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UN PACTO DE FIDELIDAD CON DIOS

Hablar de dinero nunca resulta sencillo. La manera en que lo ganamos, lo empleamos y lo compartimos revela mucho acerca de nuestras prioridades, nuestros temores y aquello en lo que depositamos nuestra seguridad. Por eso, aunque el diezmo se expresa mediante una cantidad económica, para el creyente su significado va mucho más allá del dinero.

La palabra «diezmo» significa literalmente «décima parte». En la tradición bíblica designa la práctica de apartar la décima parte de los ingresos para consagrarla a Dios y sostener la misión que él ha confiado a su pueblo. Sin embargo, el diezmo no es solamente un mecanismo para financiar la actividad de la Iglesia. Ante todo, habla de la relación del ser humano con Dios. Es un pacto de fidelidad personal, una confesión de fe y una expresión de gratitud.

Mediante el diezmo, el creyente reconoce que la vida, la salud, la capacidad para trabajar y las oportunidades que recibe no dependen exclusivamente de sí mismo. El salmista declara: «De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan» (Salmo 24:1). Cuando entregamos el diezmo no damos a Dios algo que le sea ajeno; le devolvemos una parte de lo que hemos recibido y reconocemos que él es el verdadero Dueño de todas las cosas.

Una persona que no comparte la fe cristiana puede preguntarse legítimamente por qué alguien decide entregar voluntariamente una parte de sus ingresos a una comunidad religiosa. Para comprender la respuesta bíblica no basta con hablar de porcentajes, normas o estructuras administrativas. Es necesario comprender la convicción que hay detrás: para el creyente, la vida y cuanto posee son, en último término, dones recibidos.

UNA PRÁCTICA ANTERIOR A ISRAEL

El diezmo no es una invención de la Iglesia Adventista ni un sistema creado en tiempos modernos. Sus primeras referencias bíblicas nos conducen a la época de los patriarcas, mucho antes de la organización del pueblo de Israel y de la entrega de la Ley en el monte Sinaí.

Después de regresar victorioso de una batalla, Abraham se encontró con Melquisedec, presentado en el relato como sacerdote del Dios Altísimo. Melquisedec lo bendijo y las Escrituras afirman que Abraham «le dio los diezmos de todo» (Génesis 14:20). ¿Quién enseñó a Abraham a entregar el diezmo? El Génesis no lo explica, pero su gesto muestra que esta práctica aparece en el relato bíblico antes de la organización de Israel y de la entrega de la Ley.

Más adelante encontramos al futuro patriarca Jacob, que había salido solo de la casa de sus padres, sin seguridad, riquezas ni un futuro claro. Dios se le manifestó y le prometió que estaría con él, que lo protegería y que lo haría regresar. Como respuesta, Jacob hizo un voto: «De todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti» (Génesis 28:22). Me gusta especialmente esa expresión, «de todo lo que me dieres»: primero Dios da, acompaña y protege; después, el ser humano responde.

El diezmo no es el precio que pagamos para que Dios nos bendiga, ni un método para obligarlo a concedernos salud, éxito o prosperidad. Dios no puede ser comprado y sus bendiciones no están a la venta. No entregamos el diezmo para ser bendecidos, sino porque reconocemos que ya hemos sido bendecidos.

UN PRINCIPIO ORGANIZADO PARA EL SERVICIO

Cuando el pueblo de Israel fue organizado, Dios no presentó el diezmo como una idea humana, sino como algo que le pertenecía: «El diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová» (Levítico 27:30). El creyente lo separa de sus ingresos no porque Dios necesite el dinero humano, sino para reconocer mediante un acto concreto su autoridad y su bondad.

Dios estableció también su finalidad. Los levitas habían sido designados para atender el ministerio espiritual del pueblo y no recibieron un territorio como las demás tribus: «Y he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio» (Números 18:21). El mismo principio aparece en el Nuevo Testamento, cuando Pablo pregunta: «¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas comen del templo?», y añade: «Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio» (1 Corintios 9:13-14).

Por medio del profeta Malaquías, Dios indicó también el lugar al que debía llevarse: «Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa» (Malaquías 3:10). El diezmo no quedaba sujeto a las preferencias de cada persona ni se dirigía solo hacia el ministro o el proyecto con el que cada uno simpatizaba; se ponía al servicio de una misión compartida.

