Hudson E. Kibuuka, «Los mensajes de “yo” de Dios,» Diálogo 37:3 (2025): 3-4


