Skip to main content

DÍA 26: PASIÓN POR LA MISIÓN

La comunión con Dios en la primera hora de cada mañana debe conducirnos naturalmente hacia el cumplimiento de la misión. La espiritualidad sin misión no refleja el ejemplo de Cristo. Todos los días, Cristo recibía el bautismo del Espíritu Santo e inmediatamente después salía a predicar, enseñar y curar. Él es nuestro Modelo, y debemos vivir como él vivió. Por eso, nuestro desafío diario es recibir y transmitir la Palabra de Dios como estilo de vida.

El poder para la misión

Cristo recibía el bautismo diario del Espíritu Santo en las primeras horas de cada mañana, con dos finalidades: estar en la presencia del Padre desde la primera hasta la última hora del día, y evangelizar. De esta manera, la vida en comunión resultaba naturalmente en evangelismo, en sus diferentes formas. Este era el objetivo principal por el cual buscaba el poder del Espíritu Santo todos los días.

Las horas en la presencia del Padre iban seguidas de un trabajo incansable como evangelista. Cristo fue para la iglesia primitiva, y lo es para nuestros días, el modelo de misionero por excelencia. Para que pudiéramos seguir su ejemplo, prometió el mismo poder para todos.

Los seguidores de Cristo serían bautizados con el mismo bautismo con el que él había sido bautizado. Él prometió: «Porque Juan ciertamente bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días» (Hech. 1: 5). Para realizar lo que él logró, y cosas aún mayores, sería indispensable la presencia de ese poder en el alma.

Responsabilidad en la misión

Necesitamos seguir el ejemplo de Pablo, quien hablaba de Cristo con pasión, osadía, coraje, estrategia y compromiso total. Él dijo:

«Si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme, porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciara el evangelio! […] Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él» (1 Cor. 9: 16, 22-23).

Medita en esta pregunta: ¿conocen tus vecinos, tus familiares, tus compañeros de trabajo o de clase, tus clientes, tu médico y tus seguidores en redes sociales el camino hacia la vida eterna? ¿Qué estás haciendo para compartir con quienes te rodean las buenas nuevas del amor de Dios? ¿Piensas que falta mucho para que Cristo regrese? ¿Qué estás esperando?

Dios nos llama a ser, y a seguir siendo, misioneros y evangelistas. Tú puedes hacer la obra de acuerdo con tu don, de distintas maneras, y decir como Pablo: «No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego» (Rom. 1: 16).

Para reflexionar: «Cada persona que considera a Cristo como su Salvador personal tiene ante Dios la obligación de ser pura y santa, de ser un obrero espiritual que se esfuerza por salvar a los perdidos, sean grandes o pequeños, ricos o pobres, siervos o libres. La obra mayor de esta tierra consiste en buscar y salvar a los perdidos por quienes Cristo pagó el infinito precio de su propia sangre. A cada uno le corresponde empeñarse en un servicio activo… La oveja que no se busca no es traída de vuelta al redil» (Elena G. de White, Exaltad a Jesús, p. 352).

Desafío para hoy: Lee Hechos 2 y 3 sin apuro y medita en la realidad de cada evento. Trasládalo a tu realidad de hoy y colócate en el lugar de uno de los personajes. ¿Serías un Pedro, un Juan o un Esteban? Hablar de Cristo era la pasión de aquellos hombres, y nada los detenía. ¿De qué hablas tú con pasión?

Leave a Reply