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Las tardes de domingo eran “sacrosantas” cuando yo era niña, al crecer en la República Argentina. Todo parecía detenerse entre las dos y las cuatro de la tarde, durante la hora de la siesta. Incluso los negocios cerraban. Todo lo que se podía escuchar era el sonido de las cigarras mientras todo el vecindario tomaba una siesta. Jóvenes y viejos, ricos y pobres, estaban unidos por esta maravillosa tradición. Al menos, ahora creo que es maravillosa; ¡cuando era niña, sentía que dormir la siesta era una completa pérdida de tiempo!

Muchos de nosotros todavía pensamos así. Por un lado, nos sentimos agotados y desesperados por descansar. Por el otro, nos cuesta muchísimo ser constantes y priorizar el descanso. Llegamos a diciembre exhaustos, después de haber luchado contra esta pandemia por casi dos años; obligados a tolerar niveles de estrés, ansiedad e incertidumbre históricos. Pero, cuando por fin tenemos tiempo libre, pisamos el acelerador a fondo. Organizamos vacaciones con más actividades que una escuela de doble turno. Tenemos una pila inmensa de libros que deseamos leer durante el verano, mientras que redecoramos la casa y aprendemos a hablar japonés. ¿Por qué será que, por muy cansados que estemos, nada pareciera ser más difícil que desacelerar y descansar?

Creo que nuestra relación de amor-odio con el descanso se basa en cuatro mentiras que debemos desaprender: (1) que el tiempo es dinero; (2) que rápido siempre es mejor; (3) que estar ocupado implica ser importante; y (4) que la velocidad nos protegerá del dolor. Si estamos dispuestos a cambiar nuestra perspectiva y a tomar pequeños pasos en la dirección correcta, descubriremos que podemos llevar un ritmo de vida en el que hay espacio para el descanso y la creatividad. Esta es, justamente, la vida abundante que Dios siempre quiso que tuviéramos.

1. El tiempo no es dinero

Si el tiempo es dinero, deberíamos tratarlo como a un restaurante de “tenedor libre”. Con una glotonería enfermiza, deberíamos continuar apilando actividades en nuestros platos ya desbordantes. Y, cuando nos duela el estómago, en lugar de detenernos, deberíamos desabrocharnos el cinturón y los pantalones a fin de hacer lugar para el postre. Si el tiempo es dinero, cuanto más logremos hacer en un período de 24 horas, sin importar cuán nauseabunda sea esta experiencia, más nos rinde la inversión.

Pero ¿y si el tiempo no es dinero, sino vida? Piénsalo: No puedes ahorrar tiempo; puedes desperdiciarlo, pero nunca podrás ahorrarlo. Utilizarás cada uno de los 86.400 segundos de hoy, hoy (sin importar lo rápido que vayas). Como señala el autor minimalista Leo Babauta: “La vida es mejor cuando no intentamos hacerlo todo. Aprende a disfrutar la porción de vida que experimentas, y la vida te resultará maravillosa”. Todo lo que necesitamos es una porción de vida, ¡no todo el bufé!

El tiempo es mucho más caro que el dinero. Es la materia prima de nuestra existencia. Es limitado, precioso y fugaz. Una vez que se acabe el tiempo, el dinero no ayudará. Elige sabiamente cómo usas tus días. Babauta reflexiona nuevamente: “Hacer un gran número de cosas no significa que estás logrando nada significativo”. En lugar de apuntar hacia la cantidad, apunta a la calidad; a tener tiempo para lo que realmente amas.

2. Rápido no siempre es mejor

Como somos seres finitos, valoramos mucho la rapidez y la eficiencia. Pagamos más por los pases-exprés para evitar las largas colas en los aeropuertos y compramos comida de microondas para “ahorrar” tiempo. Sin embargo, cuando la rapidez destierra valores, cuando el precio por incrementar la eficiencia es nuestra paz interior o la salud de nuestra familia, debemos detenernos a reflexionar. Como señala el periodista canadiense Carl Honoré: “Ha llegado el momento de poner en tela de juicio nuestra obsesión por hacerlo todo más rápido. Correr no es siempre la mejor manera de actuar […]. A medida que nos apresuramos por la vida, cargando con más cosas hora tras hora, nos estiramos como una goma elástica hacia el punto de ruptura”. Rápido no siempre es mejor.

