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Cada febrero, el mundo se cubre de corazones. Los escaparates se llenan de rojo, los anuncios apelan a la emoción y las redes sociales se convierten en una sucesión de declaraciones públicas. Durante unos días, parece que todos estamos de acuerdo en algo esencial: amar es importante. Y, sin embargo, en medio de esa aparente unanimidad, hay una pregunta que rara vez nos detenemos a formular: ¿De qué amor estamos hablando exactamente? Porque no todo lo que emociona es amor, y no todo lo que late está vivo.

Hay maneras de querer que parecen intensas, pero no sostienen; que deslumbran, pero no transforman. Tal vez por eso convenga detenernos y reflexionar sobre esa «raya» invisible que atraviesa nuestra manera de amar. No es una línea moralista ni un límite impuesto desde fuera; es más bien una frontera interior, una invitación a discernir desde dónde estamos queriendo y hacia dónde nos dirigimos.

Dios nos creó con libertad. Y esa libertad incluye la posibilidad de amar de manera superficial o de amar en profundidad. Podemos quedarnos en la emoción inmediata o podemos avanzar hacia una decisión que compromete la vida entera. En ese sentido, la «raya» no nos prohíbe nada; nos llama a crecer. Nos sitúa ante la responsabilidad de elegir qué tipo de amor queremos encarnar.

Cuatro «metas» equivocadas

Hay cuatro formas contemporáneas de amor que, a mi manera de entender, podrían empezar por «meta», pero que no necesariamente van «más allá» de nada («meta» suele significar ‘más allá’). Son caricaturas culturales que, sin darnos cuenta, hemos adoptado.

  1. Amor metálico: cuando amar es calcular

Una de las formas más sutiles (y más extendidas) de empobrecer el amor es convertirlo en intercambio. Sin decirlo explícitamente, empezamos a medir. Medimos cuánto damos, cuánto recibimos, cuánto nos compensa seguir implicados. Es un amor que, aunque se disfrace de generosidad, funciona como una inversión: mientras haya beneficios, continuamos; cuando dejan de existir, lo reconsideramos.

Este modo de amar es profundamente inseguro. Necesita garantías, confirmaciones constantes, señales visibles de que no se está perdiendo el tiempo. Por eso, a veces, confundimos el afecto con los regalos, la cercanía con los detalles materiales, el cuidado con la posesión. Incluso los niños pueden interiorizar esta lógica y pensar que los quieren más cuando reciben más. Sin embargo, esa asociación es frágil y peligrosa, porque convierte el amor en algo simplemente cuantificable.

Frente a esta dinámica, el Evangelio propone una escena desconcertante: Jesús arrodillado, lavando los pies de sus discípulos. No ignora lo que va a ocurrir. Sabe que uno lo traicionará, que otro lo negará y que los demás lo abandonarán en el momento crítico. Y, aun así, se inclina ante ellos y realiza un gesto de servicio humilde y silencioso. No hay cálculo, no hay compensación futura, no hay estrategia de beneficio. Es el «metainterés»: ‘amar cuando no «ganas» nada material’.

Ahí el amor cruza «la raya de la ganancia». Ya no pregunta qué obtendrá a cambio, sino qué necesita el otro en ese instante. Y, cuando uno contempla esa escena con calma, entiende que el amor auténtico no se mide por el reintegro, sino por la disposición a entregarse incluso cuando no hay garantía de reciprocidad.

  1. Amor metabólico: cuando amar depende del estado de ánimo

Otra forma frecuente de reducir el amor consiste en identificarlo exclusivamente con la emoción. Si siento algo intenso, digo que amo. Si esa intensidad disminuye, concluyo que el amor se ha apagado o muerto. De este modo, el vínculo queda subordinado a la fluctuación del ánimo, a la química del momento, a la satisfacción personal.

Es comprensible que asociemos amor y felicidad. Nos gusta pensar que amar es experimentar bienestar, plenitud, incluso euforia. Pero si solo amamos cuando estamos bien, el amor se vuelve inestable. Basta una crisis, un conflicto o un periodo de tristeza para que dudemos de todo.

En Getsemaní encontramos una imagen que desmonta esa simplificación. Jesús no está sereno ni triunfante. Está profundamente angustiado, atravesado por el miedo y la tristeza. No oculta su dolor ni lo disfraza de espiritualidad forzada. Sin embargo, en medio de esa tormenta interior, decide permanecer fiel. No huye, no se deja arrastrar por la pulsión de escapar. Es la «metapulsión»: sentir sin ser dominados por el sentir.

Lo que vemos ahí es un amor que siente plenamente, pero que no se deja gobernar exclusivamente por el sentimiento. Amar no significa anestesiarse ni reprimir las emociones; significa integrar lo que sentimos dentro de una decisión más profunda. Y esa decisión se sostiene incluso cuando la emoción no acompaña.

De este modo, el amor cruza «la raya del impulso». Se convierte en fidelidad consciente, no en simple reacción afectiva. Y, precisamente por eso, adquiere una consistencia que la mera emoción no puede ofrecer.

  1. Amor metafórico: Cuando se idealiza y luego se sufre decepción

Hay, además, una forma de amar que se alimenta de la fantasía o de la ñoñez. Es el amor que proyecta sobre el otro un ideal perfecto y, mientras ese ideal se mantiene intacto, todo parece maravilloso. Sin embargo, la realidad siempre termina mostrando límites, contradicciones y fragilidades. Entonces, lo que parecía eterno se tambalea.

