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Es tan importante lo que quiero exponer que debo comenzar con una historia. Una historia de la mitología griega de la que hay mucho que aprender y reflexionar: el mito de Argos Panoptes.

Argos era el guardián perfecto: un gigante cubierto de ojos por todas partes, como si tuviera cámaras 360° integradas en cada recoveco de su cuerpo. Nunca dormía. De hecho, cuando algunos ojos se cerraban, otros seguían abiertos, atentos a todo lo que sucedía. No peleaba ni gritaba, solo miraba sin parar, y ese era su superpoder: nadie podía hacer nada sin sentir que era observado.

Según el relato, Hermes, que era excelente hablando, llegó en modo sigilo, le contó historias, lo relajó y, cuando todos los ojos se cerraron, lo derrotó. Aun así, Argos no desapareció del todo. La diosa Hera tomó sus ojos y los puso en las plumas del pavo real, como si dijera: «la vigilancia no muere, solo cambia de skin (‘piel’)». Desde entonces, Argos vive como idea: la sensación de que siempre hay alguien mirando, aunque no sepas quién. El mito suena a antiguo, pero pega muy fuerte hoy: cámaras, pantallas, likes (‘me gusta’), vistas. No es paranoia… es el update (‘actualización’) de Argos.

Gran Hermano

Esto ya lo habían propuesto varias novelas del siglo XX, pero la que lo clavó fue 1984 de Orwell. Ahí, el Gran Hermano no es solo un jefe del sistema, sino una presencia constante, como una pantalla siempre encendida. Da igual si alguien te está mirando de verdad: con que pueda estar mirando, ya te comportas distinto. Por eso, 1984 se volvió el modelo de todas las historias sobre control total y sigue siendo la referencia básica para entender por qué hoy vivimos con la sensación de estar siempre «en línea» para alguien.

Los realities denominados Gran Hermano no se llaman así por postureo: el nombre va con doble sentido. El formato nació en 1999, en los Países Bajos, cuando la idea era medio experimento social, medio locura: meter a gente normal en una casa llena de cámaras, grabando 24/7, sin ningún modo de desconectar. Cero privacidad.

Al principio no era tanto drama ni gritos, sino lo raro del plan: vivir sabiendo que cada gesto, cada silencio y cada charla estaba siendo observado por alguien al otro lado de la pantalla. Lo potente no era que los controlaran, sino que solo con mirar ya bastaba. Nadie obligaba a nada, pero la gente cambiaba igual su forma de actuar. Eso es lo que conecta con Orwell: el truco no está en mandar, sino en hacerte sentir visible todo el tiempo. Gran Hermano fue básicamente la versión pop de esa idea… antes de que todos lleváramos cámaras, perfiles y audiencia en el bolsillo.

La historia de Argos Panoptes encaja con el mundo actual demasiado bien como para ser casualidad. No es solo una comparación bonita: funciona como un spoiler (‘desvelar la trama’) antiguo de cómo iba a acabar la sociedad hiperconectada.

Argos, vigente hoy

Argos no es pasado, es un prototipo. Lo que hoy vivimos —pantallas, cámaras, perfiles— ya estaba ahí, en forma de mito.

Argos no tenía un súper ojo que lo viera todo, sino muchos ojos pequeños que nunca dormían a la vez. Exactamente igual que ahora. No hay una sola entidad vigilando, sino móviles, cámaras, GPS, historiales y sensores por todas partes. Nadie controla todo, pero siempre hay alguien mirando. Vigilancia repartida, pero constante.

Michel Foucault lo imaginó en una torre central. Hoy ya no hace falta. No hay centro ni jefe visible. Como Argos, la vigilancia está a la vista y no se esconde. Y funciona porque tú mismo te comportas distinto al sentirte observado, aunque no sepas por quién. Igual que hoy, la vigilancia se vende como seguridad, comodidad o personalización. No es que te aten: es que te acostumbras. El control deja de parecer control y se vuelve normal. No necesitas cadenas si sabes que te están mirando.

Hemos de ser conscientes de que, en el mundo digital, Argos ya no es uno solo. Somos todos. Miramos perfiles, stalkeamos (‘espiamos’) historias, consumimos la vida privada de otros como contenido. Cada usuario es un ojo más. La vigilancia se vuelve horizontal: nadie manda del todo, pero todos observan. Cuando los ojos de Argos acaban siendo las plumas de un pavo real, la vigilancia se vuelve bonita. Hoy pasa lo mismo: likes, vistas, diseño atractivo, exposición voluntaria. El control ya no se impone, se desea. Y el único freno posible no es técnico, sino mental: aprender a pensar, a desconectar, a reclamar el derecho a no ser visto todo el tiempo.

La obsesión de «ser visto»

En las redes no basta con existir: hay que «verse. O mejor, «ser visto». La obsesión por aparecer, subir, mostrar y recibir atención ya no es solo una moda, sino una forma de vivir. No se trata de compartir algo puntual, sino de estar siempre en pantalla. A esto se le puede llamar «patología de la visibilidad» (hipervisibilismo): cuando el deseo de reconocimiento se convierte en exposición constante. Según desde dónde lo mires, el fenómeno tiene varios nombres.