Como Dios es eterno, él nunca está apurado. Su énfasis, por lo tanto, no es la velocidad sino la santidad. Tal como lo explica el evangelista estadounidense John Piper: “Dios casi nunca toma la ruta más corta entre el punto A y el punto B. La razón es que tal eficiencia –la eficiencia de la velocidad y de la ruta más corta– no es a lo que él se dedica. Su propósito es santificar al viajero, no apurarlo […]. Frustrar la eficiencia humana es uno de los medios principales (digo principales, no secundarios) de la gracia santificadora de Dios”. ¿Notaste eso? No solo Dios nunca está apurado, sino también a menudo nos hace ir más despacio para garantizar nuestro crecimiento.

Abraham tenía 75 años cuando Dios le prometió una gran descendencia, pero tuvo que esperar 25 años más para ver nacer a Isaac. José, el soñador, soportó muchísimas pruebas entre los 17 y los 30 años antes de convertirse en el gobernador de Egipto. David no ascendió inmediatamente al trono después de ser ungido, sino que pasó por un proceso de preparación de alrededor de 15 años. ¿Por qué permitió Dios esto? Porque la lentitud tiene sus virtudes. Ir más despacio nos ayuda a desarrollar la paciencia y la perseverancia. Quienes son exitosos demasiado rápido, quienes nunca han sido moldeados por el rechazo y el fracaso, se pierden experiencias formativas vitales. Rápido no siempre es mejor.

3. Estar ocupados es ser importante

Hace un par de meses me enfermé de gripe. Llamé al trabajo y dije que no podía ir, y luego me pasé todo el día durmiendo. Seré honesta: aunque me sentía fatal, en realidad estaba feliz: ¡finalmente podía descansar sin sentirme culpable!

La verdad es que nos enorgullece estar ocupados; nos hace sentir útiles e importantes. Vivimos bajo la tiranía de la productividad. Pero, con esto corremos un gran riesgo. Cuando nuestra autoestima está demasiado ligada a nuestra productividad, nos sentimos culpables si descansamos. Como señala el autor y defensor del descanso Alex Soojung-Kim Pang, “si tú eres tu trabajo, cuando dejas de trabajar, dejas de existir”. Sin las “hojas de parra” del trabajo, nos sentimos desnudos y expuestos.

En su libro, Elogio de la lentitud, Carl Honoré señala con gran perspicacia: “Cuando la gente se queja: ‘Oh, estoy tan ocupado, me vuelvo loco, mi vida es un flash, no tengo tiempo para nada’, lo que a menudo quieren decir es: ‘Mírame: soy muy importante, emocionante y enérgico’ ”. En este sentido, descansar es un acto de humildad. Es decir: “Soy finito, no puedo hacer todas las cosas. No soy Dios”. Descansar nos hace ver la diferencia entre “ser” y “hacer”. Nos obliga a bajarnos de la rueda del hámster y recordar quiénes somos en realidad.

4. La velocidad nos protegerá del dolor

En un nivel más profundo, creo que le tememos al descanso por las mismas razones por las que tememos al silencio. Si desaceleramos, las ansiedades y las preocupaciones que nos persiguen podrían alcanzarnos. Por esto, viajamos a toda velocidad por la vida, con la música a todo volumen, intentando silenciar la voz interior, la voz que pregunta por el significado de nuestra existencia. Nos llenamos de tareas para anestesiar nuestra soledad y andamos a las corridas para adormecer nuestra vulnerabilidad.

Al respecto, la investigadora estadounidense Brené Brown señala: “No podemos anestesiar selectivamente las emociones; cuando adormecemos las emociones dolorosas, también anestesiamos las emociones positivas”. La velocidad hará que sintamos menos dolor, pero también hará que sintamos menos alegría, menos amor, menos de todo.

Descansar es un acto de valentía emocional. Es un acto de guerra en contra del consumismo y la trivialidad. Honestamente, lleva tiempo desintoxicarnos de la velocidad y acostumbramos nuevamente a la paz y la tranquilidad. El silencio puede resultar ensordecedor al principio; pero nos invita a descubrir nuestra identidad de una manera más profunda y nuestro propósito de una manera más clara. Aunque desacelerar cuesta, el cambio despabila poco a poco nuestros sentidos y restaura nuestra capacidad para degustar la vida y disfrutar cada momento.

Si quieres, puedes cambiar

Nos gusta pensar que somos víctimas de nuestras circunstancias, que no hay nada que podamos hacer. Si tan solo tuviéramos más dinero, mejor salud, o una familia más colaboradora, entonces podríamos priorizar el descanso y dejar de estresarnos. Vamos al volante de nuestra vida, pisando el acelerador a fondo, pero diciéndonos a nosotros mismos que viajamos en piloto automático, que no tenemos control alguno. “Como el hijo pródigo, no vamos a hacer nada al respecto hasta que un día nos despertemos y nos demos cuenta de que estamos hartos y que queremos una vida diferente”, afirma el autor estadounidense John Eldredge. “Hasta aquel entonces, la vida de no vivir, pero de hacer muchas cosas, tiene sus beneficios.

