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Cada 18 de febrero se conmemora el  Día Internacional del Asperger, pero esta fecha no debería limitarse a defender o naturalizar una forma de percibir el mundo mucho más intensa. Debería ser un llamado profundo a revisar cómo estamos tratando a los demás. A todos. Hay un bullying silencioso que rodea a quien es diferente por el simple hecho de no encajar. ¿Cómo podemos luchar contra eso los cristianos?

Un estudio publicado en 2025 en la Revista de Discapacidad, Clínica y Neurociencias, titulado: La violencia escolar en niños/as y adolescentes con diagnóstico de Trastorno Espectro Autista nivel 1 reveló que el 95,58% del alumnado con diagnóstico de Asperger o TEA nivel 1 evaluado se encontraba en riesgo prioritario de acoso escolar. El 71% afirmó recibir conductas violentas. El recreo fue el contexto más frecuente. Y solo el 28,17% indicó que el centro educativo identificó la situación.

La exclusión no grita; susurra

Todos sabemos que para algunos niños el recreo puede ser más intimidante que cualquier examen. Que la exclusión no grita; susurra. Y que lo más doloroso no siempre es el insulto, sino el silencio compartido cuando nadie te elige.

La forma predominante en el estudio no fue la agresión física. Fue la violencia psicológica indirecta.

La que no deja marcas. Aquella que no activa protocolos. La que casi nadie detecta.

No hablamos necesariamente de empujones o insultos abiertos. Hablamos de dinámicas como:

«No ser elegido en trabajos grupales».
«Quedarse sin equipo y que el profesor tenga que asignarlo».
«No tener con quién estar en el recreo».
«Ser sistemáticamente ignorado».
«Ser excluido de cumpleaños o planes».

Exclusión estructural

Eso no suele aparecer en los partes disciplinarios. Pero se repite. Y cuando se repite, se convierte en exclusión estructural.

Muchos estudiantes neurodivergentes interiorizan la experiencia como un fallo personal. Si la violencia es indirecta, ambigua, difícil de interpretar, puede confundirse con «no encajo» o «soy yo el problema».

El resultado es devastador: ansiedad anticipatoria, insomnio, retraimiento social, pérdida de participación en clase, desconfianza generalizada.

La violencia psicológica no deja moratones, pero erosiona la identidad.

«El Señor está cerca de los quebrantados de corazón» (Salmo 34:18). Si creemos que cada ser humano ha sido creado «a imagen de Dios» (Génesis 1:27), entonces cada acto de exclusión no es solo una falta pedagógica. Es una herida espiritual.

El bullying

El bullying es la práctica de esa anormalidad que es el pecado en el ser humano. Según la RAE: «El bullying es el acoso escolar como una forma de violencia intencional, constante y repetida, física, psicológica o verbal, ejercida por uno o varios estudiantes sobre otro, generalmente en situación de desventaja. Busca humillar y aislar a la víctima, dándose a menudo en entornos escolares o redes sociales».

Cuando crecemos, no es que deje de existir,  solamente se le cambia el nombre. Ya no es bullying, sino mobbing… pero es lo mismo: una clara falta de empatía y respeto por el otro.

Sufren bullying muchos niños y adultos que son distintos o simplemente tienen una cultura, una religión, un nivel social o un color de piel diferente. Hay un bullying silencioso que rodea a quien es diferente, por el simple hecho de serlo, de no encajar.

Si nos basamos en la Biblia, todos somos iguales, porque todos somos diferentes. Altos, bajos; gordos, flacos; blancos, negros; neurotípicos, neurodivergentes; coléricos, flemáticos, sanguíneos, melancólicos; extrovertidos, introvertidos; sordos, ciegos… Somos como un mosaico de colores, tamaños y variedad… Así es. Los seres humanos venimos en miles de configuraciones distintas.

Vivimos en una sociedad capacitista, que valora a las personas por lo que pueden ofrecer a la sociedad, y puede resultar chocante saber que muchos neurodivergentes han sido grandes científicos (como Nikola Tesla, Marie Curie, Isaac Newton o Temple Grandin), así como muchas personas ciegas (como Leonhard Euler o Nikolai Lobachevsky) y sordas (como Thomas Edison, Wanda Díaz-Merced o Konstantín Tsiolkovski). Y también muchas con dificultades motoras (como Stephen Hawking o Hugh Herr). Te animo a investigar, porque las listas de ejemplos son enormes.

Y es que el problema no está en lo diferente, sino en la dificultad humana para aceptar y amar. 

La anormalidad del pecado

No me gusta el término «discapacidad», porque el prefijo dis- denota principalmente ‘negación’, ‘contrariedad’, ‘separación’ o ‘dificultad’, ‘anomalía’, y a mi entender no hay nadie falto de capacidad, y tan solo un tipo de anomalía real: la maldad. Lo que sí es cierto es que la discapacidad es una etiqueta que nos ayuda a comprender que el otro necesita nuestra ayuda. No porque sea menos, sino porque es diferente. Puede ser incluso mejor que nosotros en algunas cosas, pero hay algo en lo que necesita nuestra solidaridad de manera especial.

