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¿Qué fue lo que Dios dio a Israel en el Sinaí? Todo conocedor de la Biblia responderá: «la ley». Es verdad, pero la ley no fue dada sola. En el Sinaí también fue dado el santuario, y es en él donde encontramos la mayor revelación que tuvo lugar en aquel lugar sagrado.

LA LEY SIN EL SANTUARIO PRODUCE TERROR

Cuando Dios da la ley, lo hace con una manifestación monumental de su poder y santidad: truenos, relámpagos, sonido de trompeta, humo, tinieblas y fuego. Quienes tocaran el monte morirían irremisiblemente (cf. Éxodo 19:24). En ese contexto Dios proclama la ley, y lo que produce en el pueblo es terror. Eso es lo que genera la ley sin el santuario.

Al mismo tiempo, Dios quería humillar el orgullo humano que días antes había quedado al descubierto en aquellas palabras tan confiadas del pueblo: «Haremos todo lo que Jehová nos ha dicho» (Éxodo 19:8). Una de las lecciones más profundas del Sinaí es esta: cuando Dios habla, no se puede responder con un «haremos». Eso solo lleva al fracaso. Cuando Dios habla, la respuesta correcta es: «haz». No respondemos con una promesa; respondemos con un permiso.

LA PRUEBA MÁS DIFÍCIL: ACEPTAR QUE NO PODEMOS NADA

Una de las pruebas más grandes que enfrentamos como seres humanos es aceptar que nosotros no podemos hacer nada por Dios. No debemos hacer nada por Él, sino aceptar lo que Él hizo por nosotros para dejarlo actuar en nosotros. Ese es el milagro que nace de la rendición, no del esfuerzo por «cumplir» con lo que Dios nos pide para agradarle.

Cuando intentamos cumplir los mandamientos como respuesta a escuchar la ley, a los cuarenta días lo único que habremos conseguido es revelar nuestra rebeldía adorando un becerro de oro. La ley de Dios, sobre nuestro corazón natural, produce la más intensa rebeldía (cf. Romanos 7:9). El problema no está en la ley, sino en nuestra naturaleza corrompida. Por eso nadie puede acercarse a Dios intentando cumplir su ley: quien lo intenta vive en hipocresía. Ese fue, precisamente, el problema de los fariseos.

EL SANTUARIO: EL CORDERO EN EL CENTRO

A Dios solo podemos acercarnos a través del santuario, donde el Cordero es el centro. El santuario fue puesto precisamente ante el fracaso del pueblo de cumplir la ley. Sin embargo, nada nos llevaría más lejos del mensaje bíblico que pensar que el santuario anula la ley. Todo lo contrario: el santuario la confirma.

ISMAEL E ISAAC: DOS RESPUESTAS A LAS DEMANDAS DE DIOS

Aquí es donde la alegoría de Gálatas cobra toda su fuerza:

  • Ismael — el hijo de la esclava: Cuando ante las demandas de Dios respondemos «lo haremos», estamos dando a luz por nuestras propias fuerzas a un hijo de la esclava. Es el fruto del esfuerzo humano, de la carne.
  • Isaac — el hijo de la promesa: Cuando ante las demandas de la ley nos aferramos al Cordero y decimos «creo que lo harás», se produce por la fe un milagro: la estéril que no puede dar hijos da a luz a Isaac. La fe se aferra a la obra perfecta de Jesús —quien guardó perfectamente la ley— y milagrosamente nos pone en armonía con ella.

Cuando intentas cumplir la ley, te rebelas. Cuando te aferras a Jesús y a lo que Él hizo, te rindes. Esa es la dinámica del evangelio, y es allí donde está la victoria.


📌 Este artículo es una adaptación del comentario bíblico original publicado por Joel Barrios : «Comentario sobre Gálatas: Ismael vs. Isaac».

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