Por un lado, nos provee de una ilusión de seguridad […]. Luego está la maravillosa cualidad de las distracciones sin fin que provee ‘distracciones útiles’. No tengo que enfrentarme a mí mismo, o a Dios o a nadie más, porque estoy tan ocupado. Y lo mejor es que no necesito sentirme culpable […] [Porque] estoy demostrando que soy una persona responsable haciendo cosas”. Tarde o temprano, tal como el hijo pródigo, tendremos que tomar la decisión de emprender el camino de regreso, un paso a la vez. Cada pequeña decisión que tomemos para priorizar el descanso nos acerca más al estilo de vida que Dios planeó para nosotros.

¡Necesitas descans0!

¿Estás listo para emprender el camino de regreso al descanso? Te propongo algunos pequeños pasos que pueden marcar una gran diferencia:

1-Olvida la culpa por necesitar descanso

Muchos crecimos pensando que el descanso y el cuidado propio son “lujos”, privilegios que debemos ganar. Entonces, solo cuando terminamos la lista de cosas para hacer podemos sentarnos a descansar sin sentirnos culpables. El problema con este argumento es que siempre hay algo más que hacer. El sentimiento de culpa y la abnegación exagerada pueden llevarnos a ignorar los límites de nuestro cuerpo y nuestra salud. Descansar no es un lujo, es una necesidad imprescindible. Debemos aprender a descansar sin culpa. Cuando este sentimiento nos inunde, en el instante mismo en que nos detenemos, recordemos que descansar es como ponerse la máscara de oxígeno primero durante una emergencia en un avión. Es imprescindible para salvar nuestra vida y para poder ayudar a los demás.

2-Enfrenta la incomodidad del descanso

Hemos embotado muchas de nuestras emociones con la velocidad y el ritmo de vida ajetreado que llevamos. Entonces, cuando comenzamos a desacelerar, el dolor retorna; como al regresar a casa después de una visita al dentista, la anestesia comienza a perder efecto, y sentimos todo lo que queríamos ignorar. Para descansar, debemos enfrentarnos a esa incomodidad. En lugar de sorprendernos por la ansiedad inicial que nos produce el descanso, o de acelerar nuevamente para entumecer el alma, debemos dedicarnos a la lenta tarea de sanar. Levantemos las piedras, miremos qué hay debajo, y entreguémosle a Dios todo aquello que necesita ser limpiado.

3-Aprende a decir ‘no’. Necesitas descanso

A veces mi vida lleva un ritmo desenfrenado porque acepto hacer demasiadas cosas. Honestamente, mis motivos no son siempre altruistas. Algunas veces digo que ‘sí’ a otro compromiso más porque decir que ‘no’ implica el riesgo de caerle mal a alguien. A veces digo que ‘sí’ porque quiero ser percibida como una persona supercompetente, que puede manejar cualquier situación. Descansar requiere sacrificar la imagen en favor del contenido. Implica decir ‘no’ a menudo, para poder decir que ‘sí’ a lo que realmente vale.

4-Practica la compasión hacia ti:

Muchos somos duros con nosotros mismos. Creemos que cuanto más implacables seamos con nuestros errores menos los cometeremos. Sin embargo, es Dios quien nos guía al verdadero arrepentimiento (Rom. 2:4). Cuando empecemos a desacelerar y a intentar priorizar el descanso, sin duda nos equivocaremos. Cuando esto suceda, en lugar de ser crueles con nosotros mismos, practiquemos la compasión. Por ejemplo, digamos que Juan está intentando no llevarse el teléfono móvil a la cama, e incluso no responder a llamadas laborales una hora antes de ir a dormir.

El mismo día que Juan toma esa decisión, su jefe lo llama a las 9 de la noche. Sin siquiera darse cuenta, Juan atiende y pierde veinte minutos discutiendo algo que podía esperar hasta el día siguiente. Entonces, Juan puede decirse a sí mismo: “Eres un fracaso. ¡No tienes fuerza de voluntad! Así nunca lograrás dormir bien o aliviar tu estrés”. Sin embargo, Juan también puede elegir cultivar la compasión y decir: “Hoy intenté no usar mi teléfono móvil antes de ir a dormir. Mi jefe llamó y no supe ignorarlo. Necesito una mejor estrategia. Mañana pondré mi móvil en modo avión a las 9 pm. Sé que con práctica y con la ayuda de Dios lograré poner límites que me permitan descansar mejor”. Si Juan elige la compasión, desarrollará la resiliencia, necesaria para seguir intentando hasta lograrlo.

