En este Día Internacional de la Mujer, elevo mi mirada al cielo con gratitud. No solo por las mujeres que han marcado la historia de la humanidad, sino por aquellas que, a lo largo de la historia bíblica, fueron llamadas por Dios para cumplir un propósito especial. Como mujer y cristiana adventista, encuentro inspiración en las páginas de la Escritura, donde descubrimos que el valor de la mujer no es una idea moderna, sino un principio establecido desde la creación.
La Biblia nos recuerda que la igualdad y la complementariedad entre hombre y mujer forman parte del diseño divino desde el principio. En Biblia leemos: «Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Génesis 1:27). Ambos, hombre y mujer, reflejan la imagen de Dios. Ambos reciben el mismo llamado: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla» (Génesis 1:28).
No se trata de competencia, sino de colaboración. Dios diseñó una humanidad en la que hombres y mujeres trabajan juntos, complementándose, aportando dones distintos pero igualmente valiosos. El propósito no era que uno dominara sobre el otro, sino que ambos sirvieran juntos al Creador como una unidad.
Mujeres llamadas por Dios en el Antiguo Testamento
Desde el Antiguo Testamento vemos que Dios no dudó en levantar mujeres como líderes, profetas y ejemplos de fe.
Una de ellas fue Débora, quien fue profeta y jueza en Israel. En Jueces 4:4 leemos: «Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profeta». Bajo su liderazgo, el pueblo fue guiado hacia la liberación.
También encontramos a Hulda, una profeta a quien el rey Josías consultó cuando fue hallado el libro de la Ley en el templo. En 2 Reyes 22:14-20 vemos cómo los líderes del pueblo acudieron a ella para recibir la palabra del Señor.
Dios habló por medio de Hulda con autoridad espiritual, confirmando el mensaje divino y llamando al pueblo al arrepentimiento.
Su historia nos recuerda que Dios puede levantar voces femeninas para guiar espiritualmente a su pueblo incluso en momentos decisivos de la historia.
Ester, una mujer que, con valentía y fe, arriesgó su vida para salvar a su pueblo. Su historia nos recuerda que Dios coloca a sus hijos en lugares estratégicos «para un tiempo como este» (Ester 4:14).
Otra figura extraordinaria es Rut, cuya fidelidad y amor la convirtieron en parte del linaje del Mesías. Su famosa declaración —«Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios» (Rut 1:16)— refleja una entrega total al Señor.
Estas mujeres no fueron elegidas por su posición social, sino por su disposición a obedecer. Dios vio sus corazones y las capacitó (como hizo con cada hombre escogido) para cumplir su propósito, su misión.
Mujeres que caminaron con Jesús
En el Nuevo Testamento, el ministerio de Jesús también estuvo rodeado de mujeres fieles. María Magdalena fue una de las primeras en anunciar la resurrección de Cristo. En Juan 20:18 se nos dice que ella fue a dar la noticia a los discípulos: «He visto al Señor».
Brilla el ejemplo de Ana. Su historia aparece al inicio del Nuevo Testamento, representando la fidelidad de los creyentes del antiguo pacto que esperaban al Mesías.
Lucas 2:36-38 la describe como una mujer de avanzada edad que «no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones». Cuando vio al niño Jesús, reconoció en Él al Salvador y habló de Él a todos los que esperaban la redención.
Su vida demuestra que el servicio a Dios no depende de la etapa de la vida ni de la visibilidad del ministerio, sino de un corazón consagrado.
Encontramos mujeres cuya fe y compromiso fueron fundamentales para la expansión del evangelio. Una de ellas es Lidia, una comerciante de púrpura de la ciudad de Tiatira. En Hechos 16:14-15 se relata cómo el Señor abrió su corazón para recibir el mensaje predicado por Pablo.
Lidia no solo aceptó el evangelio, sino que abrió su hogar para que se reuniera allí la naciente iglesia en Filipos. Su hospitalidad y liderazgo muestran cómo Dios utilizó a mujeres en el establecimiento de las primeras comunidades cristianas.
Otra figura destacada es Febe, a quien el apóstol Pablo recomienda en Romanos 16:1-2 como «diaconisa de la iglesia en Cencrea». Pablo la describe como una mujer que había ayudado a muchos, incluido a él mismo. Su servicio y dedicación reflejan el papel activo que muchas mujeres tuvieron en el sostenimiento y desarrollo de la iglesia primitiva.
También encontramos a Priscila, quien junto con su esposo Aquila colaboró estrechamente con el apóstol Pablo. En Hechos 18:26 se nos cuenta que ambos explicaron con mayor precisión el camino de Dios a Apolos, un predicador elocuente.
