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Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, […] No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella.” (Deuteronomio 4: 1, 2)

El texto que acabáis de leer es una exhortación a la obediencia. Un análisis de la Palabra de Dios nos lleva, sin duda, a una conclusión clara: Dios desea nuestro bien, y para que este deseo se lleve a cabo quiere ayudarnos, enseñarnos y mostrarnos cómo son las cosas. Por encima de todo el Señor quiere aclararnos cuatro cosas: que sepamos lo qué somos, que recordemos a quién pertenecemos, que comprendamos por qué estamos como estamos y que confiemos en que es posible recuperar lo perdido. Para conseguir esto, el Señor nos da directrices: qué hacer y qué no hacer, qué pensar y qué no pensar, cómo ser y cómo no ser. Y frente a todo esto una exhortación, ¡hacedme caso! o dicho de otra forma, ¡obedecedme!

¿Qué es obedecer? Sin duda todos conocemos esta palabra, por lo que no necesita ninguna definición. Como seres racionales todos sabemos que lo que Dios dice es bueno, siempre tiene razón, nunca se equivoca y por si fuera poco, todo es para nuestro bien. La pregunta a hacer no es definir la obediencia, sino preguntarse ¿por qué nos cuesta tanto obedecer lo que Dios nos dice? Porque ¿quién iría contra su propio bien? ¿quién haría las cosas para hacerse daño? Es curioso observar cómo la Escritura está llena de exhortaciones a la obediencia ¿por qué? Sin duda porque nos cuesta obedecer. Pareciera que hay dentro de nosotros una tendencia que nos impide obedecer y nos obliga a hacer justamente lo contrario a lo que Dios nos dice. De ahí esos textos que hacen tanto daño al oído, pero que muestran la más pura realidad del ser humano: “¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos…” (Salmos 81: 13, 14). O ese otro que dice: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mi, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.” (Jeremías 2: 13). ¡Qué poco de racional tiene este comportamiento!, ¿verdad?

LOS ENEMIGOS DE LA OBEDIENCIA

¿Cómo responder a la pregunta que acabamos de hacer? ¿por qué nos cuesta tanto obedecer a Dios? ¿Por qué somos reacios a hacer algo que no tiene contra-argumentación? Si te fijas en el texto de arriba, verás que allí se mencionan tres cosas que son, por lo menos, una respuesta a esta pregunta y que se conocen como los tres enemigos de la obediencia:

  1. Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño para que los ejecutéis, y viváis.”

Lo primero que es necesario hacer para poder obedecer a Dios es conocer lo que Dios dice. Teniendo en cuenta esto, el primer enemigo de la obediencia es el desconocimiento. Te has parado a pensar ¿cuántos creyentes no conocen lo que Dios pide? Pregunta en la calle ¿es usted creyente? ¡Si, lo soy! ¿Sabes usted lo que Dios nos dice en relación con …..? La respuesta que seguirá es el silencio. ¡Cuántas cosas el creyente no hace por no saber lo que Dios dice! Por eso el Señor en el texto de hoy nos dirá, ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño…. Para obedecer lo primero que tenemos que hacer es oír, conocer lo que Dios quiere.

