Actualidad Adventista

Necrológica de Álvaro Martín Díaz (1925-2020)

Podría decirse, en definitiva, que Álvaro afrontó el viaje de su vida haciendo suya la propuesta de Jesús de luchar contra los desgarros provocados por el mal (Mateo 10:8)

Podría decirse, en definitiva, que Álvaro afrontó el viaje de su vida haciendo suya la propuesta de Jesús de luchar contra los desgarros provocados por el mal (Mateo 10:8)

Nace el 6 de marzo de 1925, en Miguelturra (Ciudad Real). Pero lo más significativo es que lo hace en una estación ferroviaria, hecho que imprime un carácter indudablemente viajero a su vida, y alimenta en él una marcada voluntad de no acomodación al entorno tradicional de la época. De hecho, recorre una trayectoria vital muy distinta a la asumida por la mayoría de sus contemporáneos.

Álvaro, el penúltimo de seis hermanos, inicia sus primeros estudios en la escuela del pueblo. Un colegio, llamado popularmente, «de los once negros”. Su infancia discurre tranquila, en familia, donde alterna el aprendizaje de contenidos curriculares con sencillos juegos infantiles (contar botones, jugar a una pelota hecha con trapos y cuerdas…), o la participación en fiestas populares (el entierro de la sardina, durante los carnavales).

Guerra civil 

Su escolarización se ve truncada, sin embargo, por el estallido de la guerra civil (1936-1939).

Ya no puede recorrer a pie –por las vías del tren-  los 5 kilómetros, que separan Miguelturra de Ciudad Real, para seguir sus clases de Educación Secundaria, junto a su hermano Evaristo. Con las manos metidas en los bolsillos, calentándose gracias a las pequeñas piedras que su madre pone al fuego, envolviéndolas, después, con papel de periódico, para seguir emitiendo su calor al ser desprendidas las hojas más exteriores de esos diarios, que ejercen como envoltorio.

Su mundo tosco, pero pacífico, se desvanece. Y ese cambio queda reflejado en lo que dibuja donde, por primera vez, aparecen soldados y armas.

La contienda –providencialmente- no le deja huérfano, pero conlleva represalias políticas severas en forma de “destierro”. Su padre es destinado, como Jefe de Estación, a un solitario apeadero situado en Valduerna (Cáceres).

Postguerra y traslado a Madrid

Más tarde, comienza una dura postguerra a la que debe añadirse el aislamiento social y cultural del nuevo destino. Allí no hay instituto. Tan sólo una nada, vacía e infinita. Pero la vida siempre compensa. Conoce a su mejor amigo (Antonio, el hijo del capataz), construyendo una complicidad adolescente que resulta inquebrantable.

Para ayudar en la economía familiar  trabaja como peón en el mantenimiento de vías férreas hasta que, a los 18 años, aprueba una oposición como factor de circulación para trabajar en ‘RENFE’, lo que le permite trasladarse a Madrid y empezar a labrarse un futuro, lejos del hogar familiar.

La feroz postguerra activa muchas de sus inquietudes espirituales a las que el catolicismo reinante no acababa de dar respuesta. Un día, por azar, entra en el local de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, situado en la calle Alenza, nº 6. Allí encuentra la orientación que buscaba, en los estudios bíblicos que cursa con D. Isidro Aguilar Domingo.

Conversión, estudios de teología, primeros años en la obra y matrimonio

Fruto de esa conversión, acepta ser bautizado y estudia teología, en aquel seminario madrileño de entonces, coincidiendo con profesoras como Purificación Bellido o alumnas como Helena Gascón. Más adelante completa su formación durante dos años, en la Facultad Adventista de Teología de Collonges-sous-Salève, Francia.

Cuando termina estos estudios, abandona ‘RENFE’ (para profundo disgusto de su familia que califica la decisión como “locura”, por dejar un puesto de trabajo seguro y unirse a una supuesta “secta”). Empieza a trabajar como contable en la Unión Adventista Española, llegando a ser ‘secretario-tesorero’ durante la presidencia de Ángel Codejón Velayos (años 1960-1968), coordinando un equipo formado por Jacinto Sabaté y Manuel Ripoll.

Gracias al pastor Antonio Bueno (encargado de la llamada ‘iglesia del hogar’, que atendía a los distintos grupos de creyentes esparcidos por el territorio nacional), conoce a Angelines (Lucía-Ángeles Menjón Jarauta), con quien inicia una relación epistolar que culmina en boda en enero de 1961, en la antigua iglesia de Torrero, Zaragoza.

Todo lo que merece la pena es complicado y este matrimonio no puede ser una excepción: la unión casi no llega a celebrarse debido a una desmesurada crecida del Ebro, que provoca graves inundaciones, dificultando mucho la asistencia de novios e invitados al evento.

De ese amor mutuo y de ese compromiso incondicional (“Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios…”- le escribe ella-), nacen sus hijos J. Álvaro y Raquel.

Misioneros en Madagascar

En 1968 la rueda gira de nuevo. Recibe un llamamiento para trabajar como misionero en Madagascar.

Tras 23 días en barco llega a la isla acompañado por su esposa, un niño de 6 años y una niña de 8 meses, haciéndose cargo de la tesorería y la atención pastoral de una iglesia localizada en la población de Andramasina (años 1968-1972).