Este episodio revela que las mujeres también participaron en la enseñanza y formación espiritual dentro de la comunidad cristiana, contribuyendo con sabiduría y conocimiento al crecimiento de la iglesia.
El apóstol Pablo también reconoce a muchas mujeres colaboradoras en el evangelio. En Romanos 16 menciona a varias de ellas, recordándonos que la obra de Dios siempre ha sido una misión compartida.
El mensaje del evangelio elevó la dignidad de la mujer y reafirmó que todos somos llamados a servir.
Un cuerpo con muchos miembros
La Biblia utiliza una imagen poderosa para describir a la iglesia: un cuerpo. En 1 Corintios 12:12 leemos: «Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo».
No existen puestos más importantes que otros en la obra de Dios. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito». Cada miembro cumple una función esencial.
De la misma manera, Dios ha dado dones espirituales a todos sus hijos e hijas. Algunos predican, otros enseñan, otros sirven, otros animan. Cada don es necesario para que el cuerpo funcione de manera armoniosa.
Cuando comprendemos esto, dejamos de compararnos y comenzamos a colaborar.
En los últimos días, Dios prometió derramar su Espíritu sobre todos: «Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños» (Hechos 2:17).
Esta promesa nos recuerda que Dios llama a hombres y mujeres, jóvenes y mayores, a ser portavoces de su palabra, capacitando a cada uno según su propósito y dones.
Jesús también nos enseñó que la verdad y la alabanza a Dios no pueden ser silenciadas: «Él respondiendo, les dijo: Os digo que si estos callaran, las piedras clamarían» (Lucas 19:40).
Incluso la creación testifica de la gloria de Dios, mostrando que Su obra es más grande que cualquier obstáculo o resistencia humana.
Dios sigue llamando mujeres hoy
A lo largo de la historia, Dios ha continuado levantando mujeres para cumplir Su propósito. Una figura clave es Elena G. de White, quien fue llamada por Dios para ejercer un ministerio profético y de orientación espiritual.
A través de sus escritos y su vida de servicio, millones de personas han sido guiadas a una relación más profunda con Dios. Su ejemplo nos recuerda que el Señor llama a quienes están dispuestos a responder, independientemente de su edad, género o condición.
Dios sigue buscando corazones dispuestos hoy.
Reconocer y usar los dones que Dios nos dio
Cada mujer —y cada hombre—, cada niño, adulto, joven y anciano, ha recibido talentos y dones espirituales. El desafío no es preguntarnos si tenemos algo que ofrecer, sino descubrir qué nos ha confiado Dios y hacerlo lo mejor posible para Él.
Tal vez tu don sea enseñar, escuchar, organizar, servir o animar.
Dios te ha colocado en tu familia, en tu iglesia, en tu trabajo o en tu comunidad para ser una luz. ¡Allí donde el Señor te ponga, resplandece!
Cuando ponemos nuestros dones al servicio de Dios, el impacto va mucho más allá de lo que imaginamos.
El apóstol Pedro nos anima: «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 Pedro 4:10).
¿Cuáles son tus dones? ¡Pídele al Señor que te los muestre para ponerlos a Sus pies, y lo hará!
Cuando descubrimos el propósito que Dios tiene para nuestra vida y decidimos poner nuestros dones a su servicio, experimentamos una alegría profunda y duradera. No se trata simplemente de hacer cosas, sino de vivir con sentido, sabiendo que nuestra vida forma parte de un plan mayor.
La Biblia nos recuerda: «Deléitate asimismo en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón» (Salmo 37:4). Cuando nuestro corazón se alinea con el de Dios, servirle se convierte en un privilegio.
La verdadera felicidad no está en buscar reconocimiento o posiciones, sino en saber que estamos donde Dios nos ha llamado, haciendo con amor aquello para lo cual Él mismo nos ha capacitado. Allí, en la sencillez del servicio fiel, encontramos la paz, la plenitud y la alegría que solo el Señor puede dar.
Servir juntas en la misión
Hoy, en el Día de la Mujer, recordamos que nuestra identidad y valor no provienen de las expectativas del mundo, sino del llamado de Dios. Fuimos creadas a Su imagen. Redimidas por Cristo y capacitadas por el Espíritu Santo.
La misión de Dios no es tarea de unos pocos, sino de todos. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores, trabajando juntos como un solo cuerpo. Que cada una de nosotras pueda responder con valentía al llamado del Señor, recordando siempre que cuando Dios llama, Él mismo capacita.
Porque en el reino de Dios no hay servicio pequeño cuando se hace con amor. Y cada vida entregada a Él se convierte en una bendición para el mundo.
Autora: Esther Azón, teóloga y comunicadora. Editora y redactora de revista.adventista.es


