Actualidad Adventista

Todo por la familia. Fallece Andreu Ibàñez Torrents en Lérida

Andreu Ibàñez Torrent fue un hombre de Dios que amaba a su familia y a su iglesia. Un estudioso de la Biblia que ha llevado esperanza a los presos durante casi 30 años.

Andreu Ibàñez Torrent fue un hombre de Dios que amaba a su familia y a su iglesia. Un estudioso de la Biblia que ha llevado esperanza a los presos durante casi 30 años.
  1. El 13 de octubre de 2020 fallecía en Lérida Andreu Ibàñez Torrent. Andreu siempre fue un estudioso de la Biblia, que buscó una iglesia que guardara el verdadero día de descanso. Y la encontró, en 1991, en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, gracias a una reunión sobre salud en casa del naturista Joan Amigó . Desde entonces fue un ejemplo de amor cristiano para los hermanos. La iglesia fue siempre su segunda familia y fue como un segundo padre para algunos jóvenes de Lérida, como nos cuenta David Gracia. En ellos volcó todo su cariño y sabiduría bíblica. Les dio un ejemplo de lealtad a Dios y les enseñó todo lo que sabía sobre montañismo, amor cristiano y trabajo por los demás.

Andreu trabajó incansablemente, durante casi 30 años, por los presos de la cárcel de Ponet (Lérida). Él les ha brindado paz, esperanza y consuelo tras las rejas. Ha tocado muchísimas vidas. Las de la iglesia y las de los presos y sus familias. Jean Paul Archambeau, quien le introdujo en el ministerio en las cárceles, nos dice que Andreu era infatigable: “Visitaba la cárcel de Ponet dos y hasta tres veces por semana. Todos los miércoles y sábados, así como algunos domingos. Les visitaba, incluso, cuando ya estaba en silla de ruedas”.

Realmente ha sido un hombre de Dios, que ahora descansa en paz hasta que Cristo vuelva. Su hijo Andreu ha tenido a bien enviarnos unas líneas, a través del pastor Israel Guntín, que publicamos a continuación con todo cariño.

Todo por la familia
Andreu Ibàñez Torrents
1938-2020

Estimado lector, Soy Andreu Ibàñez Perales, hijo de Andreu Ibàñez Torrents, y padre de Andreu Ibàñez Sert, tercero de la saga como podéis imaginar. En el año 1996 mi mujer estaba embarazada de 8 meses de nuestro segundo hijo después de Anna, cuando mi padre tuvo un fallo cardíaco y estuvo ingresado en la UCI unos días. Durante una visita familiar en que todos le mirábamos compungidos desde el cristal murmulló estas palabras con voz muy apagada:
– Andreu
– ¿Qué?, le contesté yo.
– ¿A que vais a llamar al niño Andreu ?

Se refería a mi segundo hijo, próximo a nacer, del cual habría oído comentar que queríamos llamarlo de otra manera. Ante la situación finalista no pudimos de otra manera que llamarle Andreu Ibàñez, el tercero de la saga. Mi padre vivió afortunadamente 24 años más, superando aquel momento. Ahora, tristemente, nos ha dejado a todos, familia, amigos y a esa gran comunidad de la Iglesia Adventista en Lérida por la que el ha profesado amor durante muchos años.

Mi padre fué una persona peculiar, y cuando a mi me lo dicen también, yo digo que soy fruto de mi padre, y aunque mi madre me trajo al mundo y ayudó en todo, fué mi padre quien me forjó con mano dura, a mi y mis hermanos, en los múltiples caminos, a veces dolorosos, a veces felices, en los que fuimos pasando la existencia finita que todos hemos de cumplir.

De Catalunya a Madrid

Sus orígenes fueron humildes, y con esa humildad y un padre trabajador de la construcción, en edad muy joven tuvo que desplazarse de su natal Sant Just Desvern, cerca de Barcelona ciudad, a ni más ni menos que Madrid, sitio en el cual se desarrollaba una gran actividad de crecimiento urbanístico.

Allí mi abuelo, al cual no tuve la oportunidad de conocer (ni al materno tampoco, solo tuve abuelas), fué contratado junto a una cuadrilla muy hábil en algunas técnicas de construcción, para levantar una iglesia que, en aquel tiempo era muy moderna y que después se convirtió en icónica, y es la llamada La Basílica, aunque su verdadero nombre es Basílica Hispanoamericana Nuestra Señora de la Merced, de la orden de los padres Mercedarios.

