Iconexión — Una serie de conversaciones sobre fe, teología y vida entre Víctor M. Armenteros y Lerda Ancilla.
💡 Consejo de Lerda sobre este texto: «Cuando Dios responde de una manera distinta a la que esperamos, la fe nos invita a confiar en su sabiduría más que en nuestros propios planes. La oración madura no siempre cambia las circunstancias, pero siempre puede transformar nuestro corazón y recordarnos que nunca caminamos solos».
Pocas experiencias resultan tan desconcertantes para un creyente como la sensación de que Dios no responde a una oración. Oramos por la salud de un ser querido y la enfermedad continúa. Pedimos una puerta abierta y parece cerrarse. Suplicamos dirección y el silencio se prolonga. Entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿me ha escuchado Dios?
La cuestión no es nueva. Atraviesa toda la historia bíblica. Los salmos están llenos de creyentes que claman: «¿Hasta cuándo, Señor?». Job pasó largos capítulos preguntándose por qué Dios guardaba silencio. El profeta Habacuc no entendía la aparente inacción divina frente a la injusticia. Incluso Jesús, en la cruz, expresó el profundo dolor de quien no percibe la respuesta esperada.
UNA RESPUESTA DISTINTA A LA ESPERADA
Quizá por eso conviene comenzar afirmando algo fundamental: el problema no es que Dios no escuche. La verdadera cuestión es que, en ocasiones, Dios responde de maneras distintas a las que nosotros habíamos imaginado. Muchas veces nos acercamos a la oración con una idea bastante clara de cuál debería ser la respuesta correcta. Oramos, pero ya hemos decidido de antemano cómo debería actuar Dios. Sin embargo, la primera gran lección de la oración consiste precisamente en reconocer que el centro no somos nosotros.
Cuando Jesús enseñó a orar, incluyó una frase que sigue siendo tan hermosa como incómoda: «Hágase tu voluntad». No «hágase mi voluntad bendecida por Dios», sino la tuya. La oración auténtica no busca convencer a Dios para que adopte nuestros planes. Busca que nosotros aprendamos a participar en los suyos.
EXAMINAR NUESTROS MOTIVOS
Esto nos obliga también a examinar nuestros motivos. Santiago lo expresó con una sinceridad desarmante cuando escribió: «Pedís y no recibís, porque pedís mal» (Stg. 4:3). No toda petición nace de las mismas motivaciones. A veces nuestras oraciones buscan la gloria de Dios; otras veces buscan simplemente alimentar nuestro orgullo, nuestra comodidad o nuestros deseos más inmediatos.
La oración tiene una curiosa capacidad para actuar como un espejo. Mientras hablamos con Dios, terminamos descubriendo aspectos de nosotros mismos que quizá no habíamos querido reconocer. Y entre ellos aparece una realidad de la que la Biblia habla con notable claridad: la incoherencia espiritual. No se trata de alcanzar una perfección imposible, sino de preguntarnos honestamente si estamos aferrándonos deliberadamente a aquello que sabemos que nos aleja de Dios.
UNA RELACIÓN, NO UNA TÉCNICA
La oración no es una técnica espiritual que funciona independientemente de nuestras decisiones. Es parte de una relación. Por eso Jesús habla una y otra vez de permanecer en Él. La oración cristiana no consiste únicamente en presentar una lista de peticiones. Surge de una comunión continua. Cuanto más profunda es la relación, más aprendemos a discernir el corazón de Dios.
Algo parecido ocurre en cualquier amistad auténtica. Las personas que se conocen bien terminan comprendiendo intuitivamente los deseos, preocupaciones y valores del otro. No porque hayan dejado de hablar, sino porque han aprendido a convivir. La oración madura nace precisamente de esa cercanía.
LA FE COMO CONFIANZA, NO COMO FÓRMULA
Por supuesto, la Biblia también insiste en la importancia de la fe. Sin embargo, aquí debemos ser cuidadosos. La fe no es una fuerza mágica capaz de obligar a Dios a conceder cualquier petición. Tampoco es una especie de optimismo religioso donde basta con creer intensamente para obtener resultados. La fe bíblica es confianza, y la confianza incluye aceptar que Dios sigue siendo Dios incluso cuando no entendemos sus decisiones. A veces pensamos que tener fe significa estar seguros de que recibiremos exactamente aquello que hemos pedido. Pero, en realidad, tener fe significa seguir confiando incluso cuando la respuesta adopta una forma diferente.
