Una advertencia importante sobre los riesgos de transformar la religiosidad bíblica en objeto de debate con sesgo político-partidario.
Había una vez un reino dividido… No por espadas ni murallas, sino por banderas. Rojas, verdes, azules. En medio de ese campo de batalla simbólico había una iglesia, una casa de oración que, poco a poco, se transformó en un cuartel de opiniones, trinchera de ideologías y plataforma de pasiones partidarias basadas en ideologías.
El púlpito, que antes proclamaba el mensaje del reino eterno, ahora temblaba bajo el peso de discursos terrenales. Y los cristianos comenzaron a parecerse más a activistas o militantes de partidos en guerra que a peregrinos en misión.
En este escenario, necesitamos hacernos algunas preguntas urgentes:
- ¿Qué ocurre cuando la fe se convierte en rehén de un partido o una ideología?
- ¿Por qué no debemos transformar la política en religión y la religión en tribuna?
- ¿Qué tipo de testimonio estamos ofreciendo al mundo cuando permitimos que las ideologías políticas moldeen nuestra comprensión del evangelio?
Un mundo en ebullición
Antes de cualquier respuesta, vale la pena considerar algunas situaciones críticas que nos rodean. Vivimos una era de transformaciones vertiginosas y desafíos profundos, en la que la política global parece caminar sobre un terreno inestable.
El panorama revela un mundo en permanente tensión, sacudido por rivalidades geopolíticas, disputas feroces de intereses y una acelerada erosión de valores.
Los conflictos armados siguen atormentando al planeta. La guerra en Ucrania, lejos de una resolución, se prolonga como una herida abierta en el este europeo, con resultados devastadores para las poblaciones locales y para el equilibrio político entre Occidente y Rusia.
El intento ruso de anexar áreas del territorio ucraniano, sumado a otras exigencias para entablar conversaciones de paz, constituye una afrenta flagrante a cualquier principio de justicia.
El territorio como espacio de narrativas e identidades colectivas
Al fin y al cabo, el territorio no es solo un área geográfica, sino «un espacio de narrativas, identidades colectivas e imágenes científicas, incluidas las cartográficas, moldeadas por tradiciones formales e informales complejas», como destaca el politólogo Oscar Mazzoleni (Territory and Democratic Politics, Palgrave Macmillan, 2024, p. 128).
En Medio Oriente, la escalada entre Israel y los grupos terroristas como Hamás y Hezbolá sobrepasa los límites regionales. La dificultad para alcanzar una solución refleja la complejidad histórica, política, económica, ideológica y religiosa de un conflicto marcado por décadas de violencia y desconfianza.
Los intereses externos y las rivalidades locales continúan alimentando el ciclo de hostilidades, haciendo que la paz duradera sea un desafío casi insuperable.
Lamentablemente, la propuesta de dos Estados (Israel y Palestina), que parece racional, aún no es aceptada por muchos.
El orden global también se está reconfigurando
En este contexto, el orden global también se está reconfigurando. Durante la Guerra Fría, el bloque de Estados Unidos y sus aliados representaba el 64 % del PBI mundial; el bloque de la Unión Soviética y sus aliados, el 19 %, y los países no alineados, el 8 %.
Hoy, el bloque norteamericano y sus aliados equivalen al 30 %; el subbloque europeo al 13 %, el bloque de los desafiantes (que incluye a China y Rusia) al 27 % y los países con múltiples alineamientos al 22 %.
Los datos provienen del estudio State of Our World 2025 [El estado de nuestro mundo 2025], del Oliver Wyman Forum.
En el mundo multipolar actual, Estados Unidos, China, Rusia, la Unión Europea, India y otras naciones compiten por influencia política, económica y tecnológica.
Nuevas formas de imperialismo aparecen en el horizonte, mientras que el multilateralismo, que durante décadas mantuvo cierto equilibrio, se encuentra bajo una presión creciente.
Las instituciones internacionales como la ONU (Organización de las Naciones Unidas) y la OMS (Organización Mundial de la Salud) son vistas con creciente desconfianza, acusadas de ineficacia o parcialidad.
Democracias más frágiles
Además de las amenazas bélicas, otro fenómeno inquietante se extiende silenciosamente: el debilitamiento de las democracias.
En varios países observamos el crecimiento del autoritarismo, la supresión de las libertades civiles, la manipulación electoral y el uso de la desinformación como arma política.
El populismo, impulsado por las redes sociales, ha erosionado las instituciones y alejado a las sociedades de un debate saludable.
