Aquella tarde soplaba una suave brisa, de las que a menudo recorrían el campus. Las hojas de algunos altos cocoteros respondían casi imperceptiblemente, meciéndose con serena solemnidad. A través de la ventana de la casa de huéspedes de ese lugar, se veían las siluetas de tres individuos de tres continentes distintos: un matrimonio que visitaba desde la Universidad Adventista del Plata (UAP), en Argentina, y un profesor visitante que era el director mundial de Relaciones Musulmano-Adventistas. La pareja había viajado al sudeste asiático para asistir a la boda de un familiar.
«…Poco es para mí que solo seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob y restaurar el resto de Israel; también te he dado por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo último de la tierra». (Isaías 49:6, RVR 1995).[1]
En esta escena de aquí arriba, yo soy el joven marido. Hacía tiempo que albergaba el ardiente deseo de asimilar todos los conocimientos y la experiencia acumulada que pudiera de los expertos en esta área de servicio. Cuando me enteré de que el profesor Lester Merklin, del Instituto de Misiones de la Universidad Andrews (Míchigan, Estados Unidos), también estaba de visita en ese lugar, no podía dejar pasar la oportunidad de sentarme a conversar con él.
Una familia de servicio a Dios y a los demás
Mis padres habían invertido la mayor parte de sus vidas en servir activamente como trabajadores de ayuda humanitaria en comunidades vulnerables por todo el mundo, principalmente a través de la Agencia Adventista de Desarrollo y Recursos Asistenciales (ADRA). Así, había tenido el desafío y la bendición de crecer en cinco continentes diferentes. Después de convertirme en estudiante de Medicina en la UAP en Argentina, absorbía cada testimonio de un misionero itinerante o las palabras enseñadas en algún seminario ocasional de misión transcultural como un viento fresco de tierras lejanas. Lo que escuchaba me emocionaba con nostalgia y alegría solemne, así como esa suave brisa lo hacía con las hojas de las palmeras; esto despertaba en mí el llamado a una vida de servicio en los lugares donde mejor pudiera encajar.
«¿Por qué no ofrecemos capacitaciones y seminarios sobre otras culturas? ¿Y cómo podríamos hacer misión en lugares lejanos?», solía desafiar a mi compañero Rigoberto Vidal. La conversación se hizo más profunda e intensa hacia finales de 2009. Al cabo de un tiempo, me invitó, en nombre de los miembros del comité de líderes estudiantiles, a coordinar las actividades de capacitación del Instituto Misionero de la Facultad de Ciencias de la Salud de la UAP. Se trataba de un bullicioso movimiento estudiantil de cientos de jóvenes activos que cada semana llegaban a las ciudades y comunidades vecinas de formas creativas. Rigoberto fue el presidente estudiantil pionero durante los primeros siete años de este Instituto Misionero.
Un sueño
El sueño sobre el que dialogamos era ofrecer seminarios extensos y sistemáticos que abarcaran una amplia gama de desafíos mundiales. Este sueño me había mantenido espiritualmente vivo durante mis años en la Facultad de Medicina y pronto habría de brotar como una tierna planta verde de maneras inusitadas.
Dios ya había comenzado su obra en mí al pulirme y moldearme de muchas maneras. Para entonces, había tomado parte en la iniciativa de organizar tres grupos estudiantiles de ayuda a la comunidad. Conocí a la que más tarde sería mi esposa mientras participaba en estas actividades. Un grupo visitaba a pacientes internados en el Sanatorio-Escuela y a ancianos en residencias geriátricas cercanas al campus.
Más tarde, se puso en marcha el ministerio carcelario. Después de que mi esposa y yo nos casáramos, se creó una tercera iniciativa para llegar a los hogares rurales los sábados por la tarde. El grupo consistía en unos 30 estudiantes que íbamos en bicicleta y nos encontrábamos con la gente, les tomábamos la presión sanguínea, dábamos cursos de bienestar integral y estilo de vida saludable, simplemente disfrutando de la cálida y amable hospitalidad de las familias campesinas que nos recibían cuando bajábamos de nuestras bicicletas embarradas y bien gastadas.