Recuerda: necesitas descanso

Nuestra sociedad posmoderna tiende a desmerecer las verdades absolutas y a pintarlo todo con un barniz de relativismo. Por eso, vale rescatar hoy más que nunca la vigencia del cuarto Mandamiento: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” (Éxo. 20:8). Aquí, Dios está diciendo básicamente: “Recuerda descansar”. Dios no nos dice que no trabajemos (de hecho, el mismo versículo nos invita a hacerlo). Trabaja, sí, pero también tómate tiempo para descansar. ¿Por qué? Porque si nos olvidamos de descansar, trabajaremos de más y andaremos con el alma insensibilizada, inmunes a la belleza y la ternura que nos rodean. Olvidaremos que nuestra identidad no proviene de lo que hacemos, sino de a Quién pertenecemos. Si no priorizamos el descanso, no tendremos tiempo para amar, para reír con nuestros hijos o para apreciar la naturaleza.

Entonces, como señala Wayne Muller, el autor de Sabbath: Restoring the Sacred Rhythm of Rest [Sábado: restaurando el ritmo sagrado del descanso], Dios dice: “Por favor, no lo hagas. Es un desperdicio del tremendo regalo que te he dado. Si supieras el valor de tu vida, no desperdiciarías ni un solo respiro. Por esto, te doy este mandamiento: ‘Acuérdate de descansar’ ”. El hecho de que esto sea un mandamiento, y no un consejo de estilo de vida, es un acto de misericordia divina. Al igual que una madre que insiste cuando su niño agotado se niega a tomar una siesta, Dios sabe que esto es lo mejor para nosotros. No se trata del capricho de un dios mezquino que intenta disminuir nuestra productividad ni talentos, sino de la regla de un Padre amoroso que se preocupa por nuestras necesidades.

Priorizar el descanso disuelve la urgencia artificial de nuestras rutinas y el constante bombardeo mediático. Es un antídoto contra la adicción al trabajo y el estrés. Detenerse a descansar restaura los ritmos naturales de la vida: inhala y exhala, da y recibe, trabaja y descansa. Pero es mucho más que eso: descansar es un acto de resistencia cultural positiva, un acto que ayuda a restaurar nuestra verdadera identidad. Cuando descansamos, afirmamos que nuestra identidad y nuestro valor ya están establecidos (1 Juan 1:3), y que no necesitamos correr sin parar para ganarlos. Porque, como escribe el autor estadounidense A. J. Swoboda, “Adán y Eva no habían logrado nada para ganar este día de descanso gratuito […]. El sábado nos enseña que no trabajamos para agradar a Dios. Más bien, descansamos porque Dios ya está complacido con la obra que ha realizado en nosotros”.

Descansar nos recuerda que, aunque lo que hacemos importa mucho, quienes somos importa todavía más. Recordemos descansar. Prioricémoslo; es una necesidad y no un lujo.

Autora: Vanesa Pizzuto, columnista de la revista Conexión 2.0 y escritora.
Foto de Sander Sammy en Unsplash

Bibliografía:

Leo Babauta, The Power Of Less: The Fine Art of Limiting Yourself to the Essential, “El poder de lo simple” (Hachette Books, 2008).

Carl Honoré, In Praise of Slow: How a Worldwide Movement is Challenging the Cult of Speed [Elogio de la lentitud] (Orion, 2005).

Alex Soojung-Kim Pang, Rest: Why You Get More Done When You Work Less [Descanso: por qué logras más cuando trabajas menos] (Baasic Books, 2016).

Brené Brown, Dare to Lead: Brave Work. Tough Conversations. Whole Hearts [Atrévete a liderar] (Vermilion, 2018).

John Eldredge, Walking with God [Caminando con Dios] (Thomas Nelson Publisher, 2008).

Wayne Muller, Sabbath: Restoring the Sacred Rhythm of Rest [Sábado: restaurando el ritmo sagrado del descanso] (Lion Books, 1999).

A. J. Swoboda, Subversive Sabbath: The Surprising Power of Rest in a Nonstop World [Sábado subversivo: el poder sorprendente del descanso en un mundo sin parar] (Brazos Press, 2018).

PUBLICACIÓN ORIGINAL: ¡Stop! Hora de parar

Revista Adventista de España