Al observar el ministerio de Jesús, descubrimos que muchas veces hemos separado lo que Él mantuvo unido: llamar a una persona, discipular a esa misma persona y enviarla. Esta unidad es la esencia misma del cristianismo. Jesús no llamó a unos, formó a otros y envió a otros distintos; llamó, discipuló y envió a las mismas personas.
El evangelio de Marcos nos muestra el comienzo de este proceso de manera muy clara. Jesús nombró a los doce para que estuvieran con Él, para enviarlos a predicar y para darles autoridad para expulsar demonios. Aquí vemos un inicio perfecto del discipulado: Jesús los llamó personalmente, los formó personalmente, los capacitó personalmente, y ellos pusieron en práctica lo que aprendieron con éxito. Sin embargo, esto ocurre solo en los primeros capítulos.
Éxito… incomprensión, duda, falta de apoyo y huida
Si observamos la estructura del evangelio de Marcos, descubrimos algo muy llamativo. Hasta el capítulo 6, la historia es una historia de éxito. Los discípulos salen, predican el arrepentimiento, expulsan demonios, ungen a los enfermos y los sanan. Es la historia del nuevo reino, porque Marcos quiere que creamos que esto puede suceder en cualquier lugar y a cualquier persona.
Pero después del capítulo 6 comienza otra historia. En el capítulo 7, los discípulos no entienden a Jesús. En el capítulo 8, todavía dudan de quién es Él, con la excepción de Pedro. Son un impedimento para Jesús en su camino hacia la cruz. En el capítulo 10, no le ofrecen apoyo en su sufrimiento. Y al final, lo traicionan y huyen.
Al leer esta historia, no solo vemos a los discípulos; nos vemos a nosotros mismos y a nuestras iglesias. Porque, en realidad, somos iguales. Esta historia puede repetirse hoy. Falta comprensión, hay deseo de poder, de posición, competitividad, lentitud para cambiar y apego a valores antiguos.
Entonces surge una pregunta profunda: ¿hubo algo que permaneciera después del capítulo 6? ¿Hubo algo constante en la vida de los discípulos? ¿Algo positivo? ¿Algo que sea un buen ejemplo para nosotros? Hay una sola cosa. Solo una.
Jesús los aceptó y ellos «iban por el camino»
Jesús los aceptó. No los rechazó. No los juzgó para condenarlos. Usó todos sus fracasos, todos sus errores y todo el proceso de aprendizaje para producir un cambio profundo. Durante ese tiempo, los discípulos fallaron, dudaron, no creyeron y decepcionaron a Jesús. Sin embargo, Jesús utilizó cada una de esas situaciones como una oportunidad de aprendizaje para transformarlos completamente.
El discipulado no los hizo «agradables» de inmediato, pero los transformó profundamente. Fracasaron muchas veces en mantenerse fieles, pero hubo algo que nunca desapareció. Marcos usa una expresión muy especial: iban por el camino (hodos). Fallaron, sí. Dudaron, sí. Pero estaban en el camino con Jesús.
Eso es discipulado.
La relación nunca se rompió. Nunca fue cancelada. Nunca fue cortada. Siempre fue constante. Jesús no criticó para humillar, sino que habló para enseñar, para preparar, para enviar.
Redescubramos el poder de la gracia y la importancia del proceso
¿Cómo vemos esto hoy en nuestra iglesia? Si una persona comete un error en algún momento de su vida, ¿qué ocurre? Somos humanos. Tal vez una de las mayores necesidades que tenemos es redescubrir el poder de la gracia, y no solo el de la verdad. Porque muchas veces estamos orientados al éxito, a los resultados, a los números. Nos gusta contar cuántos son, cuántos vienen, cuántos crecen.
Pero al final del evangelio de Marcos aprendemos algo fundamental: Dios no diseñó el discipulado para producir éxitos visibles. Él no necesita grandes victorias, ni héroes, ni mucho dinero. No necesita nada histórico.
Necesita un proceso. Un proceso constante, continuo, fiel, que transforma vidas. Y al final, Dios cumplirá su propósito eterno exactamente como Él quiere cumplirlo.
Que esta historia nos consuele y nos anime. Que nos impulse a iniciar procesos de discipulado en nuestra generación con el mismo espíritu. No buscamos historias de éxito ni personas extraordinarias. Buscamos personas que estén en el discipulado, que estén «en el camino con Jesús», que permanezcan, que sigan adelante, sin importar las circunstancias.
Que Dios os bendiga hoy. Y que en el futuro podamos cooperar en el diseño de procesos de discipulado, ministerios de grupos pequeños y una apologética viva y poderosa. La tarea es grande, pero el Señor es infinito.
Que el Señor esté con vosotros.
Autor: László Szabó, profesor en la Universidad Adventista de Friedensau y director del Instituto Arthur Daniells de Estudios Misioneros. Realiza investigaciones, intercambios y capacitación para líderes de iglesias, plantadores de iglesias y líderes de grupos pequeños. Nació y creció en Hungría, reside en Alemania y siente pasión por el ministerio entre los masái de Tanzania. Con su esposa Szilvia, tienen dos hijos adultos.
NOTA EDITORIAL:
Devocional enviado por el pastor Richard Ruszuly, secretario ministerial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España, desde el Encuentro de Secretarios Ministeriales de nuestra División, en Italia.
Allí han estado trabajando temas como la Convención de la Familia Pastoral, el fortalecimiento del ministerio de grupos pequeños, diversas iniciativas ministeriales a nivel divisional, la formación y acompañamiento de pastores e internos, así como los desafíos actuales del liderazgo ministerial y la misión en contextos multiculturales.
El pastor Ruszuly decía: «Quiero compartir el devocional del pastor László, el cual nos ha recordado de manera muy clara la importancia del discipulado como un proceso constante, centrado más en la gracia que en el éxito visible, y en caminar fielmente con Jesús «en el camino», aun en medio de nuestras limitaciones.
»Seguimos avanzando con visión, unidad y espíritu de servicio, conscientes de los grandes desafíos que tenemos por delante, pero confiados en que el Señor guía su obra».


