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Vivimos en un tiempo en el que la frase más repetida es «sé tú mismo». Parece inocente, incluso liberadora. Pero detrás de esa consigna se esconde una montaña de conceptos que merece la pena examinar con cuidado, especialmente desde una perspectiva bíblica.

La llamada era de la autenticidad es una de las marcas más características de la modernidad. Y aunque suena a libertad, puede convertirse, paradójicamente, en una nueva forma de esclavitud.

EL MALESTAR DE LA MODERNIDAD

La modernidad carga consigo tres grandes malestares. El primero es el debilitamiento de los horizontes morales: cada día los pilares que sostenían la convivencia humana se disuelven en un mar de relativismos. Instituciones como el matrimonio, la familia, la escuela y la iglesia sufren ataques constantes a sus principios fundamentales.

El segundo malestar es el individualismo y el narcisismo que impregna el pensamiento contemporáneo. La cultura del «yo primero» ha generado consecuencias reales en la sociedad, en las familias y en las propias comunidades de fe.

El tercero, quizá el más paradójico, es la pérdida de la verdadera libertad en nombre de la libertad. En una cultura que dice valorar la autenticidad de cada individuo, el derecho a discrepar está siendo cada vez más atacado. Quien se atreve a cuestionar ciertos comportamientos o estilos de vida se convierte de inmediato en blanco de críticas. La libertad proclamada no tolera la disidencia.

SER «AUTÉNTICO» FRENTE A SER COPIA

Aquí es donde la cosmovisión cristiana ofrece una respuesta radicalmente diferente. Un cristiano no se somete a la lógica de la era de la autenticidad porque comprende que el propósito de su vida no es ser «único», sino ser copia. Copia de alguien que vale la pena imitar.

«Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.» (Efesios 5:1-2)

Jesús no nos llamó a expresarnos a nosotros mismos. Nos llamó a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra cruz y a seguirle.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.» (Lucas 9:23)

Esa es una invitación que va completamente a contracorriente de los valores que la cultura contemporánea promueve. Y precisamente por eso resulta tan necesaria y tan liberadora.

UNA AUTENTICIDAD QUE SÍ VALE LA PENA

Esto no significa que el cristiano deba ser una persona sin carácter, sin personalidad o sin criterio propio. Al contrario. La verdadera autenticidad cristiana nace de una relación genuina y profunda con Cristo, que transforma el carácter desde adentro hacia afuera. No es una máscara, sino una nueva naturaleza.

En un mundo que nos grita que seamos nosotros mismos, el evangelio nos susurra algo más profundo: podemos ser mejores de lo que somos, porque hay Alguien digno de ser imitado que pone su vida a nuestra disposición.

En la era de la autenticidad, rehúsa ser simplemente «auténtico». Prefiere ser una copia fiel de Cristo, el único ejemplo verdaderamente digno de imitar.

Este artículo está basado en la columna original de Felippe Amorim publicada por la Agencia de Noticias Adventistas: La era de la autenticidad.

Felippe Amorim Teólogo, magíster en Cosmovisión Cristiana y doctorando en Filosofía. Autor de 13 libros y presentador del programa Biblia Fácil en Radio y TV Nuevo Tiempo.

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Revista Adventista de España
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