A veces las grandes obras misioneras no nacen de un plan estratégico en una mesa de reuniones, sino al abrirse una puerta, la disposición de compartir y la certeza de que Dios cuida de cada detalle. Esta es la historia de Ropita y Luz, una iniciativa de la hermana adventista Anne nacida en Tenerife que demuestra cómo la ayuda práctica y la esperanza del Evangelio pueden encontrarse en un mismo espacio.
EL ORIGEN: UNA BENDICIÓN QUE NO SE PODÍA GUARDAR
Todo comenzó con el embarazo de Anne y la provisión divina. Cuando esperaba a su hijo Carl, una familia amiga que dejaba la isla le regaló prácticamente todo lo necesario para los primeros meses del bebé: ropa, cochecito, juguetes y accesorios. Fue una bendición abundante e inesperada.
Consciente de que había recibido mucho más de lo necesario, Anne decidió no acumular. Lo que no utilizaba comenzó a clasificarlo y regalarlo a otras madres. Con el tiempo, junto a su esposo y su hermana Uli, propietaria de la Finca Maranatha, la dinámica creció: prendas recicladas, ropa recuperada, llamadas de amigas embarazadas y vecinos que preguntaban si había algún abrigo o juguete disponible.
Pronto, las bolsas y cajas comenzaron a desbordar los armarios de la casa. Hacía falta un lugar ordenado, un espacio propio.
FE Y ORACIÓN
La primera idea fue sencilla: acondicionar un garaje en la vivienda donde residían. Sin embargo, la propietaria del inmueble decidió no alquilar ese espacio. Lejos de desanimarse, Anne comprendió que cuando una puerta humana se cierra, es momento de poner el proyecto en las manos del Creador.
«Señor, si esta es Tu voluntad y quieres que este proyecto siga adelante, Tú darás los medios y abrirás el camino», fue la oración confiada.
Pocas semanas después surgió un contacto en la localidad de La Guancha. Un matrimonio adventista disponía de un local comercial en desuso. Aunque los recursos económicos para un alquiler comercial eran inexistentes, Anne y Uli acudieron a la cita con fe.
Al entrar, la sorpresa fue grande: no era un pequeño depósito, sino un local amplio, luminoso y con espacio para mesas, estanterías y una zona de acogida. Además, contaba con un detalle conmovedor: en el fondo, a la derecha, había una pequeña cocina, exactamente como Anne lo había imaginado en sus oraciones. El propietario, miembro de la iglesia de Icod, al escuchar que el objetivo era servir a las familias sin ánimo de lucro y por amor al Señor, ofreció el espacio por una aportación simbólica.
DOS PILARES: «ROPITA» Y «LUZ»
El nombre del centro refleja con claridad la visión integral del ministerio:
Ropita: utiliza la expresión cariñosa canaria para referirse a la ropa infantil (desde bebés hasta jóvenes de 16 años y ropa premamá). Funciona bajo el lema «Toma lo que necesitas, da lo que puedas». No es una tienda de segunda mano ni un negocio; es un ciclo solidario y sostenible donde las familias encuentran lo que necesitan y colaboran voluntariamente según sus posibilidades para sostener el local.
Luz: representa la luz de la Palabra de Dios. En el local destaca una mesa de publicaciones con Biblias y literatura cristiana en varios idiomas, dirigida a niños, jóvenes y adultos.
El espacio no solo busca entregar prendas, sino ofrecer un ambiente cálido con sillones y té donde las familias puedan sentarse, respirar hondo, ser escuchadas y encontrar consuelo espiritual o una oración en momentos de dificultad.
UN TESTIMONIO VIVO PARA LA COMUNIDAD
Actualmente, Ropita y Luz atiende con cita previa y avanza en su proceso de constitución como asociación sin ánimo de lucro. Es un testimonio de cómo la Iglesia Adventista y sus miembros pueden ser sal y luz en su comunidad local a través de métodos sencillos pero profundos: atender las necesidades físicas, ganar la confianza de las personas y compartir la esperanza.
Redacción: Cande Ruiz · Fotos: Finca Maranatha