Con un simple ‘Renault 16’, acude cada sábado por embarradas pistas de tierra roja, a esa pequeña congregación situada al norte de la capital (llamada, entonces, Tananarive). El coche patina, los viajes son azarosos…, pero está descubriendo –junto a su esposa- otra cultura, cuyas concepciones sobre la fertilidad, vida después de la muerte, etc…no dejan de sorprenderles.

Como administrador observa injusticias, pero lucha contra ellas. Iguala el salario base de misioneros y nativos, para adaptarlos al nivel de vida vigente en la época. Hecho por el que se se gana el cariño y el respeto de los obreros malgaches.

Sin embargo, son tiempos convulsos: la isla experimenta un proceso revolucionario que entregará el poder a partidos de corte marxista, muy críticos con la colonización francesa. Ningún extranjero es bienvenido (aunque sea manchego…) y toca hacer las maletas.

Regreso a España. Catalunya y Comunidad Valenciana

Cuando regresa a España es destinado, como pastor, a dos iglesias del cinturón industrial que envuelve Barcelona: Sabadell y Terrassa. Es un cambio muy brusco. Ya no le rodea una naturaleza salvaje. Sabadell se caracteriza por ser una ciudad gris e industrializada. Los telares que no cesan, la inmigración procedente –en su mayoría- de Andalucía, la muerte del dictador, el inicio de la Transición…son acontecimientos que marcan ese período (1972-1977). El Concilio Vaticano II permite cierta apertura, pero un documento de autorización administrativa preside obligatoriamente la entrada de cada capilla adventista….

A pesar de las dificultades, la comunidad de creyentes en la citada Sabadell se constituye como una gran familia girando alrededor de los Rodríguez, los Bernal, los Agustí, los Planells, etc. En Terrassa, la hermana Micaela Morales, la familia Costa, etc. Se adquiere otro local de iglesia en propiedad para ambas localidades. La sociedad está cambiando, pero el adventismo es vivido con una igualdad muy inclusiva.

Más tarde, su tarea pastoral se desarrolla en la Comunidad Valenciana (iglesias de Alcoi, Elx, Alacant, de 1977 a 1982). La Constitución del 78 da la bienvenida a la democracia, y el país se pone del revés.

La iglesia de Alcoi experimenta una renovación, tras la jubilación del hermano Carbonell, orbitando alrededor de los Aniorte, Sánchez, Chinarro y tantos otros…

Alicante es un hervidero de jóvenes universitarios vinculados por su inquietud intelectual (Emili Boix, Alfonso Baeza, Raimundo Montero, José-Antonio Martínez, entre otros), reunidos gracias al trabajo del hermano Álvarez, colportor de avanzada.

La iglesia crece y se adquiere un local en propiedad como templo (ahí resultan decisivos los Aracil, Bruñá, Plano…)

Elx es una explosión de juventud en torno a los Quiles, Sánchez, Gómez, Arronis…

Sevilla, Puerto de Santa María y de vuelta a Extremadura. 

La rueda sigue girando, y llega una nueva etapa en Sevilla, junto con Puerto de Santamaría (Cádiz). Son los años de Felipe González como presidente del gobierno. Su lema: ‘Por el cambio’. Dentro de la iglesia, otra  generación (los Vázquez, Mari Carmen Ruiz, Baldomero y Ani, Raquel, Mónica, Javier, Yolanda Torralba, y un largo etc.) constituye la nueva gente que enfrenta, con esperanza, los distintos retos planteados por el oficio de vivir.

Puerto de Santamaría integra a jóvenes parejas con el desbocado humor de Monís, acompañados por Teresa y sus hijos, Miguel o Paco, estableciendo otro gran núcleo de aceptación y cariño.

Finalmente, otro giro de la vida le devuelve a Extremadura, que había sido su punto de partida. Badajoz (1988-1992) plantea el desafío de atender a una iglesia surgida de una campaña evangelística que empieza a sufrir abandonos… Las bajas se acumulan, pero la recuperación es posible… En ese empeño participa, codo con codo, la familia Rivera, tan querida, tan recordada…

Jubilación y compromiso con ADRA-Alicante

Y la lucha no cesa: una vez jubilado, su compromiso con ADRA-Alicante resulta decisivo intentando que nadie se quede atrás (banco de alimentos, estrecha colaboración con Cruz Roja,….).

Podría decirse, en definitiva, que Álvaro afrontó el viaje de su vida, haciendo suya la propuesta de Jesús consistente en luchar contra todo desgarro provocado por el mal (Mateo 10:8), entendiendo las responsabilidades como fuente de servicio solidario (Mateo 20: 26), confiando en el amor como potencia siempre más fuerte que la muerte (Lucas 7: 11-15), y dejando que la esperanza le llenara de alegría y paz (Romanos 15:13).

Vivió –como sus restantes compañeros pastores, pertenecientes a la misma generación- con una coherencia insobornable, plagada de apertura al prójimo, en un constante empeño por conseguir que la soledad, la incomunicación, la enfermedad, la injusticia o el punzante dolor, no tuviesen la última palabra. Recordarle sólo puede tener sentido si hacemos nuestra esta irrenunciable e imprescindible convicción.

Autores: Raquel y J. Álvaro Martín.