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Reflexiones en Hechos 6:1–7

Cuando hablamos de liderazgo en la iglesia, con frecuencia pensamos en funciones, responsabilidades o estructuras organizativas. Sin embargo, la Escritura nos invita a mirar más profundamente. En Hechos 6:1–7, en medio del crecimiento de la iglesia primitiva, surge un principio que sigue siendo vigente hoy: el verdadero desarrollo de la iglesia está directamente relacionado con la madurez espiritual de sus líderes.

Este artículo desea reflexionar sobre una verdad esencial pero a veces descuidada: antes de cualquier capacidad, habilidad o experiencia, Dios espera de sus líderes un corazón completamente dependiente de Él. Y cuando hablamos de líderes, no nos referimos únicamente a quienes ocupan posiciones visibles, sino a toda persona que ha recibido un encargo dentro de la comunidad de fe. De manera especial, esto incluye a pastores, ancianos, diáconos y líderes de ministerios, quienes han sido llamados no solo a servir, sino a modelar con su vida el carácter de Cristo.

Este llamado no implica una superioridad espiritual, sino una responsabilidad mayor. A los líderes se les pide ser ejemplo, no porque los demás no puedan alcanzar ese mismo nivel de madurez, sino porque su vida debe servir de inspiración y guía para toda la iglesia. Su testimonio tiene el poder de fortalecer la fe de otros o, por el contrario, de debilitarla.

Por ello, el énfasis no debe estar únicamente en lo que el líder hace, sino en quién está llegando a ser delante de Dios. La base del liderazgo espiritual es una dependencia profunda y constante del Señor. Esta dependencia no es teórica, sino práctica, y se cultiva mediante disciplinas espirituales que fortalecen la vida interior: la oración sincera, el estudio de la Palabra, el ayuno, la meditación, la sensibilidad a la voz del Espíritu Santo, y una vida marcada por la reverencia y la piedad.

Tal como exhorta el apóstol Pablo, es necesario “ejercitarse para la piedad”. Este ejercicio no es opcional para quienes lideran, sino esencial. Porque solo un líder que camina con Dios puede guiar a otros hacia Él.

El desafío del crecimiento: más allá de los números

En los primeros días de la iglesia, todo parecía avanzar con fuerza. Las conversiones aumentaban, la comunidad crecía y la fe se extendía con poder. Pero, como suele suceder, el crecimiento también trajo consigo tensiones. En medio de ese avance, un grupo comenzó a levantar la voz, no en adoración, sino en queja: “Nuestras viudas están siendo desatendidas”.

No era un problema doctrinal ni una herejía. Era algo más silencioso, pero profundamente peligroso: una sensación de injusticia dentro del pueblo de Dios. Y cuando esto ocurre, la iglesia no solo enfrenta un problema, enfrenta un riesgo. El riesgo de perder la unidad, la confianza y el enfoque en su misión.

En ese momento crítico, los apóstoles toman una decisión reveladora. No comienzan con estructuras ni estrategias. Buscan personas. Pero no cualquier tipo de personas: buscan hombres que estén creciendo espiritualmente. Porque el principio es claro: la iglesia nunca crecerá más allá de la vida espiritual de sus líderes.

Carácter antes que capacidad

Lo primero que se menciona es: “de buen testimonio”. Es decir, hombres cuya vida hable antes que sus palabras. El crecimiento espiritual no comienza en el púlpito, sino en el corazón. No comienza en la función, sino en la formación del carácter.

Buen testimonio significa coherencia. Es cuando lo que predico coincide con lo que vivo. Cuando mi familia confirma mi fe. Cuando mi vida privada no contradice mi servicio público.

La iglesia no confía en el talento por sí solo, sino en vidas transformadas. A lo largo del tiempo, se ha visto que colocar personas muy capaces pero con un carácter difícil en posiciones de servicio suele aumentar los conflictos. En cambio, cuando esas responsabilidades recaen sobre personas humildes, pacientes y cercanas, el ambiente cambia, la confianza se restaura y las heridas comienzan a sanar.

Hay una verdad que no debemos olvidar: el carácter resuelve lo que la capacidad no puede.

Sabiduría: la evidencia de una fe madura

Los apóstoles también piden hombres “llenos de sabiduría”. La sabiduría no es simplemente conocimiento; es la capacidad de actuar correctamente en momentos difíciles.

En Hechos 6 había presión, expectativas y tensiones. Sin embargo, los apóstoles no reaccionaron impulsivamente. Discernieron. Porque la sabiduría espiritual no reacciona, discierne.

Un liderazgo sin sabiduría puede dividir una iglesia en poco tiempo. Pero un liderazgo que escucha, ora y espera en Dios puede atravesar conflictos sin perder la unidad.

La sabiduría no evita los problemas, pero evita que los problemas destruyan la iglesia.

Llenos del Espíritu: el corazón del liderazgo

La tercera característica es fundamental: “llenos del Espíritu Santo”. Aquí está el centro de todo.

Incluso para una tarea práctica como servir mesas, se requería una vida espiritual profunda. Porque en la iglesia nada es meramente funcional; todo es espiritual.

Existe un peligro real: servir mucho, pero desconectarse de Dios. Ser activos, pero estar espiritualmente vacíos. Trabajar para Dios sin caminar con Dios.

Cuando la vida espiritual se descuida, los efectos no siempre son inmediatos, pero sí inevitables. Aparecen conflictos, cansancio, decisiones equivocadas. Lo que parecía crecimiento se convierte en desgaste.

El crecimiento espiritual no es esfuerzo humano mejorado; es una vida gobernada por el Espíritu Santo.

El resultado: un crecimiento que viene de Dios

El pasaje concluye diciendo: “Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente”.

Pero este crecimiento no comenzó con la multitud, sino con los líderes. Comenzó cuando el carácter fue correcto, la sabiduría guió las decisiones y el Espíritu Santo llenó las vidas.

Entonces, Dios hizo crecer la iglesia.

Volver a lo esencial

Hoy, como iglesia, hablamos de discipulado, misión, adoración e involucramiento. Pero antes de todo eso, Dios nos llama a mirar nuestro interior.

Si queremos iglesias que crezcan, debemos comenzar por nosotros mismos. Porque la iglesia nunca crecerá más allá de la vida espiritual de sus líderes.

Cuando el carácter refleja a Cristo, entonces la Palabra crece, la iglesia madura y Cristo es verdaderamente glorificado.

El llamado es claro: volver a lo esencial, fortalecer lo invisible y permitir que Dios forme en nosotros el carácter de su Hijo.

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