«Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.» (Hebreos 13:16)
El servicio a los demás es un mandato moral contemplado como correcto desde la voluntad de Dios. El ejercicio de una profesión tiene como razón de ser la resolución de necesidades específicas en una sociedad. Todas cumplen un papel importante, más aún cuando su funcionalidad está orientada directamente al servicio de las poblaciones en situación de vulnerabilidad.
EL TRABAJO SOCIAL COMO RESPUESTA BÍBLICA A LA VULNERABILIDAD
Las dinámicas sociales y la respuesta a necesidades específicas han generado la aparición y construcción de una serie de profesiones. Un ejemplo es el trabajo social, que surge a consecuencia de los efectos de la revolución industrial: la pobreza, la hambruna, la desigualdad, entre otras. Las resoluciones que ofrecía el ámbito religioso resultaron importantes pero insuficientes, por lo que se requería una forma distinta de intervención.
Así surge el trabajo social, una profesión que identifica y aborda las desigualdades sociales y sus consecuencias. Debe quedar claro que el ejercicio profesional no cambiará la problemática en sí misma, pero sí transformará una parte de quien la vive.
«Si en alguna de las ciudades de la tierra que el Señor tu Dios te da, vive algún hermano necesitado, no seas mezquino ni le cierres tu mano. Al contrario, ábrele tu mano y préstale generosamente lo que necesite.» (Deuteronomio 15:7-8)
En esa línea, el trabajo social tiene como objetivo lograr el bienestar social. Por ello interviene sobre problemáticas que, aunque identificadas en diversos grupos poblacionales, persisten desde tiempos bíblicos hasta la actualidad. La pobreza es un ejemplo: la historia de la viuda que entregó sus dos únicas monedas, gesto que el mismo Jesús exaltó. La violencia aparece en la historia de los hijos de Adán y Eva, cuando Caín asesina a su hermano Abel. La exclusión se narra en la historia de un hombre con lepra, enfermedad que la sociedad de su tiempo estigmatizaba por considerarla impura o una maldición.
También está la mendicidad, que la historia del ciego Bartimeo ilustra: un relato que culmina cuando Jesús se detiene para curarlo. Y está el abandono, que menciona Salmos 27:10: «aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá». Estos son solo algunos de los fenómenos sociales que la Biblia recoge.
UNA PROBLEMÁTICA VIGENTE: LAS PERSONAS EN SITUACIÓN DE CALLE Y TRASTORNOS MENTALES, LOS CRISTOS AZOTADOS DEL SIGLO XXI
Las personas en situación de calle[1] y con trastorno mental se han convertido en una de las problemáticas sociales más complejas. Forman parte del panorama de una sociedad caracterizada por el estigma y la indiferencia. En términos bíblicos, esto es saber hacer lo bueno y no hacerlo, como explica Santiago 4:17, que concluye que esta omisión es pecado.
Las profesionales del equipo de salud mental en calle del Centro de Salud Mental Comunitario Qispikay —palabra quechua que significa Libertad— recorren diversos lugares del distrito hasta identificarlos. El equipo está compuesto por una trabajadora social y una enfermera. Voltear la mirada para abordarlos por primera vez es dejar de cerrar el oído al clamor del pobre (Proverbios 21:13), lo que en el ámbito social se denomina indiferencia. Nos sentamos a su lado y su grado de confianza se eleva, aunque con temor. Una mirada que acoge y un buen trato que reconoce su dignidad los alienta a seguir dialogando. Es decir, reconocer su valía y mirarlos con estima y con amor, como indica Isaías 43:4, se convierte en el punto de partida para la intervención.
Hacemos preguntas generales, no invasivas, que reflejan que respetamos el espacio que hizo suyo, pues ingresamos a un territorio[2] que consideran propio: toda persona ajena toma ante sus ojos la condición de inquilino. Hasta aquí hemos identificado sus necesidades y construido nuestro diagnóstico y plan de intervención. El trabajo en equipo es primordial, pues «más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo» (Eclesiastés 4:9-10).
LA CALLE COMO ESPACIO DE VIDA Y SUPERVIVENCIA
Proverbios 19:17 habla de la importancia de prestar y apiadarnos ante quienes atraviesan necesidades. Si bien la calle es su lugar de permanencia, también es el espacio donde despliegan actividades de sobrevivencia como la mendicidad. Incluso los basurales o desperdicios se convierten en una opción para alimentarse. La calle es, en definitiva, el espacio donde comen, duermen, socializan e interactúan.
- Desde la experiencia de trabajo con esta población se define como aquel grupo poblacional que ha interrumpido sus vínculos sociales y afectivos con sus familias, consecuencia de la pobreza, violencia y estigma social, haciendo de la calle su lugar de permanencia. Su estado se cronifica cuando la persona cuenta con un trastorno mental.
- El territorio es el espacio físico y vivido, donde se relacionan las personas en situación de calle.
DE LA INTERVENCIÓN SOCIAL, UNA ACTIVIDAD DE SERVICIO
«Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo.» (Colosenses 3:23-24)
Este artículo no es una oda a la intervención del trabajador social o del equipo de calle, sino que busca reflejar la importancia de buscar la dirección de Dios en todo lo que se haga. Desde la profesión u ocupación que se elija, su presencia debe ser el baluarte que nos guía como símbolo de justicia e igualdad.
Solo así responderemos no solo a metas institucionales, sino también a funciones y acciones de índole espiritual. Seremos capaces de realizar un trabajo orientado a servir y, por medio de él, reflejar el amor de Dios al mundo: en los logros, los cambios, la esperanza, e incluso en los fracasos que nos motivan a persistir y mejorar la intervención.
Desde el lugar en el que estamos, actuemos como instrumentos de su obra, ya que «toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, del Padre de las luces» (Santiago 1:17).
Maria Villa Buitrón Miembro de la IASD Palao-Perú


