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Ezequiel, el profeta deprimido

La introducción de Ezequiel tiene lecciones muy importantes acerca de la manera en que Dios reacciona ante nuestras pérdidas, tristezas y dolor.

La introducción de Ezequiel tiene lecciones muy importantes acerca de la manera en que Dios reacciona ante nuestras pérdidas, tristezas y dolor.

“Aconteció en el año treinta, en el mes cuarto, a los cinco días del mes, que estando yo en medio de los cautivos junto al río Quebar, los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios” (Ez 1,1 RV60).

La Biblia es realmente sorprendente. No conozco de ninguna obra de literatura que pueda decir tanto con tan pocas palabras. Este versículo que leíste al comienzo de este artículo, tan mundano o trivial como puede parecer a primera vista, tiene respuestas para uno de los problemas emocionales más comunes de hoy en día. Pero antes de llegar a este problema, y a la solución que la Biblia nos ofrece, es necesario que estudiemos algunos detalles del versículo en cuestión.

Entendiendo la introducción de Ezequiel

“Había una vez…” son las palabras familiares con las que la mayoría de los cuentos comienzan. Esto sucede porque la cultura en la que vivimos acostumbra iniciar los cuentos o relatos fantásticos con esta frase. Es una costumbre o convención literaria propia de nuestra cultura iberoamericana. Los hebreos, como era el caso de Ezequiel, también tenían convenciones literarias. Por ejemplo, los primeros versículos de cada narrativa tienen como objetivo darnos información extremadamente importante y vital para comprender apropiadamente todo lo que vendrá.

Conociendo esto, podemos notar que Ezequiel nos da varios datos importantes en el primer versículo de su libro: (1) el relato sucedió “en el año treinta”; (2) Ezequiel estaba entre los cautivos; (3) justo en ese momento estaba junto al “río Quebar”; y (4) pudo ver cómo “los cielos se abrieron”. Todos estos datos son de vital importancia y es necesario que los analicemos atentamente.

Comencemos por lo obvio. Ezequiel estaba con los “cautivos” o, mejor dicho, entre los “exiliados”.[1] Esto nos indica que el profeta estaba entre quienes Nabucodonosor había tomado como prisioneros en Jerusalén y llevado hasta Babilonia tras la rebelión del rey Joaquín. Esto significa que la familia de Ezequiel había tenido poder e influencia en Jerusalén (cf. 2 Re 24,14-16), pero ahora, lejos de su hogar, vivían en un precario asentamiento en la tierra de los caldeos.

La Biblia también nos dice que Ezequiel estaba junto al “río Quebar”. ¿Por qué este dato es importante? Bueno, los exiliados no iban junto a los ríos a pescar, pasear, ni nadar. Los exiliados declaran que: “junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos, y llorábamos al acordarnos de Sión” (Sal 137,1). Al darnos esta información, Ezequiel nos muestra que estaba pasando por un estado anímico difícil, estaba triste y angustiado. Hoy tenemos una palabra para esto: depresión.

¿Por qué Ezequiel estaba deprimido?

Creo que es válido preguntarnos ¿por qué Ezequiel estaba deprimido? Podemos pensar que haber sido llevado como exiliado y estar lejos de su hogar pueden ser causa suficiente, pero esto no era todo. También debemos tener en cuenta otro dato que la misma introducción del libro proporciona. Aunque la Reina-Valera, junto con la mayoría de las versiones, nos dice que la primera visión de Ezequiel sucedió “en el año treinta”, en realidad esta traducción no es del todo correcta. Dado que no se da un punto de referencia para el inicio de estos treinta años, la traducción correcta de la preposición hebrea debe ser “con treinta años”. Es decir, Ezequiel nos está declarando la edad que tenía cuando tuvo su primera visión.[2] La Nueva Traducción Viviente proporciona una traducción correcta: “El 31 de julio de mis treinta años de vida…”.

