LECCIÓN 12 · CÓMO LIDIAR CON FALSOS MAESTROS
Pablo procuraba estar constantemente informado sobre todas las iglesias. ¿Para qué? Para saber si necesitaban alguna ayuda, alguna visita, algún consuelo, alguna palabra de ánimo (2 Corintios 11:28). En ocasiones, se le informaba de falsos maestros que hacían tropezar a los fieles, y cuando esto ocurría, el apóstol se llenaba de indignación (2 Corintios 11:29).
Al concluir su segunda carta a los Corintios, Pablo aborda precisamente el problema de estos falsos maestros. ¿Cómo identificarlos? ¿De qué modo hacerles frente en esta guerra espiritual? ¿Y cómo alcanzar la victoria?
A. LA GUERRA ESPIRITUAL
Las armas para el ataque (2 Corintios 10:1-11)
Algunos acusaban a Pablo de que, aunque por carta hablaba con dureza, en persona era cobarde y torpe para hablar (2 Corintios 10:10). Ante esta argumentación, indicó claramente que se sentía capaz de ser tan duro en persona como en carta, pero que no se rebajaría a usar «armas carnales» —como el autoritarismo, el castigo físico o la autoalabanza—, sino que solo usaría «armas poderosas en Dios» (2 Corintios 10:2-4).
Estas armas incluyen actuar con la humildad y la mansedumbre de Cristo (Mateo 11:29), pero también mantenerse firmes ante lo incorrecto, como lo hizo Jesús (Mateo 21:12-13), o hablar con claridad cuando sea necesario (Mateo 23:23-27). Cristo le había dado esa autoridad, y Pablo la usaría siempre para edificar, y no para destruir (2 Corintios 10:8).
La defensa correcta (2 Corintios 10:12-18)
Los filósofos griegos cobraban grandes sumas a los alumnos que deseaban aprender de ellos. Para conseguirlos, alardeaban de su conocimiento, su alcurnia o de las importantes personas que los conocían y respetaban. Este era también el proceder de los falsos maestros que se habían introducido en Corinto (2 Corintios 10:12; 11:19-20).
Pero Pablo no cobraba por impartir su conocimiento, no presentaba cartas de recomendación, ni se jactaba de sí mismo. ¡Y por eso muchos lo menospreciaban! ¿Cómo podía defenderse? Parece que debía ser alabado ante los corintios para ser aceptado por ellos, pero no era él quien debía alabarse (Proverbios 27:2). Pablo dejaba que fuese Dios quien lo alabase (2 Corintios 10:18). Si en algo podemos jactarnos es en conocer a Dios y obedecerle (Jeremías 9:24; 2 Corintios 10:17).
B. LIDIANDO CON LOS FALSOS MAESTROS
Engañadores disfrazados de apóstoles (2 Corintios 11:1-15)
Pablo desea llevar a los pies de Cristo a una iglesia pura (2 Corintios 11:2). Pero la iglesia corría el peligro de ser engañada, como Eva, y dejar de ser la novia de Jesús (2 Corintios 11:3). ¿Cuál era el verdadero peligro? Judíos que se autorrecomendaban como «grandes apóstoles» de Jesús habían llegado a Corinto enseñando «otro Jesús», «otro espíritu» y «otro evangelio» (2 Corintios 11:4-5; Gálatas 1:8).
El hecho de que alguien predique sobre Jesús no implica que esté mostrándonos al verdadero Jesús, tal como la Biblia lo revela. Sus palabras pueden ser maravillosas, pero el mismo Satanás también sabe hablar maravillas, y presentarse «como ángel de luz» (2 Corintios 11:14). Por sus acciones y sus palabras, los verdaderos maestros enseñan «la verdad de Cristo» (2 Corintios 11:9-10). Pero los falsos maestros, que solo aparentan piedad, son ministros del engaño disfrazados de apóstoles (2 Corintios 11:13-15).
Pablo y los falsos maestros (2 Corintios 11:16-31)
¿Qué similitudes había entre Pablo y los falsos maestros? Todos eran judíos convertidos al cristianismo (2 Corintios 11:22). ¿Qué diferencias había entre ellos? Aquí comienza la «locura» de Pablo: «¿Son ministros de Cristo? (Como si estuviera loco hablo.) Yo más» (2 Corintios 11:23). Si aquellos se jactaban de haber sufrido por Cristo, Pablo estaba mucho más cualificado: azotado, encarcelado, amenazado de muerte, apedreado, náufrago en alta mar, envuelto en peligros de todo tipo, pasando hambre, sed, frío y desnudez, preocupado constantemente por las iglesias (2 Corintios 11:23-29).
Y aquí acaba la locura de Pablo. No quería dar la impresión de que deseaba jactarse de lo que había hecho por Cristo: su verdadera jactancia, o gloria, era lo que Cristo había hecho por él. Su verdadera fortaleza radicaba en su debilidad, que lo llevaba a depender completamente de Jesús (2 Corintios 11:30-31; 12:6-10).
Autoexamen y victoria (2 Corintios 12:14 – 13:10)
Se acercaba el momento en el que Pablo visitaría Corinto. ¿Qué encontraría y cómo debería actuar en consecuencia? (2 Corintios 13:1-2). Pablo estaba dispuesto a ejercer la disciplina eclesiástica de modo contundente: restaurar al arrepentido y corregir al obstinado. Su temor era que, al llegar, los encontrase en contiendas y diversos pecados, y temía tener que llorar por los que no se hubieran arrepentido (2 Corintios 12:20-21).
Por ello, antes de llegar ese momento, los corintios debían reflexionar y examinarse a sí mismos (2 Corintios 13:5). Por su parte, Pablo oraba por ellos para que dejasen de hacer lo malo e hiciesen lo bueno, y para que fuesen perfeccionados (2 Corintios 13:7-9).
«Al pueblo de Dios se le indica que busque en las Sagradas Escrituras su salvaguardia contra las influencias de los falsos maestros y el poder seductor de los espíritus tenebrosos. Satanás emplea cuantos medios puede para impedir que los hombres conozcan la Biblia, cuyo claro lenguaje revela sus engaños. En ocasión de cada avivamiento de la obra de Dios, el príncipe del mal actúa con mayor energía; en la actualidad está haciendo esfuerzos desesperados preparándose para la lucha final contra Cristo y sus discípulos. […] La falsificación se asemejará tanto a la realidad, que será imposible distinguirlos sin el auxilio de las Santas Escrituras. Ellas son las que deben atestiguar en favor o en contra de toda declaración, de todo milagro.»
Elena G. White (El conflicto de los siglos, p. 579)
Frente a los falsos maestros, la única defensa segura no es la elocuencia ni la autoridad humana, sino el conocimiento firme de las Escrituras y una vida sostenida, como la de Pablo, en la debilidad que se apoya por completo en Cristo.