HUMILDAD Y PACIENCIA
Otro aspecto que las Escrituras destacan con frecuencia es la condición del corazón humano. La humildad ocupa un lugar central en la experiencia de la oración. No porque Dios disfrute humillándonos, sino porque el orgullo dificulta la escucha. El orgulloso suele acercarse a Dios con respuestas; el humilde se acerca con preguntas. El orgulloso pretende enseñar a Dios lo que debe hacer; el humilde reconoce que quizá necesita aprender algo antes de recibir aquello que solicita. Por eso la oración transforma tanto al que ora. A menudo creemos que la finalidad principal de la oración es cambiar las circunstancias. Sin embargo, muchas veces Dios utiliza la oración para cambiar a la persona que está orando.
También aprendemos en la Escritura que algunas respuestas requieren tiempo. Vivimos en una cultura acostumbrada a la inmediatez. Queremos resultados rápidos, soluciones instantáneas y respuestas inmediatas. Pero Dios rara vez parece tener prisa. Abrahán esperó décadas. José atravesó años de incertidumbre. David fue ungido rey mucho antes de sentarse en el trono. Los discípulos tuvieron que recorrer un largo camino antes de comprender plenamente quién era Jesús. La perseverancia no es una señal de que Dios no esté actuando. Con frecuencia es parte del proceso mediante el cual Dios actúa.
EL PERDÓN COMO PUENTE
Entre las enseñanzas más difíciles de Jesús aparece una que toca directamente nuestras relaciones con los demás: el perdón. No es casualidad que Jesús vincule repetidamente la oración y la reconciliación. El resentimiento posee una extraordinaria capacidad para endurecer el corazón. Cuando nos negamos a perdonar, algo dentro de nosotros se bloquea. No porque Dios deje de amarnos, sino porque nosotros mismos levantamos barreras que dificultan experimentar plenamente su gracia.
«BÁSTATE MI GRACIA»
Y llegamos así a la cuestión más difícil de todas. ¿Qué ocurre cuando hemos examinado nuestros motivos, hemos perseverado, hemos confiado, hemos buscado sinceramente a Dios y, aun así, la respuesta sigue siendo diferente de la esperada? La Biblia responde con una historia profundamente humana. Pablo pidió varias veces que Dios eliminara aquello que llamaba su «aguijón en la carne». No sabemos exactamente qué era. Lo que sí sabemos es que Dios no respondió como Pablo deseaba. En lugar de eliminar el problema, le dijo: «Bástate mi gracia».
A primera vista parece una respuesta decepcionante. Sin embargo, con el tiempo Pablo descubrió algo extraordinario. Dios no siempre elimina aquello que nos hace sufrir, pero nunca deja de acompañarnos en medio del sufrimiento. A veces responde cambiando las circunstancias. Otras veces responde cambiándonos a nosotros. Y otras veces responde ofreciéndonos una presencia suficiente para atravesar aquello que no puede ser evitado.
DIOS ESCUCHA SIEMPRE
Quizá el error más frecuente consiste en pensar que una oración no respondida es una oración ignorada. La Biblia presenta una realidad muy distinta. Dios escucha siempre. Pero escucha como un Padre, no como una máquina expendedora. Ve más lejos que nosotros. Comprende aspectos de la realidad que escapan a nuestra percepción. Conoce no solo aquello que deseamos hoy, sino también aquello que necesitaremos mañana.
Por eso la oración cristiana termina donde comienza toda auténtica fe: en la confianza. No la confianza de quien siempre obtiene lo que pide, sino la confianza de quien ha llegado a creer que, incluso cuando no comprende la respuesta, puede seguir confiando en Aquel que responde. Porque la mayor promesa de la oración nunca fue que Dios haría siempre nuestra voluntad. La mayor promesa es que nunca dejará de acompañarnos mientras aprendemos a confiar en la suya.
Por Víctor M. Armenteros


