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DÍA 31: EL SECRETO DEL PODER

La vida cristiana es una batalla espiritual constante. Cada día enfrentamos luchas internas, tentaciones, preocupaciones y desafíos que buscan alejarnos de Dios. Sin embargo, Cristo nos dejó el secreto del poder para vivir una vida victoriosa: la comunión diaria con el Padre mediante el Espíritu Santo. Esa comunión es posible por medio de la oración y el estudio de su Palabra.

Jesús es nuestro ejemplo de comunión diaria

«Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba» (Mar. 1: 35). Cuando dedicamos tiempo a Dios, nuestra mente recibe paz, nuestra fe se fortalece y el Espíritu Santo nos capacita para enfrentar las dificultades de la vida.

Jesús nunca enfrentó las pruebas apoyándose únicamente en su fuerza humana. Su poder provenía de una relación íntima y permanente con Dios. Por eso, antes de comenzar sus actividades, dedicaba tiempo a la oración y a escuchar la voz de su Padre.

«Diariamente recibía un nuevo bautismo del Espíritu Santo. En las primeras horas del nuevo día, Dios lo despertaba de su sueño, y su alma y sus labios eran ungidos con gracia para que pudiese impartir a los demás. Sus palabras le eran dadas frescas de las cortes del cielo, para que las hablase en sazón al cansado y oprimido» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 105).

Jesús comprendía que la victoria espiritual se obtiene primero de rodillas. Dedicaba las primeras horas del día a buscar la presencia del Padre, recibir dirección y renovar sus fuerzas espirituales. El profeta Isaías describe esta experiencia: «Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que escuche como los sabios» (Isa. 50: 4). La comunión diaria fortalecía a Cristo para amar, servir y vencer las tentaciones. Del mismo modo, hoy Dios desea renovar nuestra vida espiritual cada mañana.

El poder que viene de la oración

Vivimos en tiempos difíciles. Los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor exigen que cada seguidor de Cristo mantenga fervientemente su relación con Dios. Para fortalecerla y satisfacer nuestras necesidades emocionales y espirituales, debemos aprender el poder de la oración. Como los discípulos de antaño, debemos rogarle al Señor: «Enséñanos a orar».

Nos reconforta saber que Dios está dispuesto y listo para escuchar y responder nuestras sinceras plegarias, sin importar las circunstancias. Él es un Padre amante que se interesa cuando las cosas van bien y también cuando las vicisitudes de la vida nos propinan los golpes más devastadores. Cuando el clamor de nuestro corazón es «¿Dónde estás, Dios?», él se encuentra a la distancia de una oración.

«Existe la necesidad de la oración—oración ferviente y eficaz. Nuestro Salvador ha dejado preciosas promesas para el suplicante penitente. Tales no buscarán su rostro en vano. Por su propio ejemplo también, Jesús nos enseñó la necesidad de orar. Siendo él mismo la Majestad del cielo, a menudo pasó toda la noche en comunión con su Padre» (Elena G. de White, La oración, p. 144).

Orar para recibir el bautismo del Espíritu Santo

«La mayor y más urgente de todas nuestras necesidades es la de un reavivamiento de la verdadera piedad en nuestro medio. Procurarlo debiera ser nuestra primera obra. Debe haber esfuerzos fervientes para obtener las bendiciones del Señor, no porque Dios no esté dispuesto a conferirnos sus bendiciones, sino porque no estamos preparados para recibirlas. Nuestro Padre celestial está más dispuesto a dar su Espíritu Santo a los que se lo piden que los padres terrenales a dar buenas dádivas a sus hijos. Sin embargo, mediante la confesión, la humillación, el arrepentimiento y la oración ferviente nos corresponde cumplir con las condiciones en virtud de las cuales ha prometido Dios concedernos su bendición. Solo en respuesta a la oración debe esperarse un reavivamiento» (Elena G. de White, Mensajes selectos, t. 1, p. 141).

Te animo a que iniciemos un movimiento de oración sin precedentes. Clamemos por este reavivamiento prometido de forma individual, como familias y en las iglesias. Dios está dispuesto a concedernos ese refrigerio espiritual. Preparémonos ahora para recibirlo.

Para reflexionar: «La oración es el aliento del alma. Es el secreto del poder espiritual. No puede ser sustituida por ningún otro medio de gracia, y conservar, sin embargo, la salud del alma. La oración pone al corazón en inmediato contacto con la Fuente de la vida, y fortalece los tendones y músculos de la experiencia religiosa. Descuídese el ejercicio de la oración, u órese espasmódicamente, de vez en cuando, según parezca propio, y se perderá la relación con Dios. Las facultades espirituales perderán su vitalidad, la experiencia religiosa carecerá de salud y vigor» (Elena G. de White, La oración, p. 15).

Desafío para hoy: Busca un compañero de oración para apoyarse mutuamente en el desafío de permanecer cada día en la presencia de Cristo.

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