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Iconexión — Una serie de conversaciones sobre fe, teología y vida entre Víctor M. Armenteros y Lerda Ancilla.

💡 Consejo de Lerda sobre este texto: «La fe madura une confianza y comprensión. No se trata solo de creer con el corazón ni únicamente de entender con la mente, sino de caminar con ambas: conocer a Dios lo suficiente para confiar en Él y confiar en Él lo suficiente para seguir conociéndole».

UNA FE CON DOS PIERNAS

Existe una curiosa tendencia entre los cristianos a dividir lo que la Biblia suele mantener unido. A veces contraponemos corazón y mente, experiencia y doctrina, confianza y reflexión, como si tuviéramos que elegir entre una fe sencilla o una fe pensada. Sin embargo, cuando abrimos las Escrituras descubrimos algo mucho más interesante. La fe bíblica parece caminar sobre dos piernas. Si una falla, la marcha se vuelve torpe. Si ambas trabajan juntas, el creyente avanza con equilibrio.

Quizá por eso resulta tan enriquecedor observar dos de las palabras más importantes que la Biblia utiliza para hablar de la fe: la hebrea emunah y la griega pistis. No son conceptos opuestos. Son dos ventanas que se abren hacia una misma realidad.

EMUNAH: LA FE COMO FIDELIDAD

La primera surge en el mundo hebreo, un universo profundamente práctico donde las palabras suelen expresarse mediante acciones concretas. Emunah procede de una raíz relacionada con la firmeza, la estabilidad y la fidelidad. Es la misma familia de palabras de la que deriva nuestro conocido «amén». Cuando un hebreo hablaba de fe, no pensaba principalmente en una teoría o en una idea. Pensaba en algo sólido, en alguien digno de confianza, en una relación que permanece firme cuando llegan las dificultades. Por eso la mejor traducción de emunah quizá no sea simplemente «creer», sino «mantenerse fiel».

La imagen de Abrahán resulta especialmente ilustrativa. Cuando Dios lo llamó a abandonar su tierra, no le entregó un plan detallado ni un itinerario completo. Simplemente le pidió que caminara. Y Abrahán caminó, no porque entendiera todas las implicaciones del viaje ni porque hubiera resuelto todas las preguntas, sino porque confiaba en quien lo había llamado. Esa es la esencia de emunah: la fidelidad perseverante que sigue adelante cuando las circunstancias parecen contradictorias, que permanece cuando las emociones desaparecen y que no depende de comprenderlo todo para continuar confiando.

Por eso los salmos presentan constantemente a Dios como roca, refugio, fortaleza o fundamento. La fe hebrea no gira tanto alrededor de las ideas correctas como alrededor de la confianza en una persona confiable.

PISTIS: LA FE COMO CONVICCIÓN

Pero cuando llegamos al Nuevo Testamento encontramos un mundo cultural diferente. El cristianismo comienza a expandirse en territorios marcados por la filosofía griega, donde las preguntas sobre la verdad, el conocimiento y la comprensión ocupaban un lugar central. Allí aparece la palabra pistis. Por supuesto, también significa confianza. Pero incorpora matices relacionados con la convicción, el convencimiento y la adhesión consciente a una verdad. La fe ya no es solamente permanecer firme; también implica comprender aquello en lo que se cree.

Por eso encontramos a Pablo dialogando con filósofos en Atenas, razonando en las sinagogas y explicando el evangelio mediante argumentos cuidadosamente elaborados. El cristianismo no teme al pensamiento ni considera la reflexión un enemigo de la fe. Al contrario: la verdad de Dios puede soportar el examen de la razón. En este contexto, la fe aparece como una respuesta consciente a la revelación divina. El creyente escucha, reflexiona, discierne y toma una decisión, porque no se trata únicamente de confiar, sino también de comprender por qué confiamos.

DOS PALABRAS, UN MISMO CAMINO

Quizá podríamos decir que emunah mira principalmente al carácter de Dios, mientras que pistis presta una atención especial a la verdad de Dios. Una enfatiza la fidelidad; la otra, la convicción. Una destaca la permanencia; la otra, la comprensión. Pero ambas conducen hacia el mismo lugar.

El problema aparece cuando intentamos separar lo que la Biblia ha unido. Algunas personas desarrollan una espiritualidad profundamente emocional y experiencial, pero poco reflexiva. Confían mucho, pero les cuesta explicar aquello en lo que creen. Su fe puede ser sincera, aunque corre el riesgo de volverse vulnerable ante cualquier argumento novedoso o cualquier crisis intelectual.

Otras personas recorren el camino contrario. Acumulan conocimientos, dominan doctrinas y elaboran sofisticadas construcciones teológicas, pero su experiencia espiritual se vuelve fría y distante. Conocen muchas cosas acerca de Dios, aunque corren el riesgo de dejar de caminar con Él. En ambos casos algo esencial se pierde, porque la fe bíblica nunca fue concebida como una elección entre corazón y mente.

AMAR A DIOS CON TODO EL SER

Jesús mismo resumió el gran mandamiento afirmando que debemos amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente. No establece una competencia entre estas dimensiones; las integra. La fe madura necesita tanto la confianza de Abrahán como la reflexión de Pablo, así como la fidelidad de quien sigue caminando en medio de la oscuridad y el discernimiento de quien busca comprender mejor la verdad revelada.

De hecho, las grandes figuras de la Biblia suelen combinar ambas dimensiones. Moisés confía y pregunta. David adora y reflexiona. María cree y medita. Pablo razona y se entrega completamente a Cristo. Ninguno de ellos tuvo una fe puramente emocional ni exclusivamente intelectual: todos aprendieron a unir confianza y comprensión.

Quizá por eso Hebreos define la fe como «la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve». La definición contiene ambas perspectivas: hay confianza, pero también convicción; hay entrega, pero también comprensión. La fe bíblica es más robusta de lo que a veces imaginamos. No teme las preguntas porque descansa en una relación, y tampoco teme la relación porque está fundamentada en la verdad.

En un tiempo donde algunos desconfían de la razón y otros desconfían de la fe, el evangelio sigue proponiendo una síntesis extraordinaria. Nos invita a pensar profundamente y a confiar plenamente, a estudiar y a adorar, a examinar y a entregarnos. Porque la fe cristiana no consiste únicamente en saber cosas sobre Dios, ni tampoco únicamente en sentir cosas acerca de Dios. Consiste en conocerle lo suficiente como para confiar en Él, y confiar en Él lo suficiente como para seguir conociéndole.

Quizá esa sea la mejor manera de entender la relación entre emunah y pistis. La fe tiene dos piernas. Y solo cuando ambas avanzan juntas podemos caminar con estabilidad hacia el Reino de Dios.

Por Víctor M. Armenteros

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