Fué esta una obra muy atrevida para su época, cómo podrán ver en todo su esplendor si tienen la ocasión de pasar por su ubicación en la calle Edgar Neville 23, o si no simplemente usando Google Maps y Street View para poder verla también. Toda ella estaba hecha de hormigón a cara viva, pero con unas virguerías constructivas que requirieron de una pericia especial, que era la que traía mi abuelo, mi padre y su cuadrilla formada en la escuela catalana de construcción, que ha dado a genios cómo Gaudí.

Formando una familia

Y cuenta la leyenda que ahí, subido en los andamios exteriores de la Basílica, desplazado de su natal Cataluña con todo lo que eso comporta, fuimos llamados a venir a este mundo. Y es que mi madre pasaba a menudo para ir a su casa por debajo de esos andamios, y sigue contando la leyenda que mi padre le lanzaba muchos piropos desde las alturas, y el amor nació, el matrimonio después y muy pronto, un servidor de vds, el primogénito.

Era la época del Baby Boom, 1965, y como me explicaba mi padre si hubiera querido se podría cambiar de trabajo cada día vendiéndose al mejor postor, y es que Madrid estaba creciendo a toda la velocidad y las grúas salían cómo hongos creando remotas ciudades dormitorio entonces, que ahora han sido ya absorbidas por la capital.

Paco, el segundo hijo, llegó en menos de un año de nacer yo. Hay 3 días en el año que tenemos la misma edad. Paquita tardó 3 años (un poquito de respiro para mi madre), Neus 3 años después y Nuria 3 más. 5 hijas e hijos frutos de un momento determinado en el cual la compra de bienes a plazos y el trabajo abundante facilitaba ese Baby Boom.

Pero el trabajo no siempre iba a ser tan perfecto y desde nuestro pueblo natal, que no era ni más ni menos que Barajas pueblo, no el aeropuerto, nos desplazamos a la ciudad de Madrid y vivimos en diferentes barrios, mientras mi padre tenía que desplazarse, cómo la mayoría de ciudadanos, cada vez más lejos para trabajar, entre Pinto y Valdemoro que dicen los locales con mucho atino.

Comienzan los traslados

Mi padre siempre estaba dispuesto a sacar a su prole adelante con todos los esfuerzos necesarios, y mi madre dándole todo el apoyo detrás y en contadas ocasiones mis dos abuelas, así que en un momento delicado de la situación laboral tuvo que decidir irnos fuera de la ciudad, en este caso a la preciosa zona del Valle del Lozoya, paraíso natural que todavía a estas alturas persiste a menos de una hora de Madrid. A un pueblo muy rural entonces y un poquito menos ahora, solo un poquito afortunadamente, cuyo nombre es Rascafría.

Así encaramos de nuevo la llegada del camión de la mudanza, con todo el esfuerzo mental, económico, personal y de toda índole que representaba para la familia. Y me he saltado capítulos, pero creo que este salto era ya la quinta mudanza en 10 años de vida…

La vida en Rascafría era diferente, muy de pueblo, comida sana, aire mejor, y escuela aún hoy rotulada cómo de niños y niñas en el colegio franquista de entonces.

Mi padre seguía trabajando y esforzándose las horas de una forma incontable, y aún estando más cerca y no desplazarse, muchas estaba fuera de casa para llevar comida a las 7 bocas que allí vivían y reclamaban alimento y otras necesidades.

Y de nuevo se rompió la baraja laboral, y esta vez en un salto mortal casi sin red, mi padre decidió que una noche cerca de navidad, dejábamos Madrid para volvernos a su Cataluña natal, en este caso a la central, al pueblo de Sant Fruitós de Bages, cercano a Manresa y con unas espectaculares vistas a la montaña de Montserrat.

De vuelta a Catalunya

Ese cambió marcó una época, ya que de repente todos nos encontramos desplazados a un sitio nuevo, donde hablaban un idioma diferente, el catalán, y en mitad de un curso además, enfrentándonos a nuevos amigos, nuevas situaciones, nueva casa, lejos de nuestro relativamente normal entorno en Madrid. Todo un examen brusco para la familia, y más siempre para mi padre, que marcaba el ritmo a la familia con cambios que nunca acababan pero siempre en busca del trabajo que trajese pan a casa.

Y de nuevo, y aún no he acabado, la sequía laboral nos obligó a dar un salto que parecía ser el definitivo, y después de breves años en el corazón de Cataluña, el camión de la mudanza volvió a llamar a la puerta para dejar nuestros bártulos cansados de tantos kilómetros en Lleida.