La Iglesia Adventista aplica hoy este principio mediante una administración organizada de los diezmos, con el propósito de sostener de manera amplia y equitativa el ministerio pastoral, evangelizador y misionero, incluyendo aquellos territorios con menos recursos. Al mismo tiempo, la confianza espiritual no elimina la rendición de cuentas: toda organización que administra lo consagrado a Dios tiene la obligación de hacerlo con seriedad, transparencia y mecanismos adecuados de supervisión.

EXACTITUD Y MADUREZ ESPIRITUAL

El Señor Jesús también habló acerca del diezmo. Cuando reprendió a los escribas y fariseos, les señaló que eran muy cuidadosos al diezmar incluso las plantas más pequeñas, pero descuidaban «lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe». Después añadió: «Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello» (Mateo 23:23). Jesús no condenó el diezmo, sino la hipocresía: la exactitud religiosa no puede sustituir la justicia, la misericordia ni el amor hacia los demás.

Dios no desea solamente una parte de nuestros ingresos; desea nuestro corazón. Una persona puede entregar escrupulosamente el diezmo y, a pesar de ello, no haber alcanzado la madurez espiritual. La persona espiritualmente madura diezma, pero no deja de amar; es fiel en lo que devuelve a Dios, pero también en la manera de tratar a los demás.

¿QUÉ HACE QUE EL DIEZMO SEA DIEZMO?

  1. Es la décima parte: una cantidad ofrecida con generosidad puede ser una ofrenda hermosa, pero el diezmo es específicamente la décima parte de los ingresos.
  2. Pertenece a Dios: Levítico afirma «de Jehová es»; no es una contribución cualquiera, sino algo que el creyente aparta para él.
  3. Tiene un destino definido: se lleva al alfolí, es decir, se pone al servicio de la misión de la Iglesia y no de las preferencias particulares de cada creyente.
  4. Sostiene el ministerio: está destinado especialmente al sostenimiento de quienes sirven en la obra pastoral, evangelizadora y misionera (Números 18:21,24; 1 Corintios 9:13-14).
  5. Nace de la gratitud: se entrega desde una actitud que reconoce a Dios como la Fuente de todas las bendiciones, no para comprar su favor.

El diezmo no es una cuota de entrada en la Iglesia ni el precio de la salvación. La salvación no puede comprarse: es el regalo de Dios, recibido mediante la fe en Jesucristo. Tampoco es una inversión mediante la cual le decimos: «Yo te doy el diez por ciento y tú estás obligado a devolverme una cantidad mayor». El creyente no dice «Señor, te entrego el diezmo para que me bendigas», sino: «Señor, te lo entrego porque ya me has bendecido».

UNA EXPERIENCIA CON DIOS

Desde mi experiencia personal, he llegado a comprender que el diezmo no es simplemente una doctrina que aceptamos intelectualmente, sino una experiencia que vivimos con Dios. Por eso me resultan tan hermosas las palabras que Dios pronuncia por medio de Malaquías: «Probadme ahora en esto» (Malaquías 3:10), una de esas ocasiones especiales en las que el propio Señor invita a su pueblo a comprobar su fidelidad.

Esta invitación no debería entenderse como una fórmula para obtener prosperidad ni como una promesa de que el creyente nunca atravesará dificultades. Se trata de aprender a confiar en Dios y reconocer su presencia también en medio de circunstancias adversas.

En nuestra experiencia familiar, diezmar nos produce una satisfacción profunda. Cada mes, cuando apartamos el diezmo, experimentamos la alegría serena de reconocer nuevamente que Dios es quien nos sostiene. No lo vivimos como una pérdida ni como una carga, sino como una oportunidad para recordar de dónde procede todo lo que somos y tenemos.

En última instancia, el diezmo no es principalmente una cuestión económica, sino espiritual. Habla de confianza, gratitud, obediencia, madurez y fidelidad. Mediante el diezmo, el creyente reconoce a Dios como el Dueño de su vida, sostiene la misión confiada a la Iglesia y renueva su pacto de fidelidad con Aquel de quien lo ha recibido todo. Por eso, la pregunta más profunda no es solamente «¿cuánto debo entregar?», sino: «¿a quién pertenezco y quién es verdaderamente el Señor de mi vida?».

Pastor Richard Ruszuly

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