29 Oct 2026 · Joe Saavedra
El miércoles 28 de octubre, a las 8:54 de la mañana, un AVE de Renfe que hacía el trayecto Madrid–Sevilla alcanzó por detrás a un tren de Iryo que permanecía detenido en la misma vía, a la altura de Urda (Toledo). En los dos convoyes viajaban más de 540 personas. Muchas iban a trabajar, a visitar a su familia o a empezar unos días de descanso. Según el último balance ofrecido por el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, han muerto 68 personas y un centenar han sido atendidas en hospitales. Las cifras han ido cambiando con las horas y las causas siguen bajo investigación. Hoy, muchas personas sienten miedo a subir al tren.
Detrás de cada número hay un nombre, una familia y una silla que se quedará vacía. Por eso, antes de hablar de nuestros propios miedos, conviene detenerse y hacer lo que pide el apóstol Pablo: llorar con los que lloran (Romanos 12:15). Orar por quienes han perdido a un ser querido, por los heridos y por los equipos que trabajaron en el rescate es la primera respuesta de una fe que no mira hacia otro lado.
Pero la tragedia también ha dejado una herida más silenciosa en millones de personas que no estaban allí. Apenas nueve meses después del accidente de Adamuz (Córdoba), muchos se preguntan en voz baja si es seguro volver a subirse a un tren. Estos días hay quien cancela un billete, quien se sienta en el último vagón «por si acaso» o quien, simplemente, nota un nudo en el estómago al oír el aviso de salida. Este artículo quiere acompañar ese miedo desde dos lugares que no se contradicen: lo que sabemos sobre cómo funciona la mente y lo que la Palabra de Dios dice a quien tiene miedo.
SENTIR MIEDO A SUBIR AL TREN NO ES FALTA DE FE
Lo primero que conviene decir es que sentir miedo estos días es completamente normal. Dios nos creó con un sistema de alarma que nos protege del peligro, y una noticia de este calibre lo activa aunque no hayamos estado en ese tren. El cerebro aprende de lo que ve, y lo que hemos visto son vagones volcados, familias esperando noticias y directos que duraron horas. Cuanto más fácil nos resulta recordar una imagen, más probable nos parece que se repita, aunque los datos digan otra cosa.
A eso se suman otros factores. Dos accidentes graves en menos de un año rompen la idea de que «esto no pasa». Un tren de primera hora hacia Sevilla es un viaje que cualquiera ha hecho, y el pensamiento «podía haber sido yo» pesa mucho. Además, en el tren no conducimos ni vemos la vía: ponemos nuestra seguridad en manos de otros, y esa falta de control hace que el miedo se sienta más intenso.
En algunos creyentes aparece, además, una carga extra: la culpa. «¿Si tuviera más fe, no tendría miedo?». La Biblia responde con una sinceridad que consuela. Elías, después de ver el poder de Dios en el monte Carmelo, huyó al desierto aterrado. David escribió muchos de sus salmos desde la angustia. Y el propio Jesús, en Getsemaní, confesó a sus discípulos: «Es tal la angustia que me invade que me siento morir» (Mateo 26:38). El miedo no es pecado ni señal de una fe débil. Es parte de nuestra humanidad. La pregunta importante no es si sentimos miedo, sino qué hacemos con él y a quién se lo llevamos.
También ayuda poner las cosas en perspectiva. En 2023 murieron en España 22 personas en el sistema ferroviario, frente a 1.806 en las carreteras. En la Unión Europea, las muertes en el ferrocarril han caído un 32 % desde 2010. Tras los atentados del 11-S, muchos estadounidenses dejaron de volar y se pasaron al coche, y en los meses siguientes aumentaron las muertes en carretera. Cambiar el tren por el coche por miedo puede, paradójicamente, exponernos a un riesgo mayor. La Biblia valora esta clase de sensatez: «El prudente ve el peligro y busca refugio» (Proverbios 22:3). Informarse con datos reales no es incredulidad, es sabiduría.
LO QUE LA BIBLIA NOS DICE CUANDO TENEMOS MIEDO
La expresión «no temas» aparece una y otra vez en las Escrituras. Pero casi nunca llega sola: suele ir acompañada de un motivo. Dios no nos pide que dejemos de sentir miedo por un esfuerzo de voluntad, sino porque no estamos solos. Así lo dice el profeta Isaías: «Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10).
Esa presencia no desaparece cuando nos subimos a un tren. El Salmo 121, un canto que los peregrinos entonaban cuando se ponían en camino hacia Jerusalén, termina con una promesa pensada para quien viaja: «El Señor cuidará tu salida y tu entrada, desde ahora y para siempre» (Salmo 121:8). Es un buen texto para leer en el andén.
La Biblia tampoco nos exige una confianza sin emociones. David escribió: «Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza» (Salmo 56:3). No dice «nunca siento miedo», sino «cuando lo siento». La fe no borra el miedo de golpe: le da un lugar a donde ir. Por eso Pablo anima a los filipenses a convertir la preocupación en oración, y Pedro escribe: «Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes» (1 Pedro 5:7). La promesa que acompaña a ese gesto es una de las más hermosas del Nuevo Testamento: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7).
Hay una escena del Evangelio que encaja especialmente con estos días. En Marcos 4, los discípulos cruzan el lago de Galilea y se desata una tormenta tan violenta que el agua empieza a llenar la barca. Aterrados, despiertan a Jesús, que calma el viento y les pregunta: «¿Por qué tienen tanto miedo?». La tormenta era real y el peligro también. Pero no estaban solos en la barca. Tampoco lo estamos nosotros en el vagón.