Un desafío
Pese a todo esto, apenas comprendí las posibles implicaciones del desafío que se me había lanzado en aquel entonces, el de liderar las actividades de capacitación, ni tampoco el impacto de aceptar la oportunidad de desarrollar más esta área. Después de todo lo que había vivido al crecer, sentí un fuerte deseo de compartir con mis compañeros de estudios en la UAP el amor desinteresado e incondicional necesario para el servicio transcultural que mis padres habían modelado y que las Escrituras describen en Hechos 10:34 y 35. Deseaba hacer todo lo posible por ampliar sus horizontes para que más jóvenes se aventuraran a pensar de forma diferente y realizaran el cambio de paradigma necesario para poder ser útiles en contextos radicalmente distintos a los suyos.
De vuelta a la casa de huéspedes, Lester Merklin me propuso un desafío inesperado mientras hablábamos esa tarde. Sugirió que organizáramos un seminario de capacitación en la UAP sobre los fundamentos del trabajo transcultural. Este seminario estaría a cargo del Instituto de Misiones Mundial, la misma organización que regularmente prepara a las familias antes de que salgan al campo misionero en otros países. Quería traer a un colega, Wagner Kuhn, profesor de Misiones en la Universidad Andrews, originario de Brasil, para conectar con el trasfondo cultural latinoamericano de la audiencia.
Moviéndose con el viento
Ocho meses después, en agosto de 2010, el plan se hizo realidad, después de mucha oración y preparación. Un centenar de estudiantes participaron durante una semana completa en el frío invierno del hemisferio sur. Estos jóvenes tan motivados hicieron caso omiso de su comodidad y recibieron 30 horas de la mejor experiencia de capacitación disponible.
«Yo sembré, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento» (1 Corintios 3:6, NVI). La brisa apenas empezaba a abrirse paso entre la densa vegetación de nuestros corazones. Sin embargo, algo que prometía un impacto mayor, el cual llegaría más lejos, estaba a punto de comenzar.
«¿Por qué no hacer aquí un congreso misionero?», sugirió Wagner Kuhn en respuesta a una pregunta sobre cómo se podría enviar a estudiantes de la UAP para que recibieran formación misionera en el extranjero. De este modo, tal vez sin saberlo, sembró una semilla en el corazón de los estudiantes y en el personal con mentalidad misionera en el momento correcto. Alumnos y profesores empezaron a invertir esfuerzo y tiempo en algo que aún no era una realidad.
Con el apoyo de Abraham Acosta, entonces decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de la UAP, y de la administración de la universidad, un grupo de voluntarios avanzó con una determinación cada vez mayor. Dios hacía soplar el viento y las hojas respondían de manera solemne meciéndose a su paso.
«El viento sopla de donde quiere»
Jesús le dijo a Nicodemo esa noche en la antigua Palestina: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu». (Juan 3:8, RVR 1995). Podíamos sentirlo soplar y no podíamos permanecer indiferentes, ni podríamos haber hecho menos por nuestros compañeros de estudio, considerando lo que Jesús había hecho por nosotros.
Lo que mi amigo Rigoberto dijo en aquel entonces todavía sigue siendo cierto hoy. «‘Yo iré’ nació en el corazón de Dios». Pero necesitamos dejarlo fluir por nuestras arterias y venas hasta que impregne todo nuestro ser, como la sangre oxigenada, modificando todo lo que somos y, por ende, todo lo que hacemos.
Antes de responder «Yo iré», arrodillémonos con contrita determinación en Cristo de que «Yo seré» todo lo que Dios quiere que seamos, para que él pueda usarnos más allá de nuestra imaginación más osada, transformados a su semejanza y, por lo tanto, ¡de utilidad ilimitada!
