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Iconexión — Una serie de conversaciones sobre fe, teología y vida entre Víctor M. Armenteros y Lerda Ancilla.

💡 Consejo de Lerda sobre este texto: «Compartir a Jesús comienza mucho antes de pronunciar una palabra. Nuestro amor, nuestra amistad, nuestro servicio y nuestro carácter pueden convertirse en el primer evangelio que otros lean. Cuando reflejamos a Cristo en la vida cotidiana, hacemos visible al Dios que deseamos anunciar».

Hay una escena que se repite constantemente en los evangelios: Jesús camina por los caminos polvorientos de Galilea y la gente se acerca a él. Algunos buscan respuestas, otros necesitan sanidad. Muchos llegan cargados de preguntas, heridas, culpas o esperanzas. Sin embargo, antes de que escuchen una gran enseñanza, antes de que comprendan una doctrina o adopten una nueva forma de vivir, ocurre algo más sencillo y más profundo: se sienten amados.

Quizá hemos olvidado que el cristianismo comenzó así. No empezó con edificios, programas o instituciones. Empezó con una Persona que caminaba entre las personas. Una Persona que escuchaba, que tocaba al leproso cuando nadie lo tocaba, que miraba a los ojos a quienes todos evitaban, que se detenía cuando los demás tenían prisa.

Por eso resulta tan significativa una idea central: compartir a Jesús no consiste únicamente en hablar de Jesús. Consiste, sobre todo, en reflejar a Jesús. Y eso cambia completamente nuestra manera de entender la misión.

LA AMISTAD: EL PUENTE POR EL QUE CAMINA EL EVANGELIO

Vivimos en una época paradójica. Nunca hemos estado tan conectados y, sin embargo, nunca hemos experimentado tanta soledad. Las redes sociales multiplican los contactos, pero no siempre generan compañía. Las ciudades están llenas de gente, pero muchos corazones siguen sintiéndose aislados. En este contexto, la amistad se convierte en un acto profundamente espiritual. Cuando mostramos interés genuino por alguien, cuando recordamos su nombre, cuando preguntamos cómo está y realmente esperamos la respuesta, estamos haciendo algo más que ser educados. Estamos reflejando el carácter de Dios.

Jesús fue acusado de ser «amigo de publicanos y pecadores». Curiosamente, nadie lo acusó de ser distante. Nadie dijo que fuera inaccesible. Nadie afirmó que viviera encerrado en una burbuja religiosa. Las personas se acercaban a él porque encontraban acogida.

Y quizá una de las preguntas más importantes para nosotros sea esta: ¿la gente encuentra acogida cuando se acerca a nosotros? No se trata de convertir cada conversación en un estudio bíblico. Se trata de convertir cada encuentro en una oportunidad para que alguien experimente un poco del amor de Dios. Porque muchas veces la amistad es el primer capítulo del evangelio que una persona leerá.

LA ORACIÓN: TRABAJAR DONDE NUESTRAS FUERZAS NO LLEGAN

Hay personas que parecen imposibles de alcanzar. Familiares que han perdido el interés por la fe. Amigos decepcionados con la religión. Hijos que han tomado caminos distintos. Compañeros que parecen inmunes a cualquier conversación espiritual. Entonces aparece la tentación de pensar que todo depende de nosotros, pero el evangelio nunca ha dependido únicamente de las capacidades humanas. La misión comienza de rodillas.

La oración nos recuerda que Dios ya está trabajando en el corazón de las personas antes de que nosotros lleguemos. El Espíritu Santo puede abrir puertas que nosotros ni siquiera vemos. Puede suscitar preguntas, despertar inquietudes, crear circunstancias y preparar encuentros providenciales. Orar por alguien es mucho más que mencionarlo en una lista de peticiones. Es colocarlo conscientemente en las manos de Dios. Quizá nunca sepamos cuántas conversiones comenzaron con una oración silenciosa pronunciada por una madre, un abuelo, un amigo o un miembro de iglesia. Pero el cielo sí lo sabe.

EL TESTIMONIO: CUANDO LA EXPERIENCIA SE VUELVE MENSAJE

Existe una diferencia entre hablar de una teoría y contar una experiencia. Nadie puede discutir seriamente lo que Dios ha hecho en nuestra vida. Podrán cuestionar nuestras interpretaciones, discrepar de nuestros argumentos o rechazar nuestras conclusiones. Pero nadie puede negar nuestro encuentro personal con la gracia. El ciego sanado por Jesús no era un gran teólogo. No poseía formación rabínica. No conocía todas las respuestas. Solo sabía una cosa: «Una cosa sé: que habiendo yo sido ciego, ahora veo». Y, a veces, eso es suficiente.

Las personas no necesitan únicamente información religiosa. Necesitan comprobar que el evangelio funciona en la vida real. Necesitan ver cómo Dios sostiene en medio del sufrimiento, cómo da paz en la incertidumbre, cómo reconstruye relaciones rotas y cómo ofrece esperanza cuando todo parece perdido. La fe se vuelve creíble cuando adopta forma humana.