Queda una pregunta difícil que muchos se hacen en silencio: ¿por qué permite Dios algo así? La Biblia no da respuestas fáciles, pero sí descarta una muy dañina. Cuando le contaron a Jesús que una torre se había derrumbado en Siloé y había matado a dieciocho personas, dejó claro que no eran más culpables que los demás (Lucas 13:4-5). Las víctimas de Urda no «merecían» lo que les pasó, y nadie que suba a un tren está tentando a Dios. Vivimos en un mundo roto donde ocurren accidentes, y en medio de ese dolor Dios no está lejos: «El Señor está cerca de los quebrantados de corazón» (Salmo 34:18). Por eso Jesús pudo prometer una paz distinta a la que ofrece el mundo: «La paz les dejo; mi paz les doy […]. No se angustien ni se acobarden» (Juan 14:27).
VOLVER AL TREN, PASO A PASO
La fe y las herramientas que ofrece la psicología no compiten entre sí: se complementan. El primer paso es ser honesto con Dios y con uno mismo. Los salmos están llenos de oraciones que no maquillan nada, y decir «Señor, tengo miedo» es ya una forma de soltarlo. Reconocer la emoción sin juzgarnos rebaja la tensión; pelear contra ella suele intensificarla.
También hay que darse tiempo. Eclesiastés recuerda que hay «un tiempo para llorar», y el corazón necesita unos días para procesar una noticia así. Si el miedo es muy intenso y el viaje no es urgente, aplazarlo una o dos semanas es razonable.
Mientras tanto, conviene cuidar lo que entra en la mente. Pablo aconseja a los filipenses: «Consideren bien todo lo verdadero» (Filipenses 4:8). Informarse una o dos veces al día en medios fiables está bien; ver una y otra vez los vídeos del accidente solo alimenta la ansiedad sin aportar nada nuevo. Y cuando aparezca el pensamiento «me va a pasar a mí», se le puede responder con los datos y con una promesa concreta de la Escritura.
La herramienta más eficaz contra el miedo es volver poco a poco a aquello que lo provoca. Se puede empezar por un trayecto corto de Cercanías o de media distancia, acompañado de alguien de confianza, e ir alargando los viajes. Ayuda preparar el trayecto con calma, consultar el estado de la línea y llevar algo que serene: música de alabanza, un pódcast o un versículo guardado en el móvil. Si durante el viaje el corazón se acelera, se puede respirar despacio, inhalando en cuatro segundos y exhalando en seis, mientras se repite en silencio una frase breve: «Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza».
Nada de esto hay que cargarlo en soledad. «Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas», escribe Pablo (Gálatas 6:2). Hablar del miedo con la familia, con la comunidad de la iglesia o con el pastor lo hace más manejable. Con los niños, lo mejor es explicar lo ocurrido con palabras sencillas, sin detalles gráficos, transmitirles calma y orar juntos. Antes de salir de viaje, cualquiera puede hacer suya una oración como esta:
Señor, hoy me pongo en camino y siento miedo. Tú conoces mi corazón y no tengo que esconderte nada. Te pido por las familias de Urda que lloran a sus seres queridos: consúelalas y sostén a los heridos. Guíame en este viaje, cuida mi salida y mi entrada, y da sabiduría a quienes conducen y vigilan las vías. Pongo en tus manos mi ansiedad y recibo tu paz, la que sobrepasa todo entendimiento. En el nombre de Jesús, amén.
CUANDO EL MIEDO NO SE VA
En la mayoría de las personas, la inquietud va bajando en unas semanas. Pero si el miedo dura más de un mes o va a más, si lleva a evitar el tren aunque se necesite para trabajar o ver a la familia, o si aparecen ataques de pánico, pesadillas o imágenes del accidente que no se pueden apartar, es momento de buscar ayuda profesional. Lo mismo vale, con más razón, para quienes viajaban en esos trenes, presenciaron el accidente o han perdido a alguien.
Acudir a un psicólogo no es falta de fe, igual que no lo es ir al médico. Lucas, autor de uno de los evangelios, era médico, y Dios obra también a través de los profesionales que nos cuidan. La terapia cognitivo-conductual, con exposición gradual, tiene muy buenos resultados en estos casos, y siempre es posible buscar a alguien que respete y entienda nuestras creencias. Para las familias afectadas por el accidente de Urda se ha habilitado un teléfono de atención, el 900 10 10 20, y un punto de apoyo psicosocial en la estación de Atocha.
UNA ESPERANZA QUE VIAJA CON NOSOTROS
Lo ocurrido en Urda es una tragedia que merece respuestas, justicia y mucha oración. Pero no tenemos por qué dejar que el miedo decida por nosotros. Escuchar lo que sentimos, informarnos con medida, apoyarnos en la comunidad y volver a subir al tren paso a paso es un camino posible. Y no lo recorremos solos. Jesús lo dijo con palabras que siguen vigentes para cada viajero que hoy duda en el andén: «No se preocupen por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes» (Mateo 6:34). El mismo Dios que cuidó a sus discípulos en la tormenta cuida también nuestra salida y nuestra entrada.
Joe Saavedra ThD and PhD
FUENTES
- Directo del accidente ferroviario de Urda — The Objective
- Accidente de tren en Urda — Libertad Digital
- Miedo a subir a un tren después de una tragedia mediática — Mente Saludable
- Citas bíblicas: Nueva Versión Internacional (NVI)