  1. No añadiréis a la palabra que yo os mando.”

El desconocimiento es un problema, claro que sí, pero un enemigo peor todavía es conocer lo que Dios dice y no hacerlo. ¿Por qué actuamos así? Para responder a esta pregunta tenemos que hablar de “los añadidos humanos”. Es curioso pero los “añadidos humanos”, aunque bien intencionados, suelen normalmente tergiversar lo que Dios dice, modificando así el mensaje original. ¿Por qué lo hacemos? Porque el ser humano entiende que lo que Dios dice siempre debe ser interpretado. Y ¿qué es interpretar? Es explicar con planteamientos humanos lo que Dios declara, es decir, generalmente pensamos que la razón debe ser siempre el filtro del mensaje divino. Es verdad que somos seres racionales. Es verdad que la razón es el medio que Dios ha puesto en el hombre para comprender, razonar y sacar las mejores conclusiones; pero, aunque te parezca chocante, la razón no siempre es la mejor aliada para comprender el mensaje divino. Consideremos un ejemplo para ilustrar esto. Dios promete a Abraham un hijo. Considerando que Sara era estéril, dime ¿qué puede hacer el hombre? Sin duda lo más natural es usar la razón para poder compatibilizar el mensaje de Dios con la realidad de la esterilidad. Dejar que la razón sea el instrumento de armonía crees que ¿es de ayuda o de estorbo? Lo que ocurrió en la realidad nos lo muestra. Sara usó la razón e interpretando el mensaje divino comenzó a añadir cosas para generar un planteamiento que cualquiera podría considerar razonable. Dios daría un hijo a Abraham, si ella era estéril, lo que Dios quiso decir es que tendría un hijo a través de Agar. Y así lo hicieron y se cumplió lo que Dios dijo y Abraham tuvo un hijo. Pero ¿era ese el propósito divino? ¡No! La razón no ayudó, interpretar no ayudó, añadir no ayudó. Lo que Dios dijo era que Abraham tendría un hijo de Sara, y así era, sin más.

  1. Ni disminuiréis de ella.”

Desconocer lo que Dios dice no es oportuno, añadir a lo que Dios manda es malo pero quitar de la Palabra de Dios, no sólo es malo sino mezquino. En realidad el tercer enemigo de la obediencia consiste en conocer lo que Dios dice, pero usando otro u otros dichos de Dios neutralizamos el mensaje. En el fondo se trata de justificar lo que tú quieres porque te gusta y a través de un texto bíblico conseguirlo. En este sentido es cierto el dicho que dice: “Cuando hay malas intenciones, uno puede hacer que la Biblia diga lo que tú quieras.” Este método es el escogido por el enemigo de las almas. Piensa en las tentaciones que Satanás le lanzó a Jesús en el desierto. Usó un pasaje de la Escritura, es verdad, pero suprimió algo con el fin de conseguir sus fines. Aparentemente estaba usando un “Así ha dicho Jehová” pero sólo aparentemente porque cuando uno usa una parte de lo que Dios dice, pero quita otra, lo que en realidad pretende es hacer su voluntad y no la voluntad de Dios.

CONCLUSIÓN

Querido amigo, obedecer a Dios es la mayor salvaguardia para vivir bien, ser feliz y hacer realidad las promesas que el Señor nos hace. Para obedecer, no es necesario hacer más que eso, obedecer. Es bueno tener en cuenta que cuando empezamos a poner lo humano, surgen cosas extrañas que nos instan a hacer justamente lo contrario a lo que Dios nos dice. Dios te pide que le obedezcas y para obedecer debes primero oír lo que Dios dice, pero también es necesario hacer otra cosa, pedir ayuda al Señor para no añadir nada y mucho menos quitar. Créeme que esto puede parecer fácil en su lectura, pero cuando se trata de vivirlo… todo se complica y no resulta tan fácil de llevar a cabo. La explicación es clara, cuando uno vive la vida, uno usa herramientas que, a veces, más que ayudar a la fe se convierten en un obstáculo. ¿Cuáles son esas herramientas? Pues aunque suene extraño, por un lado están la razón, los deseos y los gustos y por otro los añadidos y las eliminaciones.

Termino usando el texto de Santiago quien escribiendo a los creyentes que estaban en la dispersión dirá: “ Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada…” (Santiago 1: 5).

Cuando te pongas a orar, acuérdate de decir: “Señor, ayúdame a ser sabio para obedecer.” Sin duda que Dios, que oye en lo secreto, te ayudará en tu petición consiguiendo así cumplir sus propósitos: que tu vida sea grata, que seas feliz y que todas las promesas que el Señor te hace se hagan realidad en ti.

Que Dios te bendiga. Amén.

Revista Adventista de España