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Iconexión — Una serie de conversaciones sobre fe, teología y vida entre Víctor M. Armenteros y Lerda Ancilla.

💡 Consejo de Lerda sobre este texto: «El arrepentimiento auténtico no consiste en sentirse culpable, sino en volver a Dios. Las emociones pueden ser el comienzo del camino, pero la verdadera transformación ocurre cuando el dolor por el pecado nos lleva a cambiar de dirección y a reencontrarnos con la gracia de Cristo».

Pocas palabras han sido tan mal entendidas dentro y fuera de la iglesia como la palabra arrepentimiento. Para algunas personas evoca imágenes de tristeza, culpa o castigo. Para otras, representa una experiencia emocional intensa asociada a una conversión religiosa. Incluso hay quienes la relacionan con una lista de prohibiciones o con una permanente sensación de indignidad. Sin embargo, cuando nos acercamos a la Biblia descubrimos algo sorprendente: el arrepentimiento es mucho más profundo, más dinámico y también más esperanzador de lo que solemos imaginar.

¿REMORDIMIENTO?

Quizá uno de los primeros errores consiste en identificar arrepentimiento con remordimiento. Todos conocemos esa sensación desagradable que aparece después de cometer un error. Nos sentimos mal por lo que hemos hecho. Lamentamos las consecuencias. Desearíamos volver atrás y actuar de otra manera. Pero la Escritura distingue cuidadosamente entre sentirse mal y cambiar de vida.

El lenguaje bíblico del Antiguo Testamento utiliza varios términos para describir esta realidad. Uno de ellos expresa la idea de lamentarse, sentir pesar o experimentar dolor por una situación. Es una dimensión importante porque nadie abandona sinceramente el pecado sin reconocer primero su gravedad. Sin embargo, el término central del arrepentimiento bíblico apunta en otra dirección. Significa literalmente volver, regresar, darse la vuelta y emprender un nuevo camino. No se trata simplemente de una emoción interior, sino de una reorientación de la existencia. La imagen es extraordinariamente gráfica: una persona descubre que está caminando en dirección equivocada y decide cambiar de rumbo. Eso es el arrepentimiento.

CAMBIO

Los profetas repiten constantemente el llamado divino: «Volved a mí». No están invitando al pueblo únicamente a sentirse culpable. Lo están llamando a regresar a una relación rota.

Cuando llegamos al Nuevo Testamento encontramos una idea muy semejante, aunque expresada con otro matiz. La palabra griega más habitual para arrepentimiento es metanoia, un término que combina la idea de cambio y mente. No describe simplemente una modificación intelectual ni una corrección de opiniones. Habla de una transformación profunda de la manera de pensar, percibir y vivir.

Juan el Bautista la predica junto al Jordán. Jesús la convierte en uno de los ejes de su mensaje. Los apóstoles la anuncian después de Pentecostés. En todos los casos aparece vinculada a una transformación integral de la persona. El arrepentimiento bíblico no consiste en añadir algunas mejoras a nuestra vida anterior. Supone una nueva orientación del corazón.

Quizá por eso la Biblia también presenta ejemplos de personas que experimentaron remordimiento sin llegar a una verdadera conversión. Judas constituye el caso más conocido. Después de traicionar a Jesús sintió un profundo pesar. Reconoció su error. Sufrió las consecuencias psicológicas de su decisión. Sin embargo, el relato bíblico nunca presenta aquella experiencia como una auténtica restauración espiritual.

Pedro, por el contrario, también cayó. También lloró. También experimentó dolor y vergüenza. Pero su historia no terminó en el fracaso. Su arrepentimiento lo condujo nuevamente hacia Cristo. La diferencia no radica únicamente en la intensidad de las emociones. Ambos sufrieron. Ambos lamentaron lo ocurrido. La diferencia está en la dirección hacia la que los condujo ese dolor. Uno quedó atrapado en sí mismo. El otro regresó a Dios.

ATRICIÓN Y CONTRICIÓN

Esta distinción ha sido tradicionalmente expresada mediante dos conceptos que siguen siendo útiles: atrición y contrición. La atrición es el dolor provocado principalmente por las consecuencias del pecado. Tememos el castigo, la pérdida, el sufrimiento o el daño producido. En cierto sentido, seguimos siendo nosotros mismos el centro de la experiencia. La contrición, en cambio, nace cuando comprendemos que nuestro pecado ha herido una relación. El centro ya no es el daño que yo recibo, sino el amor que he despreciado.

Por eso David, después de su caída, puede exclamar: «Contra ti, contra ti solo he pecado» (Sal. 51:4). No está negando el daño causado a otras personas. Está reconociendo que toda rebelión humana termina siendo, en última instancia, una ruptura con Dios. Cuando el corazón comprende esto, el arrepentimiento deja de ser una simple reacción emocional y se convierte en una búsqueda sincera de restauración.

¿DIOS SE ARREPIENTE?

Pero quizá el aspecto más desconcertante del tema aparece cuando la propia Biblia afirma en algunos textos que Dios «se arrepintió». Muchos lectores se sienten incómodos ante esta afirmación. ¿Significa que Dios cometió errores? ¿Implica que cambia de opinión porque descubre información que desconocía? ¿Acaso es tan inestable como nosotros? La respuesta es no.

Los autores bíblicos utilizan aquí un lenguaje humano para describir la manera en que Dios actúa en la historia. Cuando una persona o una nación cambia radicalmente su actitud hacia Dios, la relación también cambia. Dios responde de forma diferente porque la situación es diferente. Nínive constituye el ejemplo clásico. La ciudad se arrepiente y el juicio anunciado no llega a ejecutarse. No porque Dios haya descubierto un error en sus cálculos, sino porque el propósito mismo de la advertencia era conducir al arrepentimiento.

La Escritura mantiene simultáneamente dos afirmaciones que no son contradictorias. Por una parte, Dios responde a las decisiones humanas y actúa en la historia. Por otra, su carácter permanece inmutable. Cambian las circunstancias; no cambia su amor. Cambia la situación histórica; no cambian sus propósitos eternos.

Todo esto nos lleva a una conclusión importante: el arrepentimiento bíblico nunca termina en el arrepentimiento. Su objetivo no es producir culpa permanente ni fomentar una espiritualidad obsesionada con el pecado. Su propósito es conducirnos a una vida nueva.

Por eso el proceso suele seguir una secuencia reconocible. Primero aparece la convicción. Después el dolor sincero. Más tarde la confesión. Luego llega el cambio de dirección. Finalmente aparecen los frutos visibles de una vida transformada. El arrepentimiento auténtico siempre mira hacia adelante. No nos deja encerrados contemplando nuestros errores. Nos impulsa hacia la gracia. Tal vez por eso el evangelio nunca presenta el arrepentimiento como una mala noticia. La mala noticia es el pecado. El arrepentimiento es la puerta de salida.

Es el momento en que dejamos de huir de Dios para volver a sus brazos. Y esa es, probablemente, la definición más sencilla y más hermosa de todas: arrepentirse es volver a casa.

Por Víctor M. Armenteros

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