La polarización se condensa como una nube de tormenta sobre el paisaje social: el diálogo cede lugar al duelo; y el debate, que debería ser la arena de la convivencia democrática, es reemplazado por trincheras cavadas en la arena movediza de las narrativas absolutas.
En Brasil y en otros países sudamericanos, la creciente tensión entre defensores de polos políticos opuestos refleja una crisis más amplia de confianza en las instituciones, la radicalización ideológica y la politización de entidades independientes.
Este escenario alimenta la inestabilidad democrática, debilita el diálogo y coloca a los países entre aquellos en los que la polarización política se ha convertido en un riesgo real para la cohesión social y la gobernabilidad.
La devoción como arma
El nacionalismo religioso, al fusionar fe e identidad nacional, transforma la devoción en un arma y convierte el «nosotros contra ellos» en doctrina.
Philip Gorski describe el nacionalismo cristiano como una “especie de hiperpatriotismo apocalíptico y nativista” (American Covenant [Pacto estadounidense], Princeton University Press, 2017, p. 7).
Este fenómeno alimenta los conflictos, oprime a las minorías y socava los principios democráticos, convirtiéndose en una de las fuerzas más peligrosas detrás de la polarización global y del aumento de la intolerancia.
Como señalan N. T. Wright y Michael F. Bird en Jesus and the Powers [Jesús y los poderes] (Zondervan, 2024), el mensaje del reino de Dios confronta a los poderes terrenales, pero los cristianos no están llamados a instaurar una teocracia.
La imposición de altos aranceles sobre importaciones y exportaciones entre países, que recientemente tuvo un nuevo capítulo, ha generado una gran turbulencia, con potencial para causar graves efectos colaterales.
Las crisis migratorias han alcanzado niveles alarmantes. El número estimado de migrantes internacionales llegó a 304 millones, lo que representa el 3,7 % de la población mundial, según un estudio de la ONU titulado International Migrant Stock 2024 [Inventaio migratorio internacional 2024], publicado en 2025.
Millones de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares a causa de guerras, hambre, persecuciones o cambios climáticos.
Radicalismo sin precedentes
Más allá de las estadísticas, el problema ha adquirido matices de un radicalismo sin precedentes.
Mientras algunos países luchan por recibir e integrar, otros levantan barreras.
La presión social, política y policial es enorme, y el discurso xenófobo encuentra terreno fértil en tiempos de miedo.
La radicalización de las políticas migratorias revela un cambio ideológico profundo, cuyos efectos atraviesan fronteras e impactan el flujo migratorio a escala global.
En un mundo en rápida transformación, las cuestiones culturales, sexuales y éticas se han convertido en campos decisivos de disputa por el futuro de la sociedad.
Estos temas exponen el choque entre las tradiciones históricas y las nuevas visiones del mundo, exigiendo valentía y lucidez para enfrentar su complejidad.
Impacto de la tecnología
A ello se suma el impacto avasallador de la tecnología: los recursos digitales y la inteligencia artificial avanzan a un ritmo acelerado, desafiando a los gobiernos a establecer regulaciones capaces de garantizar la seguridad y la ética.
El uso de estas tecnologías para manipular información y los ataques cibernéticos a infraestructuras críticas son solo algunos de los nuevos riesgos que surgen.
Paralelamente, el planeta clama por auxilio ante la crisis climática.
Las inundaciones devastadoras, las sequías prolongadas y las olas de calor ya no son predicciones lejanas, sino realidades cotidianas.
Estos nuevos desafíos globales y nacionales, sumados a los persistentes problemas de desigualdad, corrupción, inseguridad y violencia, hacen del mundo un lugar cada vez más inestable, sombrío y difícil de gobernar.
La tentación del partidismo
En este ambiente cargado de tensión, en el que cada grupo levanta su altar de certezas y sacrifica la escucha en nombre de la lealtad partidaria, los cristianos pueden ser tentados a cambiar la cruz por el estandarte de sus preferencias políticas, como si el reino de Dios, que trasciende las ideologías humanas, estuviera limitado a la lógica de un solo bando.
El reino es secuestrado e instrumentalizado por ideologías supuestamente alineadas con lo que se conoce como izquierda o derecha.
Los llamados ideológicos y el sentido de urgencia moral hacen atractiva la idea de alinear el evangelio con un partido, una bandera o un líder humano.
En ciertos casos, la lealtad política ha rivalizado con la fidelidad al evangelio.
Sin embargo, esta mezcla es como el agua y la gasolina: puede parecer compatible a primera vista, pero, cuando se somete a presión, explota en división y destrucción.
