En las últimas semanas el fenómeno «therians» se ha hecho viral. Jóvenes que afirman identificarse con animales, expresando esa conexión a veces con máscaras, movimientos o actitudes corporales inspiradas en diferentes especies.
Según reporta EFE, estas personas no se consideran animales como tales, sino que sienten una conexión profunda (psicológica, emocional o espiritual) con ellos y eso puede manifestarse públicamente con cierto estilo estético o de comportamiento.
El término moderno proviene de la palabra therianthrope, compuesta por raíces griegas que significan ‘bestia’ y ‘humano’, y describe esta identificación, sin creerse físicamente un animal real. En muchos casos, estos jóvenes hablan de una vivencia personal y profunda, distinta a una simple afición o juego.
Este movimiento, que surgió inicialmente en foros digitales de los años 90, ha cobrado visibilidad recientemente gracias a las redes sociales (especialmente entre adolescentes).
Expertos en psicología entrevistados por medios reconocidos en España señalan que el fenómeno no está catalogado como un trastorno mental diagnóstico. Más bien, se explica como una búsqueda de identidad o sentido de pertenencia en la era digital, algo que psicológicamente puede tener raíces en la necesidad humana de encontrar significado y comunidad.
Una realidad que debe hacernos reflexionar
Ayer me topé con un texto en las redes sobre los therians que me hizo reflexionar sobre el sufrimiento de muchos jóvenes hoy, y la responsabilidad que tenemos en Cristo para con ellos. El mensaje planteaba, con una maravillosa sensibilidad bíblica que, ante el fenómeno de jóvenes que se identifican como therian o dicen no sentirse humanos, la reacción cristiana no debería ser de enfado, burla o miedo, sino de comprensión, compasión y guía.
Sostenía que detrás de esas identidades no hay simplemente rebeldía, sino confusión y una profunda búsqueda de pertenencia. Cuando alguien afirma: «no me siento humano», podría estar expresando en realidad que no se siente visto, comprendido o aceptado.
Me recordó que todos los seres humanos nos hemos preguntado en alguna ocasión: «¿Qué soy? ¿Valgo? ¿Pertenezco?» (Salmo 8:4). Necesitamos respuesta a las preguntas básicas: ¿De dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿quién soy?, ¿qué hago aquí?, ¿tiene mi vida algún sentido o propósito?
El mensaje que encontré en las redes me gustó. Afirmaba que la identidad no debe construirse sobre sentimientos cambiantes, sino sobre una base firme en Dios (Efesios 2:10). No obstante, subrayaba que la verdad bíblica no debe imponerse sin amor, porque «la verdad sin amor aplasta, y el amor sin verdad confunde». Jesús era presentado como modelo: Él primero se acercaba, restauraba y acompañaba antes de corregir. Eso mismo deberíamos hacer nosotros.
El texto concluía diciendo que los cristianos no deben validar lo que consideran erróneo, pero tampoco destruir o rechazar a quien está atravesando esa experiencia. La transformación profunda ocurre en un entorno seguro, donde la persona sabe que es amada. Antes de corregir identidad, hay que asegurar pertenencia.
La idea central era que nadie deja de ser imagen de Dios por estar confundido, y que el mayor testimonio cristiano no es ganar un debate, sino reflejar el corazón de Cristo: firme en la verdad, pero lleno de ternura y paciencia.
Una mirada bíblica sobre la identidad
Como cristianos adventistas, firmemente anclados en la Biblia, creemos que Dios creó al ser humano «a Su imagen y semejanza» (Génesis 1:26–27). Esta revelación no es simbólo de una identidad ambigua, sino de una dignidad única: somos seres distintos de los animales, con propósito, con mente espiritual, responsabilidad moral y un destino eterno en Cristo.
La Escritura no reconoce ninguna forma de autoidentificación animal. Antes bien, nos enseña que los animales, y toda la creación, fueron puestos bajo nuestro cuidado (Génesis 1:26-28; Génesis 2:15). Además, Cristo vino a restaurar nuestra verdadera identidad humana en Él: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).
Nuestra identidad no se basa en lo que sentimos, sino en quienes somos en Cristo: hijos e hijas de Dios (Romanos 8:14–17). Por eso es problemático equiparar una experiencia subjetiva con una realidad espiritual objetiva: Dios nos llama a ser humanos íntegros en Jesús, no a desdibujar nuestra identidad. Cada elección tiene sus consecuencias. Una para nuestro bienestar y otra en la que nos perderemos y sufriremos (Deuteronomio 30:15-19).
La verdadera libertad no consiste en negar nuestra humanidad, sino en vivirla plenamente en relación con Dios.
