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Este poema nace como un homenaje profundo y agradecido a nuestros mayores, esos guardianes silenciosos cuya vida refleja la memoria, la fe y la esperanza que sostienen a las generaciones. En sus miradas habita la experiencia acumulada, en sus pasos la sabiduría del tiempo, y en su fe la fuerza que ilumina el camino de quienes venimos detrás.

«Guardianes del Tiempo» es una invitación a reconocer su legado, a honrar su testimonio, y a dejarnos inspirar por la serenidad y la luz que brotan de su encuentro fiel con Dios.

Nuestros mayores llevan en la mirada
el brillo antiguo de mil amaneceres,
y en sus manos, caminos
que el tiempo dibujó sin prisa.

Son faros silenciosos
en medio del ruido del mundo,
memoria viva de lo que fuimos
y semilla de lo que podemos ser.

Sus pasos, quizá más lentos,
marcan ritmos de sabiduría;
cada arruga es un relato,
cada gesto, una enseñanza.

Personas mayores,
guardianes del tiempo:
que nunca falte en nosotros
la gratitud por su historia,
ni en ellos la certeza
de que aún son luz y vida.

Más allá de lo visible
habita en ellos una llama serena:
un fulgor antiguo
que no pertenece solo a esta vida,
sino a la Esperanza que han vivido
y siguen viviendo hasta la Venida.

Cuando hablan,
sus palabras se alzan
como plegarias que flotan en el viento,
silenciosas pero llenas de luz;
cuando callan,
su silencio abraza el aire
y suspende al mundo en un instante de paz.

Conocen la sombra
y han elegido la luz;
saben de pérdidas
y de amaneceres que curan;
han aprendido que lo eterno
no es lo que dura,
sino lo que deja huellas en la vida.

A su lado,
el tiempo se vuelve duro,
casi eterno,
como si cada segundo
recordara su origen divino.

Muchos de ellos creen,
y su fe es un refugio que no se quiebra:
caminan guiados por la esperanza
que Cristo Jesús sembró en su corazón.

Han visto la bondad de Dios en sus días,
han sentido su mano en momentos duros,
y por eso su mirada brilla
con la luz de lo eterno.

Confían en las promesas del Señor,
reposan en su Palabra,
y saben que cada paso,
lento o firme,
los acerca a la Mansión preparada para ellos.

Por eso su serenidad inspira,
su paciencia enseña,
y su vida entera
es testimonio silencioso
del amor de Cristo.

Guardianes del tiempo
y también de la fe:
que su esperanza en Jesús
nos anime a caminar con valentía,
y que su luz, sostenida por el Evangelio,
siga guiando nuestro sendero
hacia el Dios que hace nuevas
todas las cosas.

Y ellos seguirán confiando…
en el Guardián Supremo del Tiempo.

Autor: Francisco Chia (Aprendiz de poeta) 
Imagen: Unsplash

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Revista Adventista de España
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