Iconexión — Una serie de conversaciones sobre fe, teología y vida entre Víctor M. Armenteros y Lerda Ancilla.
💡 Consejo de Lerda sobre este texto: «La fe no consiste en verlo todo ni en comprenderlo todo, sino en mantener viva la relación con Dios. Aun cuando la señal parezca débil y surjan dudas o silencios, podemos confiar en que Él sigue presente, guiando nuestra vida y transformándonos desde dentro».
Vivimos rodeados de realidades invisibles. Cada mañana consultamos el teléfono, enviamos mensajes, realizamos videollamadas o buscamos información en internet sin detenernos demasiado a pensar cómo es posible. No vemos las ondas que atraviesan el espacio. No observamos la señal que conecta nuestros dispositivos. Sin embargo, sabemos que está ahí porque experimentamos sus efectos.
Algo parecido ocurre con la fe.
Aunque la comparación tiene sus límites —Dios no es una tecnología ni una fuerza impersonal—, la imagen resulta sugerente. Tanto la fe como el wifi nos recuerdan que algunas de las realidades más importantes de nuestra vida no siempre son visibles a los ojos. De hecho, muchas de las cosas esenciales funcionan así. No vemos el amor, pero sabemos cuándo está presente. No vemos la esperanza, pero reconocemos su ausencia. No vemos la confianza, pero construimos relaciones enteras sobre ella. La fe pertenece a esa categoría de realidades invisibles que, sin embargo, transforman profundamente nuestra existencia.
UNA CONEXIÓN QUE NO SE VE
Uno de los rasgos más llamativos del wifi es que opera mediante una conexión que no podemos observar directamente. Nadie contempla las ondas atravesando las paredes de su casa. Simplemente utiliza la conexión. La fe también tiene mucho que ver con una relación invisible. Confiamos en un Dios al que no podemos encerrar en un laboratorio ni reducir a una ecuación. Como escribió el autor de Hebreos, la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Sin embargo, invisibilidad no significa inexistencia.
La Biblia nunca presenta la fe como un salto irracional hacia el vacío. La presenta como una respuesta a la iniciativa de Dios. Una confianza que nace de la experiencia, de la historia, de la revelación y del encuentro personal. Por otra parte, toda conexión necesita una fuente. Un dispositivo no genera internet por sí mismo; necesita recibir una señal. De manera semejante, la fe no surge únicamente de nuestros esfuerzos psicológicos. No es un acto de autosugestión ni una técnica de pensamiento positivo. Tiene una fuente que la precede.
La Escritura insiste una y otra vez en que Dios toma la iniciativa. Es él quien llama a Abrahán, quien busca a Moisés, quien persigue a Jonás, quien sale al encuentro del hijo pródigo y quien se revela finalmente en Jesucristo. La fe humana es siempre respuesta antes que origen.
CUANDO LA SEÑAL ES DÉBIL
También sabemos que no todas las conexiones tienen la misma intensidad. Hay momentos en que la señal es fuerte y estable. Otros días parece débil e intermitente. Algo parecido sucede en la vida espiritual. Existen temporadas en las que la presencia de Dios parece cercana y evidente. La oración fluye con naturalidad, la confianza resulta sencilla y la esperanza parece inagotable. Pero también llegan etapas de cansancio, duda, sufrimiento o silencio.
Muchos creyentes interpretan esas experiencias como un fracaso espiritual. Sin embargo, la Biblia está llena de hombres y mujeres que atravesaron momentos semejantes. Elías bajo el enebro, Job en medio del sufrimiento, David en sus salmos de lamentación o incluso los discípulos durante la crucifixión conocieron lo que significa vivir con una señal aparentemente débil. La madurez espiritual consiste, en parte, en aprender a confiar incluso cuando las emociones no acompañan.