Cada feed, un pulpito
El partidismo de la fe se infiltra de manera sutil, ofreciéndoles a los discípulos de Cristo el cáliz del poder inmediato, del activismo inflamado y de la retórica sin misericordia. Es fácil confundir el celo con la ira, y la convicción con la militancia ciega. Esa tendencia está echando raíces en el suelo del cristianismo.
Esta tentación no es nueva, pero hoy resurge con una intensidad febril, amplificada por las redes digitales que convierten a cada ciudadano en un predicador de sus propias certezas y a cada feed en un púlpito.
La cruz, que llama a la renuncia de uno mismo, a la humildad y al amor por el enemigo, es reemplazada por una espada empuñada en nombre de causas que, aunque legítimas en parte, no pueden usurpar el trono de Cristo.
El peligro de un Jesús distorsionado
Cuando la fe se convierte en una bandera de ideologías humanas y la identidad cristiana es absorbida por el vórtice de la polarización, el evangelio comienza a moldearse a la imagen de un proyecto político, y no al revés.
Jesús deja de ser el Cordero que quita el pecado del mundo para convertirse en una especie de «mascota de partido»: un Cristo capturado por eslóganes, instrumentalizado por discursos y distorsionado por pasiones ideológicas.
No solo la religión influye en la política, sino que también una identidad partidaria fuerte también tiene efectos religiosos, como demuestra Michele F. Margolis en su libro From Politics to the Pews [De la política a los bancos de iglesia] (University of Chicago Press, 2018).
Además, cuando la política secuestra la fe, la sal pierde su sabor y la luz se apaga.
Las poderosas metáforas de Cristo en Mateo 5:13-16 no son meras figuras poéticas; son diagnósticos espirituales profundos. Apuntan a una acción consciente y equilibrada, sin imposición ni evasión.
La ausencia de sal deja al mundo insípido y vulnerable a la corrupción, pero el exceso la vuelve intragable, enfermando el cuerpo social.
La luz escondida falla en guiar; pero, cuando se confunde con otras luces o se intensifica sin control, ciega en lugar de revelar, y ya no distingue los contornos de la geografía moral y ética.
Cristo nos llama a ser una presencia transformadora: sal que sana y luz que revela.
Miremos más allá de banderas humanas
Por tanto, es urgente que los cristianos miren más allá de las banderas humanas y recuperen el sentido de alteridad (mirar al otro) y trascendencia que el evangelio exige.
El reino de Dios no es de derecha ni de izquierda, ni conservador ni progresista, sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo.
La iglesia no es un comité de campaña, sino un cuerpo vivo que da testimonio del amor de Cristo en medio de las ruinas del odio.
En tiempos de polarización, permanecer fiel a Jesús es resistir la tentación de ser devoto del César.
La vocación del cristiano no es ser un soldado de guerra política o cultural, sino un embajador de la reconciliación.
«La cruz ofrece una justificación radicalmente diferente para la participación política cristiana, pues demuestra que no vencemos mediante demostraciones de poder», escribe Daniel K. Williams. «También muestra que ya hemos alcanzado la victoria definitiva y que nuestro Rey soberano ya está en el trono» (The Politics of the Cross [La política de la cruz], Eerdmans, 2021, p. 9).
La cruz redefine la victoria y el poder: en la política del evangelio, el trono se conquista con sangre, no con espada; no conquistamos: fuimos conquistados.
Ciudadanía sin siglas
Las iglesias comprometidas con el evangelio, así como sus líderes, tienen sólidos motivos para evitar cualquier tipo de vinculación partidaria, incluso cuando esta se presenta de forma sutil o informal.
El apóstol Pablo advierte que los cristianos no deben actuar por «partidismo» (Filipenses 2:3). El término griego utilizado, eritheia, originalmente significaba «ambición egoísta» y «rivalidad», pero en el contexto político también se usaba para describir «intrigas de partido», «disputas por poder» o «formación de facciones».
El término incluso se aplicaba a los candidatos que buscaban cargos públicos cortejando el aplauso popular mediante trucos y métodos ilegítimos.
Aunque Pablo se refería a las relaciones dentro de la comunidad cristiana, el principio tiene implicaciones más amplias, incluso en la manera en que los creyentes se posicionan ante la política.
La búsqueda de poder, influencia o identificación con un grupo político puede comprometer el testimonio del evangelio.