La normalización de identidades que desdibujan nuestra naturaleza dada por Dios puede parecer hoy una forma de expresión cultural o psicológica (como también lo fueron los estilos juveniles de otras épocas), pero la Palabra de Dios nos llama a discernir qué cosas nutren nuestra vida espiritual y cuáles nos alejan de la verdad bíblica (1 Tesalonicenses 5:21).
¿Puede un cristiano considerarse therian?
El vocablo «therian» es una creación moderna que no se encuentra en los textos inspirados por Dios, aunque es posible que nos recuerde al relato del rey Nabucodonosor en Daniel 4:33, donde se describe cómo vivió «como un animal» a consecuencia de su continua desobediencia. Pero este no era un modelo de identidad permanente, sino algo temporal. La enseñanza es teológica, no un antecedente de identidades contemporáneas.
Aunque algunos debates en comunidades en línea sugieren que se puede ser cristiano y reconocer una experiencia psicológica o espiritual de este tipo sin negar la humanidad (ya que la experiencia therianthropy, no es en sí una fe ni una doctrina bíblica), en realidad no es cierto, ya que cualquier identidad que se anteponga a nuestra identidad en Cristo puede desviarnos de nuestro propósito espiritual. El apóstol Pablo nos enseña que no debemos poner nada que desfigure nuestra adoración y obediencia a Dios en primer lugar (1 Corintios 6:12; Filipenses 3:8–9).
Una identidad que subvierte la creación divina o que genera confusión sobre quiénes somos en Dios merece una reflexión profunda. La Biblia nos llama a «examinarlo todo y retener lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:21). Al estudiar la Biblia nos damos cuenta de que no es posible ser cristianos y therians al mismo tiempo, porque si somos cristianos nuestra identidad está puesta en Cristo, y «no se puede servir a dos señores» (Mateo 6:24-34).
Discernimiento cristiano ante modas culturales
Es comprensible que fenómenos como el de los therians generen curiosidad y preguntas: ¿qué lleva a un joven a identificarse con un animal? ¿Es una moda, una búsqueda de comunidad, una expresión artística, o algo más profundo?
Parece ser una búsqueda de identidad y pertenencia en una era hiperconectada, donde los adolescentes a menudo sienten desconexión social y buscan grupos afines.
Esta nueva moda resuena en mi interior como un grito de atención, de búsqueda de identidad y pertenencia. Un alarido de falta de autoestima que lanza la juventud actual en busca de sentido y propósito para su vida. Buscan respuestas, buscan cariño, aceptación… buscan su lugar.
Y ante esa situación, me pregunto… ¿estamos proporcionando a nuestros jóvenes ese amor, espacio y seguridad en nuestros hogares? ¿Y en nuestras iglesias? ¿Se sienten parte? ¿Se saben amados y reconocidos? ¿Les estamos dando su espacio para sentirse útiles y valorados? ¿Podemos ofrecer esas mismas condiciones también a los que gimen en la sociedad actual? ¿Podemos hacer un lugar para ellos?
¿Qué haría Jesús? Sin duda debemos acoger con amor y compasión a quienes luchan con su sensación de identidad y pertenencia, reconociendo el valor de cada persona como imagen de Dios. Pero, al mismo tiempo, debemos recordarles, con cariño, que existen límites saludables entre la expresión personal y la verdad de lo que Dios nos ha creado para ser: humanos, creados a Su imagen y llamados a vivir en relación con Él.
Identidad en Cristo antes que tendencias pasajeras
Los therians representan un fenómeno social actual que puede revelar aspectos reales de la condición humana: el deseo de pertenecer, de encontrar significado, de expresar lo profundo del yo interior. Sin embargo, como cristianos adventistas, nuestra brújula moral y espiritual está anclada en la Palabra de Dios.
La Biblia nos llama a afirmar nuestra identidad en Cristo, a vivir conforme a la voluntad divina y a amar a cada persona respetando su dignidad, que proviene de estar hecha a imagen de Dios (Génesis 1:27; Romanos 12:1–2).
Al mismo tiempo, nuestra fe nos insta a anclar nuestra identidad en Cristo, y a discernir entre sentimientos, modas culturales y la verdad objetiva de la Palabra de Dios. No hay fundamento bíblico que avale una identidad «animal» como destino o vocación humana. Más bien, la Biblia enseña que somos llamados a seguir a Cristo, mantenernos fieles a nuestra naturaleza humana que está siendo restaurada en Jesús, y vivir conforme a los propósitos eternos de Dios (Romanos 12:1–2).
En tiempos de cambio cultural acelerado, estamos llamados a discernir con sabiduría lo que edifica nuestra vida espiritual y a ofrecer a quienes confían en nosotros palabras de aliento que apuntan a la esperanza que solo Cristo ofrece.