LA COMUNIDAD: NADIE DEBERÍA CAMINAR SOLO

Uno de los mayores regalos que Dios ha dado al mundo es la iglesia. No una iglesia perfecta ni formada por personas impecables, sino una comunidad de pecadores perdonados que aprenden juntos a seguir a Cristo. En una cultura marcada por el individualismo, la iglesia sigue siendo uno de los pocos lugares donde generaciones distintas pueden compartir vida, experiencias y fe. Niños, jóvenes, adultos y ancianos: todos juntos, todos necesarios, todos aprendiendo unos de otros.

Cuando una persona entra en una iglesia debería descubrir algo más que un conjunto de doctrinas. Debería encontrar una familia. Porque el evangelio no solo nos reconcilia con Dios. También nos reconcilia unos con otros.

LA BIBLIA: UNA LÁMPARA PARA EL CAMINO

En tiempos de opiniones cambiantes y verdades efímeras, la Escritura sigue siendo una referencia segura. Pero la Biblia no fue dada para ganar discusiones. Fue dada para transformar vidas. Demasiadas veces utilizamos los textos bíblicos como armas cuando fueron entregados como medicina. Jesús no citaba la Escritura para impresionar. La utilizaba para sanar, orientar y conducir a las personas hacia el Padre. Cuando compartimos la Biblia con humildad, sensibilidad y amor, permitimos que Dios mismo hable al corazón humano. Y pocas cosas son tan poderosas como eso.

LOS SIGUIENTES PASOS: CRECER ES PARTE DEL DISCIPULADO

La fe cristiana nunca es estática. Dios siempre invita a avanzar, a aprender, a madurar, a profundizar. El bautismo, los estudios bíblicos, la participación en la comunidad de fe y el servicio forman parte de un proceso continuo de crecimiento espiritual. Jesús no llamó a las personas para que permanecieran donde estaban. Las llamó para caminar con Él. Y sigue haciéndolo hoy.

NUESTRO CARÁCTER: EL SERMÓN QUE NADIE PUEDE APAGAR

Hay una frase atribuida a distintos autores cristianos que resume una gran verdad: «Predica siempre el evangelio; si es necesario, utiliza palabras». Aunque la frase no aparezca literalmente en la Biblia, expresa una realidad profundamente bíblica.

Las personas observan. Observan cómo reaccionamos cuando nos contradicen, cómo tratamos a quienes no pueden beneficiarnos, cómo respondemos al fracaso, cómo administramos el poder, cómo hablamos de quienes no están presentes o cómo vivimos cuando nadie nos ve. Nuestro carácter puede abrir puertas que nuestros argumentos jamás abrirán. Y también puede cerrarlas. Por eso el fruto del Espíritu sigue siendo una de las evidencias más convincentes de la presencia de Dios.

CADA EDAD TIENE UNA MISIÓN

Cada etapa de la vida refleja una dimensión especial del discipulado. Los niños nos enseñan la sencillez de la fe. Su capacidad para confiar nos recuerda las palabras de Jesús acerca del Reino. Los jóvenes aportan energía, creatividad, valentía y autenticidad, capaces de abrir caminos que generaciones anteriores quizá no imaginaron. Los adultos poseen la influencia de la responsabilidad cotidiana, el trabajo, la familia y el servicio constante. Los ancianos representan la memoria viva de la fidelidad divina: han visto a Dios actuar durante décadas, y sus cicatrices cuentan historias que ningún libro puede transmitir.

La iglesia necesita todas las voces. Necesita todas las edades. Necesita todas las experiencias. Porque ninguna generación posee por sí sola la totalidad de la sabiduría necesaria para la misión.

LA GRAN PARADOJA DEL EVANGELIO

Muchas veces pensamos que compartir a Jesús consiste en hacer algo extraordinario. Sin embargo, el Reino suele avanzar mediante actos aparentemente ordinarios: una visita, una llamada, una conversación, una oración, una comida compartida, un abrazo, una palabra de ánimo, un gesto de servicio.

Así fue como Jesús cambió el mundo. No mediante demostraciones permanentes de poder, sino mediante una presencia constante de amor. Y sigue haciéndolo igual. Al final, quizá la pregunta decisiva no sea cuánto sabemos acerca de Cristo, sino cuánto de Cristo pueden ver los demás en nosotros. Porque cuando una vida refleja paciencia en medio de la tensión, esperanza en medio de la crisis, generosidad en medio del egoísmo y amor en medio de la indiferencia, algo extraordinario sucede. Las personas comienzan a percibir la presencia de Dios y, entonces, descubren que el evangelio no es únicamente un mensaje que debe ser escuchado. Es una realidad que puede ser vista. Una realidad encarnada en hombres y mujeres corrientes que han decidido caminar con Jesús.

Por eso, niños, jóvenes, adultos o ancianos, todos tenemos algo que ofrecer. Todos podemos participar. Todos podemos ser misioneros en nuestro entorno. No porque seamos expertos ni porque tengamos todas las respuestas, sino porque conocemos a Aquel que es la Respuesta. Y cuando vivimos cerca de Él, inevitablemente terminamos compartiéndolo. A veces con nuestras palabras, pero siempre con nuestra vida.

Por Víctor M. Armenteros

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