Sabemos entonces que Ezequiel tenía 30 años cuando tuvo su primera visión, pero, ¿por qué ese dato es importante? Resulta que el profeta pertenecía a una familia sacerdotal (Ez 1,3) y el capítulo 4 de Números nos permite inferir que los sacerdotes comenzaban su ministerio a los 30 años de edad.

Recordemos que el sacerdocio se basaba en el linaje; es decir, todo varón que naciera en una familia sacerdotal sabía que se convertiría en un sacerdote. Ezequiel supo, desde que tuvo uso de razón, que sería un sacerdote en el Templo de Jerusalén. Vio a su padre y a sus tíos ministrar en el santuario. Cada día de su vida fue una preparación para ese día en que cumpliría 30 años y se convertiría en un flamante sacerdote para Dios. Con ansias Ezequiel se había preparado y esperado ese día en que cumpliría 30 años.

Sin embargo, su vida había resultado muy diferente a lo que había soñado. En vez de estar en el Templo de Jerusalén, en la capital del Reino de Judá, Ezequiel se encontraba en un poblado pobre en la Babilonia pagana. En vez de ser un distinguido y respetado sacerdote se encontraba sin profesión ni futuro. Toda su vida se había preparado para convertirse en sacerdote. Pero había llegado ese año tan esperado, cuando cumpliría treinta, y se encontraba siendo un don nadie, con sus sueños rotos. Ahora resulta fácil entender por qué Ezequiel estaba junto al río, triste y deprimido.

Hay respuesta

Estoy convencido que todos podemos identificarnos con la historia de Ezequiel. Después de todo, tarde o temprano, nos enfrentamos a pérdidas en nuestras vidas. A veces podemos perder nuestro hogar, nuestro trabajo, oportunidades únicas, una pareja romántica, o a un ser querido que nos fue arrebatado por la muerte. Todos pasamos o pasaremos por situaciones que, al igual que Ezequiel, nos lleven a estar tristes, a lamentarnos, a ir a un lugar solitario a llorar. Y tal vez, en esa situación tan difícil, podamos dudar del amor de Dios, de su protección y cuidado. Quizás dudemos de si Jesús se interesa por nuestras vidas, si está pendiente de nuestro sufrimiento y dolor. Pero la Biblia tiene respuestas para nosotros.

Recordemos que fue en el año treinta, cuando Ezequiel estaba lamentándose junto al río, en ese momento de angustia, dolor y tristeza, que se le apareció la gloria del Señor y vio el cielo abrirse ante sus ojos. Dios no olvidó a su siervo. Para consolar su tristeza le dio un llamado más elevado del que Ezequiel había esperado. Aunque no pudo convertirse en sacerdote, Dios lo convirtió en profeta. Aunque no pudo ministrar en el templo, ministró a toda una nación en el exilio. A pesar de que no sirvió en el Santuario, pudo contemplar la gloria de Dios con sus propios ojos.[3]

Ezequiel recibió no solo la oportunidad de ser un profeta, sino la de tener visiones que forman un libro que es parte de la Palabra de Dios, la Escritura revelada que el Señor escogió para darse a conocer a sus fieles a través de la historia. ¡Ciertamente podemos decir que Dios le dio a Ezequiel mucho más de lo que había perdido!

Sin embargo, no olvidemos que Ezequiel, al ser llevado como exiliado, no solo había perdido su profesión y sus sueños de ser sacerdote, sino también su hogar. Ya no estaba en su país natal, ni en su amada Jerusalén. Y es interesante que, aunque Dios compensó su pérdida de vocación y ministerio, nunca le ayudó a regresar a Jerusalén. Ezequiel murió en el exilio, en la Babilonia pagana, sin haber vuelto a ver su amada ciudad natal.[4] No obstante, Ezequiel es el único profeta en el Antiguo Testamento del cual se dice que pudo ver los cielos abiertos (Ez 1,1). Esto significa que, aunque nunca pudo regresar a la Jerusalén terrenal, tuvo la oportunidad única de contemplar la Jerusalén celestial. Pudo observar el hogar eterno que Dios tiene preparado en el cielo para sus redimidos. A pesar de que Ezequiel no regresó a la Canaán terrenal, sabemos que estará entre los salvos habitando en la Canaán celestial.