Conclusión
Los jóvenes deben saber que, como cristianos adventistas, tenemos respuestas, basadas en la Biblia, a las preguntas básicas del ser humano: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿quién soy?, ¿qué hago aquí?, ¿tiene mi vida algún sentido o propósito?
¿De dónde vengo?
La Biblia declara que no somos producto del azar ni de un proceso sin propósito. El Todopoderoso deseó nuestra existencia: «Y creó Dios a la humanidad a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27).
Desde la perspectiva bíblica, el ser humano fue creado directamente por Dios en un acto literal y amoroso (Génesis 2:7). No venimos del caos, sino del diseño. No somos un accidente, sino intención divina. Esto significa que nuestro origen está en un Creador que nos formó con dignidad y propósito.
¿Quién soy?
No soy simplemente materia organizada, ni solo emociones cambiantes. Soy una criatura diseñada, amada y conocida por Dios (Salmo 139:13–16); soy tan valioso que Cristo murió por mí (Romanos 5:8).
Y aunque el pecado distorsionó la condición humana (Romanos 3:23), no borró nuestro valor. En Cristo, nuestra identidad es restaurada: «Mas a todos los que le recibieron… les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).
Mi identidad más profunda no está en lo que siento, sino en lo que Dios declara sobre mí.
¿Qué hago aquí?
Nuestra existencia tiene sentido. Vivimos para poder elegir estar con Dios, o sin Él, de manera personal. Es nuestra elección (y sus consecuencias eternas también).
La Biblia enseña que fuimos creados para:
- Relacionarnos con Dios (Apocalipsis 4:11).
- Reflejar su carácter (Mateo 5:16).
- Administrar la creación (Génesis 1:28).
- Vivir en comunión y servicio (Miqueas 6:8).
Efesios 2:10 lo resume así: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.»
No existimos solo para sobrevivir, sino para amar, servir y crecer en semejanza a Cristo.
¿A dónde voy?
Desde la perspectiva bíblica, la historia humana no termina en la muerte. La muerte es un estado de inconsciencia temporal (Eclesiastés 9:5), pero nuestra esperanza está puesta en la resurrección.
Jesús prometió: «No se turbe vuestro corazón… voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Juan 14:1–3).
Nuestra esperanza final es:
- La segunda venida literal de Cristo (1 Tesalonicenses 4:16–17).
- La resurrección de los justos. (Hechos 24:15, Juan 5:28-29)
- Una tierra nueva restaurada (Apocalipsis 21:1–5).
No caminamos hacia la nada, sino hacia la restauración completa a través del plan de Salvación de Dios.
¿Tiene mi vida sentido o propósito?
Sí. Absolutamente sí.
El sentido no depende de logros, aceptación social o emociones cambiantes. Nuestro propósito está anclado en nuestro Creador, Salvador y Mejor Amigo.
«Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros… pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis» (Jeremías 29:11).
Incluso en medio del dolor, Dios puede redimir nuestra historia: «A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28).
Nuestra vida tiene sentido porque:
- Tiene un Autor.
- Tiene un plan de redención.
- Tiene un destino eterno.
Desde la perspectiva bíblica y adventista, nuestra existencia tiene un origen, un propósito y un destino claros: venimos de un Dios creador, fuimos hechos a Su imagen y, aunque caídos, somos redimibles en Cristo. Estamos aquí para vivir en relación con Él, servir a los demás y reflejar Su carácter, caminando hacia la restauración final prometida en Su segunda venida.
Nuestra vida tiene sentido porque forma parte de una historia eterna de amor y redención. Las grandes preguntas humanas encuentran respuesta no en modas ni emociones pasajeras, sino en la revelación de Dios. Y en el centro de esa respuesta está Cristo, nuestra guía, esperanza y roca eterna (Isaías 26:3-4).
Ahora, expliquémoselo a los jóvenes. Colaboremos en el diseño divino de su identidad a través de nuestro ejemplo y nuestro trato con ellos, tanto en la iglesia como en el hogar. Reflejemos el amor del Maestro y llevémosles a Sus brazos.
Autora: Esther Azón, teóloga y comunicadora. Editora y redactora de revista.adventista.es
Imagen: Shutterstock.
Fuentes:
- Biblia (RVR 1960)
- EFE Noticias: Llega a España el fenómeno ‘therian’: jóvenes que se identifican y actúan como animales
- Infobae España: Los psicólogos afirman que los ‘therians’ no tienen un trastorno y explican el fenómeno como una búsqueda de identidad
- El Independiente: Los therian: la extraña identidad animal que triunfa en TikTok
- Euronews: Therian: La identidad viral que desafía los límites entre lo humano y lo animal