Siete razones para la neutralidad partidaria
A continuación, se presentan siete razones para la neutralidad partidaria de la iglesia:
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Argumento teológico: El reino de Dios es eterno; los partidos son pasajeros
La teología cristiana enfatiza que el reino de Dios no es de este mundo (Juan 18:36). Cuando los cristianos se convierten en militantes partidarios, corren el riesgo de borrar la frontera entre lo eterno y lo temporal.
La iglesia no puede confundir la cruz de Cristo con una bandera partidaria, pues una es eterna y redentora y la otra, transitoria y falible. -
Argumento filosófico: La militancia impuesta anula la conciencia cristiana
Desde la antigüedad, la filosofía cristiana ha defendido la centralidad de la conciencia individual y la libertad de pensamiento.
Cuando líderes y miembros de iglesia se involucran en la militancia partidaria, pueden imponer visiones ideológicas a la congregación, suprimiendo el diálogo, la reflexión y la libertad de conciencia que son esenciales para el crecimiento espiritual. La fe se fortalece en la libertad. -
Argumento histórico: El compromiso con partidos deforma la misión de la iglesia
La historia muestra que la asociación directa entre la iglesia y los partidos políticos ha generado graves distorsiones en la fe cristiana, como ocurrió cuando el cristianismo se alió al poder estatal para perseguir disidentes o imponer doctrinas. Este tipo de relación con la política compromete el testimonio de la iglesia, reduciendo su autoridad moral y espiritual ante la sociedad.
Cuando la iglesia se casa con el poder político, se divorcia del evangelio. -
Argumento eclesiológico: La iglesia debe ser casa de comunión, no trinchera ideológica
La pluralidad política entre los creyentes exige que la iglesia se mantenga como un espacio receptivo y de unidad.
Cuando los representantes de la iglesia adoptan banderas partidarias, inevitablemente crean divisiones internas y alejan a quienes piensan diferente, contradiciendo el llamado a la comunión y al amor mutuo.
Cuando un partido entra por la puerta principal de la iglesia, muchos hermanos salen por la trasera. -
Argumento misional: El foco de la iglesia es Cristo, no los candidatos
El testimonio cristiano debe apuntar a Cristo, no a partidos ni a líderes humanos.
Cuando la iglesia se asocia con un grupo político específico, corre el riesgo de ser instrumentalizada y de que su mensaje sea confundido con los intereses del poder terrenal. El compromiso cristiano debe ser con la justicia, la verdad y el amor, no con ideologías pasajeras o contrarias a los valores del evangelio.
Si la voz de la iglesia repite consignas en lugar del evangelio, ya ha perdido el púlpito frente a la tribuna. -
Argumento pastoral: La misión de la iglesia es reconciliar, no polarizar
La política partidaria, por naturaleza, divide, polariza y enfrenta. En cambio, el evangelio reconcilia a las personas con Dios y entre sí (2 Corintios 5:18–20).
La iglesia debe buscar caminos de paz, reconciliación y servicio, siendo un refugio espiritual por encima de las disputas ideológicas.
Al evitar la militancia partidaria, los cristianos preservan su identidad y relevancia como mensajeros del reino eterno. Donde la iglesia toma partido, pierde su vocación de ser puente entre los opuestos. -
Argumento profético: La participación partidaria compromete el mensaje profético de la iglesia
El papel profético exige independencia crítica para denunciar las injusticias en cualquier gobierno o sistema. La militancia partidaria mina esa autoridad, porque la iglesia pasa a ser vista como cómplice de un lado y enemiga del otro. Una iglesia partidaria no profetiza: hace campaña.
Conclusión
En medio del torbellino de crisis y pasiones partidarias actuales, en el que todos parecen estar presionados a elegir un bando, la iglesia enfrenta la tentación de confundir su misión con la militancia política, adoptando banderas que no le pertenecen.
Sin embargo, debe resistir.
Los cristianos pueden participar en la política con valentía y discernimiento, y la propia iglesia tiene el deber de confrontar las injusticias y los abusos de poder. Aun así, su llamado es a mirar el horizonte eterno, no a aferrarse a las luchas pasajeras.
Su fuerza no reside en votos, partidos o alianzas efímeras, sino en su capacidad de irradiar luz, verdad y esperanza que ningún partido jamás podrá ofrecer ni monopolizar.
Autor: Marcos De Benedicto, teólogo, editor emérito de la Casa Publicadora Brasileña y autor del libro Política: O que Você Precisa Saber (Política: Lo que usted necesita saber).
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Publicación original: Entre ídolos e ideologías: cuando el evangelio se convierte en partidismo