Todos tenemos capacidades diferentes y también dificultades distintas. No conozco a nadie que no tenga ambas cosas. Todos (y quiero decir el 100%) los seres humanos tenemos dificultades y dones. Pero incluso aquellos que enfrentan las dificultades más visibles son capaces de grandes logros.

Diversos y necesarios

Al Gran Diseñador le gusta la diversidad. Nos creó como un cuerpo (1 Corintios 12, Romanos 12), con dones y  capacidades diferentes. Y nos hizo a todos distintos, pero igual de importantes y necesarios. Somos un cuerpo; unos son ojo, otros mano… otros pies… No hay nada que no necesitemos. Todos tienen su lugar. Sin embargo, la falta de amor (la única discapacidad real) nos lleva a faltarnos el respeto, rechazarnos y tratarnos mal. 

Si lo piensas, la Biblia está llena de personas «que no encajaban». El propio Jesús fue «diferente» durante toda su vida, tanto que sus hermanastros nunca le aceptaron. Juan el Bautista podría ser otro ejemplo de «raro»… y hay muchos más, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. José… Elías… Daniel… ¡Ser distinto nunca ha sido fácil!

Ampliando la mirada

La hiperactividad suele etiquetarse como «mala conducta».
La dislexia se confunde con falta de esfuerzo.
La doble excepcionalidad —cuando coexisten altas capacidades con otra neurodivergencia— genera incomprensión doble.
La alta capacidad se romantiza como si el talento inmunizara contra la soledad de ser diferente.

La evidencia internacional indica que el alumnado neurodivergente presenta mayor riesgo de victimización escolar (UNESCO, 2019; OCDE, 2022). Más que las personas sordas, más que las personas ciegas, más que las personas con dificultades motoras… ¿Por qué? Porque no se ve tan fácilmente. 

En la alta capacidad puede existir desfase emocional.
En la hiperactividad, la impulsividad provoca rechazo social.
En la dislexia, la lectura en voz alta puede convertirse en humillación pública.
En la doble excepcionalidad, la identidad se fragmenta entre «eres brillante» y «eres problemático».

El aislamiento también es acoso

El estudio señala el recreo como el espacio de mayor riesgo. No es casual. Es un entorno poco estructurado, con códigos sociales implícitos que nadie enseña de forma explícita.

Para muchos estudiantes neurodivergentes, el recreo es un laboratorio social sin manual de instrucciones. Y cuando nadie interviene, la soledad se normaliza.

Pero el aislamiento repetido también es acoso.

Y cuando además se culpa al estudiante por «provocar» la situación, el daño se profundiza. Parte del alumnado evaluado fue responsabilizado de lo que sufría. Más de la mitad expresó sentir que no puede confiar en los demás (Revista de Discapacidad, Clínica y Neurociencias, 2025).

Eso no es fragilidad. Es trauma relacional.

Perspectiva adventista: educar para pertenecer

«Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros…» (1 Corintios 12:12). Pablo no describe uniformidad. Describe interdependencia. Ningún miembro sobra. Ninguna diferencia invalida la pertenencia.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día ha defendido históricamente una educación integral: mente, cuerpo y espíritu. Pero una educación verdaderamente redentora no puede ignorar el dolor invisible.

No basta con incluir. Hay que garantizar pertenencia.

Eso implica:

  • Formación docente específica en neurodivergencia.
  • Detección de violencia psicológica indirecta.
  • Espacios estructurados en recreos.
  • Enseñanza explícita de habilidades sociales.
  • Fortalecimiento de la identidad neurodivergente, no su normalización forzada.

Jesús dijo: «Venid a mí todos» (Mateo 11:28). No pidió adaptación previa. Tampoco exigió que encajaran. No estableció jerarquías cognitivas. Se entregó por todos los seres humanos, sin excepción.

El mosaico divino

Nuestras diferencias son parte del mosaico divino. Unas piezas tienen ángulos; otras, colores intensos. Algunas requieren paciencia para comprender cómo encajan. Pero ninguna es prescindible. Y el pegamento que las une a todas es el Amor en Jesús. Entender que somos un solo cuerpo en Él. 

«Amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos» (Juan 13:34-35).

El bullying nace cuando apartamos, excluimos y despreciamos las piezas del mosaico que no se parecen a la mayoría. Pero no olvidemos que todas las piezas fuimos formadas a imagen del Creador, y que Cristo murió por todas y cada una de nosotras.

Visibilicemos la violencia invisible; la que daña el alma. Y eliminemos la indiferencia con empatía, cariño y comprensión. 

Decidamos que la única anormalidad es la falta de bondad.

Aprendamos a amar nuestras diferencias y a perdonar y apoyar nuestras dificultades, como familia e iglesia en Cristo; y a valorar y poner al servicio de los demás nuestros dones y capacidades… que no son nuestros, son Suyos.

Entendamos, de una vez, que, en el diseño de Dios, más allá de nuestras diferencias… o precisamente por ellas… todos somos amados, necesarios y complementarios.

Autora: Esther Azón, teóloga y comunicadora. Editora y redactora de revista.adventista.es
Imagen: Shutterstock.

Fuente: Acoso escolar en el Asperger: la violencia psicológica invisible que casi nadie detecta (investigación adjunta 2025)

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