Hay acontecimientos que no pueden explicarse únicamente con cifras. Se podrán publicar los datos de participación, el número de clubes, de niños, de voluntarios, de actividades o de decisiones espirituales. Todo eso será importante y ayudará a comprender la magnitud de este Camporé de Covaleda 2026. Pero hay una parte que difícilmente aparecerá en un informe, por muy completo que sea: la que solo descubre quien camina entre las personas, conversa con ellas y contempla, casi en silencio, cómo Dios obra en los pequeños detalles.
UNA MIRADA DESDE LAS COCINAS
Como pastor, he tenido el privilegio de vivir este Camporé desde una perspectiva muy especial. Mi responsabilidad durante estos días me llevó a recorrer las cocinas del campamento. Mientras los niños disfrutaban de las actividades, de los talleres, de los juegos o de los cultos, yo visitaba a quienes permanecían lejos de los escenarios. Personas que apenas podían participar en el programa porque su misión era otra: preparar con cariño cada comida para que, al regresar, cientos de niños y jóvenes encontraran una mesa preparada y sintieran el calor de una gran familia.
Confieso que esas visitas me emocionaron profundamente. Detrás de cada plato servido descubrí horas de esfuerzo, planificación y sacrificio. Vi manos que no dejaban de trabajar, rostros cansados, pero también sonrisas sinceras. Nadie buscaba reconocimiento, nadie preguntaba quién les aplaudiría: simplemente servían. Y mientras los observaba, comprendía que, en realidad, también estaban predicando el Evangelio. Porque servir con amor también es una forma de hablar de Cristo.
EL ORDEN QUE NO SE VE A SIMPLE VISTA
Después continuaba mi recorrido por el campamento. He contemplado el orden con el que todo estaba preparado: las tiendas perfectamente distribuidas, los espacios cuidados, los horarios funcionando, cada departamento desempeñando su responsabilidad con naturalidad. Nada de esto sucede por casualidad. Detrás hay meses de reuniones, llamadas, decisiones, preparación y oración. Hay directores de departamento, responsables de área, líderes de clubes y cientos de voluntarios que han entregado su tiempo y sus energías para que miles de personas pudieran vivir unos días inolvidables.
Pero, sinceramente, lo que más me impresionó no fue la organización. Fue contemplar una Iglesia viva.
UNA IGLESIA EN MOVIMIENTO
He visto monitores entregados por completo a sus unidades. Consejeros que conocían el nombre de cada niño y estaban atentos a sus necesidades. Directores de club que llevaban meses preparando este encuentro. Pastores caminando entre los clubes, escuchando, animando y acompañando. Padres colaborando allí donde hacía falta. Jóvenes sirviendo a niños más pequeños que ellos con una alegría contagiosa. Personas que habían comprendido que el verdadero liderazgo comienza cuando uno decide servir.
He escuchado cientos de voces infantiles alabando a Dios. He visto niños orando con sencillez. He contemplado abrazos, amistad, compañerismo, respeto y una ilusión difícil de describir con palabras.
Más allá de todo lo visible, me llevo la impresión de haber visto una Iglesia en movimiento. Una Iglesia activa, comprometida y unida alrededor de una misma misión. En un tiempo en el que tantas veces se habla de dificultades, aquí he visto esperanza. He visto generaciones trabajando juntas para que nuestros niños y adolescentes conozcan más a Jesús. Y eso llena el corazón de gratitud.
LO QUE PERMANECE CUANDO TODO TERMINA
Hoy, si volviera a recorrer aquel lugar, ya no encontraría las hileras de tiendas que daban vida al campamento. Las cocinas ya fueron desmontadas, los fogones se apagaron, las mesas se recogieron y los escenarios quedaron en silencio. El bullicio de los niños dio paso a la calma, y los caminos por los que durante unos días caminaron miles de personas volvieron a quedar vacíos.
Pero hay algo que no desapareció cuando terminó el Camporé. Permanecen las amistades que nacieron, las decisiones espirituales que se tomaron, el servicio generoso de tantos voluntarios y, sobre todo, las semillas que Dios sembró en el corazón de nuestros niños y jóvenes. Los campamentos terminan; la obra de Dios en la vida de las personas continúa.
UNA GRATITUD PROFUNDA
Regreso profundamente agradecido. Agradecido a cada cocinero que convirtió una comida en un acto de amor. A cada monitor que renunció a su descanso para cuidar de sus niños. A cada voluntario que trabajó sin esperar reconocimiento. A cada director que asumió responsabilidades con humildad. A cada pastor que caminó junto a sus clubes. A cada padre y a cada madre que hicieron posible esta experiencia. Y, por encima de todo, agradecido a Dios.
Porque durante estos días no solo he visto un Camporé bien organizado. He visto una Iglesia que ama. He visto una Iglesia que sirve. He visto una Iglesia que cree en la próxima generación. He visto el Evangelio hecho visible en cientos de gestos sencillos. He visto a Cristo reflejado tanto en el escenario como en la cocina, tanto en la plataforma como detrás de una olla, tanto en quien dirigía una ceremonia como en quien fregaba una bandeja.
Ese es el Camporé que guardaré en mi corazón. El que no aparece en las estadísticas, el que no siempre se refleja en los informes, el que solo descubre quien se detiene a mirar con ojos de aprecio. Y doy gracias a Dios por haberme permitido verlo.