INTERFERENCIAS
Toda conexión experimenta interferencias. En el caso del wifi pueden ser muros, distancias o dispositivos electrónicos. En la experiencia religiosa las interferencias suelen adoptar formas más complejas. El miedo, el dolor, la decepción, el orgullo, el resentimiento o la indiferencia pueden dificultar nuestra percepción de Dios. A veces culpamos a Dios por el silencio cuando, en realidad, el ruido procede de nosotros. Otras veces el sufrimiento nos hace preguntarnos si Dios sigue presente. No siempre encontraremos respuestas inmediatas, pero la historia bíblica muestra que las crisis no necesariamente destruyen la fe. Con frecuencia la purifican y la profundizan.
CERCA DE LA FUENTE
Cuando una conexión es importante procuramos mantenernos cerca de la fuente que la alimenta. Buscamos lugares donde la señal sea más estable. La vida espiritual posee algo semejante. La oración, la lectura bíblica, la adoración, la reflexión personal y la comunidad de fe no crean a Dios ni fabrican la fe, pero sí nos ayudan a permanecer abiertos a su presencia. Son espacios donde aprendemos a escuchar mejor. Quizá por eso Jesús se retiraba con frecuencia a lugares solitarios para orar. No porque necesitara escapar del mundo, sino porque comprendía la importancia de mantener viva la comunión con el Padre.
Otro paralelismo resulta especialmente significativo. La mayoría de nosotros utilizamos internet sin comprender todos los detalles técnicos que lo hacen posible. Confiamos en algo cuyo funcionamiento profundo desconocemos. La fe comparte parcialmente esta característica. Existen preguntas teológicas, filosóficas y científicas extraordinariamente complejas. Algunas han acompañado a la humanidad durante siglos. Pero la experiencia de la fe no depende de resolver cada una de ellas. Millones de creyentes han caminado con Dios sin poseer respuestas exhaustivas para todos los misterios de la existencia. No porque despreciaran el conocimiento, sino porque comprendieron que una relación puede ser auténtica incluso cuando no entendemos completamente todo lo relacionado con ella.
CUANDO LA CONEXIÓN DESAPARECE
Cuando la conexión de internet desaparece, solemos descubrir hasta qué punto dependíamos de ella. Actividades cotidianas que parecían sencillas se vuelven complicadas. Algo parecido sucede cuando una persona pierde toda esperanza, todo sentido o toda confianza. No solo se resiente su espiritualidad. A menudo se tambalean también su capacidad de resistencia, su visión del futuro y su interpretación de la realidad. La fe no elimina los problemas, pero ofrece un marco desde el que afrontarlos.
Finalmente, tanto en el mundo digital como en el espiritual existen conexiones fiables y conexiones engañosas. No toda red merece nuestra confianza. Del mismo modo, no toda propuesta religiosa refleja auténticamente el carácter de Dios. La historia demuestra que la espiritualidad puede utilizarse para liberar o para manipular, para sanar o para controlar. Por eso la Biblia invita constantemente al discernimiento. No basta con creer; también es necesario examinar aquello en lo que creemos.
UNA RED NOS CONECTA A UNA RED, LA FE A UNA PERSONA
Y, sin embargo, hay una diferencia fundamental entre la fe y el wifi: la señal inalámbrica nos conecta a una red y la fe nos conecta a una Persona. No nos une simplemente a un conjunto de ideas, doctrinas o prácticas religiosas. Nos introduce en una relación con el Dios que se ha dado a conocer en Jesucristo. Por eso el objetivo último de la fe no es obtener respuestas para todas nuestras preguntas ni garantizar una vida libre de dificultades. Su propósito es conducirnos hacia una comunión cada vez más profunda con Dios.
Quizá nunca podamos verlo con nuestros ojos físicos. Quizá muchas veces no entendamos completamente cómo actúa. Pero, del mismo modo que sabemos cuándo estamos conectados a una red porque experimentamos sus efectos, también podemos reconocer la presencia de Dios por la manera en que transforma nuestra vida. Porque la fe, como las realidades más importantes de la existencia, se hace visible precisamente a través de sus frutos invisibles.
Por Víctor M. Armenteros