Conclusión

Creo que la introducción del libro de Ezequiel tiene lecciones muy importantes para enseñarnos acerca de la manera en que Dios reacciona ante nuestras pérdidas, tristezas y dolor. El Creador no permanece indiferente a nuestros sentimientos. En ocasiones compensará nuestras pérdidas con bendiciones muchísimo mejores de lo que esperábamos tener o disfrutar. Eso es lo que hizo con la profesión de Ezequiel. Pues, aunque había perdido sus sueños de convertirse en sacerdote, Dios lo convirtió en algo mejor: un profeta.

Sin embargo, también es posible que nunca recuperemos en esta tierra lo que hemos perdido. Ese también fue el caso de Ezequiel, que nunca pudo regresar a su tierra natal, ni a su amada Jerusalén. Aún así, Dios se lo compensará en el día final con algo infinitamente mejor: habitar en la Nueva Jerusalén celestial, en ese mundo eterno y perfecto donde no existen ni la muerte, ni el dolor, ni el llanto, ni la enfermedad. Donde estaremos para siempre con Jesús.

Debo serte sincero, no sé cómo actuará Dios en tu vida, con las pérdidas que has sufrido. Desconozco si recibirás una compensación en esta vida o si el Señor te devolverá “cien veces más” y te dará también “la vida eterna” (Mt 19,29) en el día final. Pero pase lo que pase, sé que tenemos a un Dios que nos ama tanto que no dudó en darlo todo, incluyendo su único Hijo para salvarnos. Por eso estoy convencido que Dios sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros y siempre buscará nuestro beneficio. No me quedan dudas: Dios se preocupa por tu dolor y sabe que es lo mejor para ti. ¡Confía en Él!

Autor: Eric E. Richter. Facultad de Teología. Universidad Adventista del Plata. Libertador San Martín, Entre Ríos, Argentina.
Imagen: Photo by Noah Silliman on Unsplash

NOTAS: 

[1] El término hebreo gôlāh significa literalmente “desterrados” y se utiliza generalmente para referirse a los exiliados en Babilonia. Véase, Luis Alonso Schökel, Diccionario Bíblico Hebreo-Español (Madrid: Trotta, 1989), 153-154.
[2] Hayyim Angel, “Ezekiel: Priest – Prophet”, Jewish Bible Quarterly 39, n.° (2011), 37. Esta es la postura más antigua para la interpretación de los “treinta años” y cuenta con el apoyo de numerosos comentadores. Véase especialmente, Walther Eichrodt, Ezekiel, The Old Testament Library (Philadelphia, PA: The Westminster Press, 1970), 52; J. A. Motyer, The Message of Ezequiel (Downers Grove, IL: Intervarsity Press, 2001), 43-44; Margaret S. Odell, Ezekiel, Smyth & Helwys Bible Commentary (Macon, GA: Smyth & Helwys, 2005), 16; Steven Tuell, Ezekiel (Grand Rapids, MI: Baker Books, 2009), 9-10; y Arnold Wallenkampf, Ezequiel habla otra vez (Buenos Aires: ACES, 1990), 11-14.
[3] La gloria de Dios, la shekiná, solo podía ser contemplada por el Sumo sacerdote que ingresaba al Lugar Santísimo una vez al año durante el día de la expiación. Por lo tanto, Ezequiel nunca hubiera podido tener ese privilegio siendo un simple sacerdote. Esto significa que Dios le dio una oportunidad y privilegio único que no podría haber disfrutado sirviendo en el Templo de Jerusalén.
[4] Aunque no contamos con información bíblica acerca de la muerte de Ezequiel, la tradición judía nos asegura que murió en Babilonia sin haber regresado a Jerusalén. Veáse Paul M. Joyce, Ezekiel: A Commentary (London: T&T Clark, 2007), 55.