Cada 8 de marzo recordamos la lucha de miles de mujeres que alzaron su voz frente a la injusticia. Por lo tanto, No es un día de celebración, sino de memoria. Una ocasión para reconocer el dolor, la valentía y la esperanza, y en esta ocasión, para recordar que Dios recoge incluso nuestras lágrimas más silenciosas.
El humo llenaba las escaleras y las ventanas estaban demasiado altas. Algunas jóvenes intentaron abrir las puertas, pero estaban cerradas. Otras se asomaron al vacío buscando aire. Pero no había escapatoria. Era el año 1911 y la fábrica textil Triangle Shirtwaist, en Nueva York, estaba en llamas.
En pocos minutos murieron 146 personas, la mayoría mujeres jóvenes inmigrantes que trabajaban cosiendo camisas durante largas jornadas, por salarios mínimos. Las puertas del taller estaban cerradas para impedir que ellas abandonaran su puesto de trabajo sin permiso. Por eso no pudieron huir. Trabajaban encerradas dentro de la fábrica cuando se declaró el fuego.
Pero aquel incendio no fue solo una terrible tragedia laboral. Fue un despertar social. La indignación pública llevó a reformas en la legislación laboral y puso de manifiesto las condiciones injustas que muchas mujeres soportaban en las fábricas de la época.
Más tarde, en 1917, en plena Primera Guerra Mundial, Rusia atravesaba una crisis devastadora. El hambre, la pobreza y el agotamiento de la guerra habían llevado a la población al límite.
Fueron entonces las obreras textiles de Petrogrado quienes iniciaron una huelga reclamando “pan y paz”. Aquella protesta tuvo lugar el 23 de febrero según el calendario juliano, el que se utilizaba en Rusia en ese momento. En el calendario gregoriano —el que usamos hoy— esa fecha corresponde al 8 de marzo.
La movilización de aquellas mujeres desencadenó una ola de protestas que terminó provocando la caída del zar Nicolás II. Poco después, el nuevo gobierno concedió el derecho al voto a las mujeres.
Desde entonces, el 8 de marzo quedó vinculado internacionalmente a la memoria de las luchas por la dignidad y la igualdad de las mujeres. Por eso historias como éstas nos ayudan a entender por qué ese día, el 8 de marzo, no es una celebración, sino una conmemoración. Conmemorar significa recordar, reflexionar y renovar el compromiso con la justicia.
«La memoria nos recuerda las lágrimas de la historia. La fe nos recuerda que esas lágrimas no son el final del relato.»
Por eso, junto a esta memoria histórica, durante este mes de marzo, muchas de nuestras comunidades de fe adventistas en España han vivido estos días también desde otra dimensión complementaria: el Día Internacional de Oración de la Mujer, propuesto desde la Conferencia General y apoyado por nuestra División Intereuropea.
El lema de este año ha recogido una imagen profundamente bíblica: “Dios convierte tus lágrimas en estrellas”.
Y es que la Biblia habla con frecuencia de lágrimas. Pero no como señal de debilidad, sino como parte de la experiencia humana, que Dios escucha y transforma.
El salmista describe, por ejemplo, una acción muy curiosa de Dios: “Tú recoges mis lágrimas en tu odre” (Salmo 56:8). Porque ninguna lágrima es invisible para Dios. Otro texto añade una promesa que atraviesa generaciones: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Salmo 126:5)
Si bien es cierto que las Escrituras no niegan el dolor, tampoco permiten que tenga la última palabra.
Mujeres cuyas lágrimas Dios escuchó
1908
Mujeres trabajadoras textiles se manifiestan en Nueva York reclamando mejores condiciones laborales y derecho al voto.
1910
La activista alemana Clara Zetkin propone en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas establecer un día internacional dedicado a la lucha por los derechos de las mujeres.
1911
Incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist en Nueva York: mueren 146 trabajadores, la mayoría mujeres jóvenes inmigrantes.
1917
Obreras textiles de Petrogrado inician la huelga “Pan y paz”. La fecha corresponde al 8 de marzo en el calendario actual.
1975
Naciones Unidas reconoce oficialmente el Día Internacional de la Mujer.
Mujeres cuyas lágrimas Dios escuchó
Agar
El Dios que vive
Expulsada al desierto con su hijo, creyó que todo estaba perdido. Allí descubrió a un Dios que la veía. Por eso lo llamó El-Roi: “el Dios que me ve” (Génesis 16:13).
Ana
La oración en medio del dolor
Derramó su corazón delante de Dios cuando su vida parecía marcada por la humillación. Sus lágrimas precedieron al nacimiento de Samuel (1 Samuel 1).
Tamar
El dolor que la Biblia no silencia
Su historia recuerda que la Escritura denuncia la violencia y la injusticia contra las mujeres (2 Samuel 13).
María Magdalena
Las lágrimas antes de la resurrección
Lloraba ante el sepulcro cuando pensaba que todo había terminado. Fue la primera en encontrarse con el Cristo resucitado (Juan 20).
Jesús mismo habló del valor espiritual de las lágrimas cuando dijo: “Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación”(Mateo 5:4)
Y la Biblia concluye con una promesa que atraviesa toda la historia humana: “Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Apocalipsis 21:4)
Las Escrituras nos recuerda que Dios no está del lado de las estructuras que oprimen, sino del lado de quienes sufren injusticia. Por eso conserva las voces, las historias y también las lágrimas de tantas mujeres y de tantos hombres que, clamando, lloraron, incluido el propio Jesús.
Por eso, un año más, recordar el 8 de marzo ha significado mirar con honestidad las heridas provocadas por la desigualdad y las injusticias cometidas contra las mujeres a través de la historia, pero señalando que la fe añade algo más a esa memoria: la certeza de que el dolor no es estéril.
En las manos de Dios, incluso las lágrimas más silenciosas pueden transformarse en luz y esperanza.
Un símbolo que también habla
El color violeta, hoy asociado al movimiento por los derechos de las mujeres, que tiene su origen en las luchas obreras y en los movimientos sufragistas de principios del siglo XX que hemos destacado anteriormente, con el tiempo se convirtió en un símbolo de dignidad, resistencia y memoria. Un recordatorio visual de que la historia de las mujeres no se escribe solo con dolor, sino también con valentía. Y tal vez nos sirva a todos y a todas para recordarnos que, mientras esperamos el regreso de Jesús y mientras tengamos fuerzas, hemos sido llamados y llamadas a combatir cualquier desigualdad.
Por eso la Biblia contiene numerosos mandatos y exhortaciones que ordenan buscar la justicia, defender a las personas vulnerables y pronunciarse en favor de aquellas que sufren desigualdad. Estos textos abarcan tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, enfatizando la responsabilidad social y compasiva que tenemos como creyentes. Proverbios 31:8-9: «¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desposeídos! ¡Levanta la voz, juzga con justicia, defiende al pobre y al necesitado!».
Y cuando el dolor nos golpee de frente recordemos siempre, sea cual sea la situación, que “hay mil millones de estrellas, en esta noche que ahora negra ves” Y que, incluso en medio de la noche más oscura, de la mano del Señor, siempre las habrá que comenzarán a brillar.