Utilidad ilimitada
«No tiene límite la utilidad de aquel que, poniendo a un lado el yo, permite que el Espíritu Santo obre en su corazón, y vive una vida plenamente consagrada a Dios… Si su pueblo quita las obstrucciones, él derramará las aguas de la salvación en corrientes abundantes, mediante los canales humanos».[2]
Permíteme compartir extractos del poema que dio nombre al congreso de la UAP en 2011 e inspiró el movimiento mundial que llevó a la Iglesia Adventista del Séptimo Día a adoptar «I Will Go» [«Yo iré»] como su Plan Estratégico para 2020-2025.[3] El poema lo compuso Elmita Acosta (hija de Abraham Acosta), en aquel entonces, compañera estudiante de Medicina, escrito mientras prestaba servicio como voluntaria en el extranjero.[4] ¿Reflejan estas palabras mi deseo y el tuyo al despertar una mañana cualquiera, pensando en mil cosas a la vez? Si hemos perdido el rumbo, ¿no sería hora de volver? Hagamos nuestras estas palabras hoy:
¡Yo iré, Señor!
¿Quién irá a los lugares olvidados de este mundo?
¿Quién irá en busca de los caídos?
Mostraré tu amor a los que no tienen paz.
Yo iré, Señor, por favor, envíame.
Efectos del viento
Donde vivíamos con mi esposa y nuestros dos hijos, los vientos eran muy intensos. ¡Ese viento era capaz de despeinarte de verdad! Disfrutábamos riéndonos juntos y pegados unos a otros mientras soplaba la poderosa y vitalizante corriente de aire.
Del mismo modo, los discípulos buscaron la unidad en la oración antes de Pentecostés (Hechos 1:13-14), una condición crucial para recibir las bendiciones del Cielo (Salmo 133:1-3) antes de recibir el derramamiento prometido del Espíritu Santo como «un viento recio que soplaba» (Hechos 2:1, 2).
Así, se cumplieron las antiguas profecías, como volverán a cumplirse antes del regreso de Jesús (Oseas 6:3, Joel 2:28-32). La poderosa corriente del Espíritu de Dios nos ayuda a permanecer unidos y nos llena de una alegría desbordante que no podemos evitar compartir con los demás (2° Reyes 7:9, Hechos 4:20, 1° Corintios 9:16).
Una corriente de movimiento
Que la corriente del movimiento que Dios puso en marcha en ese entonces haga algo más que despeinarnos. Que ponga el mundo entero «patas arriba» a través de individuos enamorados de Jesús, el que lo dio todo en aquella cruz escabrosa, ¡por ti y por mí y por cada ser humano!
Por insignificante que te sientas, Dios puede hacer maravillas en ti y a través de ti. Todo lo que necesitas hacer es dejar que su Espíritu se mueva como una suave brisa dentro de ti, ¡que te impulsará a la acción!
Gloria a Dios por lo que él mismo hizo crecer en la UAP, un espíritu contagioso de misión transcultural y una preparación cabal para el servicio. Muchos corazones jóvenes encendidos por Jesús se han aventurado desde allí a abrazar un nuevo paradigma, una mayor inteligencia cultural, respondiendo con gozo al llamado sagrado y solemne: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?»
En sintonía con el profeta Isaías, quien primero fue transformado por la gracia de lo alto y luego desafiado con esta pregunta, yo también decidí responder: «Aquí estoy. ¡Envíame a mí!» (Isaías 6:8, NVI), no como asunto de mera ambición personal, sino como respuesta de un corazón lleno de gratitud. En otras palabras, «¡Yo iré!»
¿Y tú qué? ¿Cuál será tu respuesta?
Autor: Jean D. Pont (pseudónimo) es un médico graduado en la Universidad Adventista del Plata (Argentina) que desea permanecer en el anonimato debido a sus planes de realizar labores de ayuda humanitaria en zonas restringidas.
Publicación original: Jean D. Pont, «Un viento que comienza a soplar», Diálogo 37:2 (2025): 22-25
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