  1. Narcisismo digital. No hablamos del narcisismo clásico de mirarse al espejo, sino de mirarse en los números. Likes, views, seguidores, reacciones. El yo no se evalúa por lo que es, sino por cuánto impacto tiene. Si no hay métricas, parece que no hay valor. La autoestima se actualiza como una app: sube o baja según la respuesta externa.
  2. Exhibicionismo social. Lo privado deja de ser privado y se convierte en contenido. Emociones, relaciones, dramas, logros: todo se puede postear. La identidad se diseña para ser vista, no para ser comprendida. No se muestra algo para decir algo, sino paraexistir públicamente”. Si no se ve, no cuenta.
  3. Panoptismo invertido. Antes el miedo era que te vigilaran. Ahora el miedo es que no te miren. Es un panóptico al revés: no huyes de la cámara, la buscas. Aquí entraArgos al revés: ya no es el vigilante impuesto, sino el vigilante interior. Tú mismo te expones, te controlas y te ofreces a la mirada.
  4. Teatralización del yo. En las redes no eres solo tú: eres tu personaje. Se actúa con una versión editada, optimizada y repetible de uno mismo. Esto fragmenta la identidad: lo que eres, lo que muestras y lo que esperan de ti no siempre coincide. El resultado suele ser ansiedad, presión por gustar y confusión entre persona real y avatar.
  5. Idolatría de la visibilidad. Cuando ser visto se vuelve lo más importante, todo lo demás pasa a segundo plano. La mirada ajena ocupa el lugar que antes tenían el sentido, la verdad o el propósito. No ser visto se siente como desaparecer. La invisibilidad ya no es descanso: es fracaso simbólico.

«¿Esto está bien?» vs. «¿esto va a gustar?»

El problema no es solo psicológico, es ético. Ya no nos preguntamos «¿esto está bien?» sino «¿esto va a gustar?». Las acciones se miden por impacto, no por consecuencias reales. La libertad se ajusta a la audiencia: te autocensuras o exageras según lo que funcione mejor. Antes la vigilancia era impuesta, ahora nadie obliga. El control se vuelve costumbre porque tú mismo llamas a la mirada.

En el fondo, el hipervisibilismo funciona como una idolatría moderna. La mirada de los demás ocupa el lugar del sentido, de la verdad, incluso de lo religioso. Todo se expone, nada se guarda. No hay silencio, solo ruido; no profundidad, solo superficie. La educación y la cultura tienen ahí un reto clave: reaprender a no mostrarse siempre, a pensar sin público, a aceptar que no todo tiene que verse. Porque el mayor riesgo ya no es que te miren, sino no poder dejar de estar en pantalla.

Desde la mirda de Laodicea

Ahora, planteemos este diagnóstico social desde el enfoque bíblico. Lo haremos desde la mirada de Laodicea en Apocalipsis. La carta a Laodicea en el Apocalipsis no habla tanto de persecución ni de pecado escandaloso, sino de algo más incómodo: autosuficiencia, tibieza y apariencia. No es una comunidad «mala», es una comunidad «cómoda». Y justo ahí encaja con el hipervisibilismo actual: mucho mostrar, poca verdad interior.

  1. «Tú dices: soy rico» (Apocalipsis 3: 17) -> la ilusión de valor por visibilidad. Laodicea se percibe a sí misma como rica y completa, pero el texto dice que en realidad está vacía. En clave actual: likes, views y presencia constante generan la sensación de valor, aunque por dentro no haya profundidad. La identidad se mide por lo que se ve, no por lo que es. Exactamente el mismo desplazamiento: «parecer sustituye a “ser”».
  2. Tibieza: vivir para la aceptación. «Ni frío ni caliente» (Apocalipsis 3: 15) no significa indiferencia moral, sino falta de decisión real. Todo se ajusta para no perder aprobación. En redes pasa igual: no se dice lo que se cree, sino lo que funciona. La ética se sustituye por engagement (‘interacción en las redes sociales’). La tibieza es vivir según la reacción de la audiencia.
  3. «Estás desnudo… y no lo sabes» (Apocalipsis 3: 17) -> exposición sin verdad. Laodicea está desnuda, pero cree estar vestida. Hoy ocurre algo parecido: se muestra todo, pero sin interioridad. La exposición no revela, solo exhibe. Es el exhibicionismo sin conversión: ser visto sin transformarse.
  4. Argos y Laodicea: vigilancia interiorizada. Si Argos representaba la vigilancia impuesta, Laodicea representa el paso siguiente: el sujeto ya no necesita un vigilante externo. Se regula solo, se evalúa solo, se muestra solo. El control, aparentemente, no oprime: habita.
  5. «Compra oro probado en fuego» (Apocalipsis 3: 18) -> recuperar lo invisible. La solución que propone el texto no es desaparecer, sino «volver a lo que no se ve»: verdad, juicio, interioridad. Frente al hipervisibilismo, Laodicea invita a reaprender el valor del silencio, del proceso, de la opacidad. No todo tiene que mostrarse para ser real.

Contra una vida basada en la apariencia

Laodicea no es una advertencia contra el mal evidente, sino contra una vida basada en la apariencia y la autosatisfacción visible. En ese sentido, es probablemente la carta más actual del Apocalipsis: una crítica directa a una cultura donde existir parece depender de estar siempre en pantalla.

Por cierto, en esto del «ver» quizá debiéramos recordar las palabras de Dios al profeta: «…pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón». (1 Samuel 16: 7).

Y esa mirada sí que merece la pena.

Autor: Víctor Armenteros, decano de la Facultad Adventista de Teología (FAT) de España.
Imagen: Generada con IA

2 Comments

  • Juan Miguel dice:

    Magnífico artículo, Víctor, me ha encantado. Regento una librería y le puse por nombre «Orwell», y no es broma 🙂
    Estupendas referencias la de este artículo y muy oportunas reflexiones.

  • Andrés Suárez dice:

    Gracias, Víctor.
    Un artículo que nos lleva a reflexionar en lo trascendente, en lo ético, en el ser más que en el ser visto. Y, sobretodo, nos recuerda que lo realmente importante es que hay Uno que ve todo y su like es lo que más nos debe importar.

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