Este amor idealizado suele ser dramático, intenso, cargado de promesas grandiosas. Vive de las palabras solemnes y de los gestos espectaculares. Pero, cuando la persona real no encaja con la imagen soñada, surge la frustración. Y, en ocasiones, la decepción es tan grande que se confunde con el fin del amor.

Después de la negación de Pedro, Jesús no organiza una escena conmovedora ni un discurso recriminatorio. No dramatiza. No humilla. Simplemente, formula una pregunta directa: «¿Me amas?». Con esa sobriedad, devuelve la relación al terreno de la verdad. No se trata de declaraciones rimbombantes, sino de una decisión concreta de cuidado y compromiso. Es «metaperformativo»: ama sin teatro, ni dramas.

En ese gesto hay una enseñanza profunda. Amar a alguien real implica aceptar que no es perfecto, que puede fallar, que puede decepcionarnos. Sin embargo, el amor maduro no se rompe automáticamente ante la imperfección; aprende a atravesarla. Así, el amor cruza «la raya de la idealización» y se instala en la fidelidad cotidiana, menos brillante, pero mucho más sólida.

  1. Amor metaverso: el amar que va más allá de la pantalla

Vivimos en una época de conexiones constantes. Podemos comunicarnos en cualquier momento y desde cualquier lugar. Sin embargo, esta facilidad también encierra un riesgo: confundir interacción con relación, imagen con presencia, mensaje con encuentro.

Es posible dar la impresión de cercanía sin estar realmente disponibles. Es posible mostrar solo la versión editada de uno mismo y mantener el control de la imagen. De este modo, el vínculo se convierte en algo cómodo y manejable, pero también mucho más superficial.

El cristianismo, en cambio, insiste en la encarnación. El Resucitado no se conforma con que sus discípulos crean en una idea o en un relato. Jesús se deja tocar, se deja ver, comparte comida. El amor que nace de esa experiencia no es abstracto ni virtual; es corporal, concreto, cercano. Es «metapantalla»: amor que necesita personas.

Cuando el amor se atreve a salir de la pantalla y a hacerse presencia real, cruza «la raya de la simulación». Implica tiempo, exposición, vulnerabilidad. Implica aceptar que el otro no siempre reaccionará como esperamos y que la relación no puede editarse como una foto. Pero, precisamente, en esa fragilidad se encuentra la posibilidad de una comunión auténtica.

Jesús versus Valentín

Valentín (convertido en icono cultural) representa el amor romántico, intenso, idealizado y comercializable. Jesús, sin embargo, representa el amor que sirve, sufre, perdona y permanece.

Si miramos en conjunto estas cuatro reducciones de Valentín (el cálculo, el impulso, la idealización y la simulación) descubrimos un denominador común: todas colocan el «yo» en el centro. El amor gira en torno a lo que me conviene, a lo que siento, a lo que imagino, a lo que proyecto. A mí.

El amor que Jesús encarna desplaza el eje. Sin negar la propia identidad ni la propia dignidad, sitúa al otro en el centro de la decisión. No se trata de anularse, sino de abrir espacio. No se trata de perderse, sino de entregarse libremente.

Por eso, cuando hablamos de «pasarse de la raya», no estamos invitando al exceso desordenado, sino a la altura auténtica. Se trata de ir más allá de lo que resulta cómodo, de lo que brilla, de lo que es fácilmente celebrable. Se trata de optar por un amor que sirve, que permanece, que se encarna.

Un llamado a nuestras comunidades

En un contexto donde el amor se trivializa o se mercantiliza con facilidad, la iglesia tiene la oportunidad de ofrecer un testimonio distinto. No desde la condena cultural ni desde la nostalgia, sino desde la coherencia. Necesitamos comunidades donde el amor no sea solo discurso, sino práctica visible: servicio concreto, acompañamiento fiel, reconciliación sincera y presencia real.

También en las familias esta reflexión es urgente. Los niños aprenden qué es el amor no tanto por lo que se les explica, sino por lo que ven. Si observan un amor que compra para compensar ausencias, asociarán afecto y consumo. Si ven un amor que huye ante el conflicto, aprenderán que la dificultad es sinónimo de fracaso. Pero si experimentan un amor que permanece, que pide perdón y que abraza, estarán recibiendo una lección que ninguna campaña publicitaria puede igualar.

Cruzar la línea

Al final, la pregunta no es qué hace la cultura con el amor, sino qué hacemos nosotros. Cada día, en gestos pequeños y decisiones discretas, elegimos desde dónde queremos amar. Podemos quedarnos en la superficie o atrevernos a elevarnos. Podemos buscar la emoción inmediata o comprometernos con la fidelidad silenciosa.

La raya está ahí, no como amenaza, sino como invitación a cruzarla, a crecer. Cruzarla significa aceptar que el amor verdadero no siempre es espectacular, pero sí transformador. Significa entender que amar es, en última instancia, un acto libre y sostenido.

Y cuando uno contempla la vida de Jesús, descubre que ese amor que se arrodilla, que atraviesa el miedo, que pregunta sin teatralidad y que se hace presente con el cuerpo entero, es el único que realmente merece celebrarse. No solo un día al año, sino cada jornada en la que decidimos, una vez más, pasar de la comodidad a la entrega.

El amor de Cristo, ¡menudo pasote! ¿Cruzamos la raya?

Autor: Víctor Armenteros, decano de la Facultad Adventista de Teología (FAT) de España.
Imagen: Generada con IA

 

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Revista Adventista de España
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