El trabajo aquí fué estable y todo el mundo vivió y creció unos años tranquilos, aunque mi padre tuvo de nuevo que irse lejos, y fuera de casa, a veces toda la semana y durante años… pero la familia se instaló en Lleida, y el iba y venía de lunes a viernes, a Tarragona, al Pirineo, allá donde fuese que el trabajo le reclamase y pudiese seguir alimentando a los suyos. Mientras los hijos se iban haciendo mayores, llegaban a sus estudios superiores, arraigándose en la ciudad.

De Catalunya a Alicante

Pero aún deberíamos asistir a un último salto que marcó a fuego lento un antes y un después, y es que ante una nueva falta de trabajo y una oportunidad presentada muy de lejos, mi padre decidió llevarse toda la familia, y los cansados bártulos, a Alicante. Eso quebró a todo el mundo, y aunque Alicante era un sitio de magnífico clima y teníamos una bonita vivienda, quedamos todos descolocados, y mi pobre padre más, cuando aconteció que el supuesto trabajo no era tal. De repente se encontró con la familia triste, desplazada y sin trabajo.

Unos meses malos machacaron a todo el mundo, pero sobretodo a mis padres, nosotros seguro lo vivimos diferente.

Mi padre cedió al alcohol, y mi madre tuvo que darnos de comer de la beneficencia. En es momento fuí yo con mis recién cumplidos 18 años, quien tomé las riendas y decidí cambiar el rumbo de la situación. Recuerdo cumplir los años llorando media noche solo encima de una pasarela de la autopista que une Valencia-Alicante y que pasaba a 100 metros de donde vivíamos. Esa noche decidí volver a Lleida, sacando el dinero para el viaje de no se donde. Y no era para esconderme e irme, sino para intentar buscar una solución a una situación muy mala.

El regreso a Lleida

Y este texto no va de mí, sino de mi padre, y si soy cómo soy es por él. Y me fuí a Lleida, y hablé con amigos, entre ellos el venerado, y que en paz descanse, Pare Pere de la Parroquia de Santa Teresita, donde mi padre me colocó nada más llegar a Lleida, queriendo que no dedicase mi ocio a estar en la calle si no a ayudar a las personas.

Allí con trece años me había metido en la Fraternidad de Minusválidos, Frater para los amigos. Una comunidad de personas donde aprendí a querer para siempre la diversidad sin fijarme en la apariencia, conviviendo muy íntimamente con gente con disminuciones físicas y otras y que que a fecha de hoy siguen siendo mis grandes amigos, haya pasado el tiempo que haya pasado y los derroteros de cada uno.

Y con un poco de dinero que me prestó sin pestañear el Pare Pere, me fuí a mirar nuestro antiguo piso, recuperándolo cómo lo dejamos ya que había estado vacío durante los seis meses que habíamos estado en Alicante, y contratar una mudanza que nos devolvería a la fuerza a todos a Lleida. Y seguramente quien guía los pasos desde arriba alineó las estrellas y junto al espíritu de lucha de mi padre, el soporte eterno de mamá y la aportación de todos mis hermanos, mi padre encontró trabajo y pudimos ya por fin, “sentar la cabeza” después de 6 cortos pero horribles seis meses desplazados lejos y a la fuerza.

Mi padre, un luchador

He explicado esta historia para dejar presente que mi padre fué un luchador de primer orden toda su vida, de lucha por llevar adelante a su numerosa familia, que lo dejó todo hasta que su cuerpo falló, joven en la cincuentena, y su corazón empezó a ser irregular, jubilándose temprano y pasando a la vida en que sus amigos de la Iglesia Adventista y otros, le han conocido. Una vida dedicada a los demás, en la iglesia adventista de Lleida, o en esas inacabales tardes en la prisión ayudando a los presos, durante 30 años, a redigirir su vida con su inmenso conocimiento de la Biblia y su constante actitud de aprender, la cual estoy seguro haber heredado de él y la forja que particularmente sobre mi ejerció siempre.

Y si estuviera escribiendo esto sobre papel diría que acabo porque las lágrimas lo van a ensuciar, pero no es cierto, estoy tecleando en un ordenador. Lo que si es verdad es que la vista se me nubla y ya apenas leo lo que escribo. Así que, para acabar, recuerdo las últimas palabras que me dijo mi padre en su cama de casa. No lo llegaría a ver consciente del todo nunca más. Me dijo algo que ya sabía: que no nos preocupásemos, que el pasaba a mejor vida y estaba tranquilo y preparado, y que cuidásemos a mi madre, Paquita, su mujer y soporte durante 56 años.

Querido papá: que tu esperada vida, en donde el Señor te haya acogido, te sea infinitamente bella. Descansa en paz.

Autor: Andreu Ibàñez Perales. 26 de octubre del 2020 (un año pandémico y triste para todos).
Imagen de Andreu con su familia.