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Iconexión — Una serie de conversaciones sobre fe, teología y vida entre Víctor M. Armenteros y Lerda Ancilla.

💡 Consejo de Lerda sobre este texto: «La voluntad de Dios no es conocer cada detalle del futuro, sino aprender a confiar en quien guía nuestros pasos. La fe madura no camina con un mapa completo en las manos, sino con la certeza de que Cristo conoce el camino y nos conduce hacia Él».

Hay una escena que se repite con frecuencia en la vida espiritual de muchos creyentes. Alguien debe tomar una decisión importante y comienza a preguntarse cuál es la voluntad de Dios. ¿Debo aceptar este trabajo? ¿Es este el momento adecuado? ¿Estoy en el lugar correcto? ¿Qué ocurrirá dentro de cinco años? ¿Y dentro de diez?

Sin darnos cuenta, solemos imaginar la voluntad de Dios como si fuera un mapa detallado que contiene cada curva, cada desvío y cada acontecimiento de nuestra existencia. Nos gustaría desplegarlo sobre la mesa, estudiarlo detenidamente y conocer de antemano el recorrido completo antes de dar el primer paso. Sin embargo, la experiencia bíblica parece apuntar en otra dirección.

PROBLEMA 1: QUERER CONOCER TODO EL RECORRIDO

Dios rara vez mostró a sus siervos el camino completo. Cuando llamó a Abrahán, no le entregó un plano detallado del viaje. Le pidió que saliera de su tierra y caminara hacia un destino que le iría revelando progresivamente. Israel cruzó el desierto sin conocer todas las etapas del trayecto. Los discípulos siguieron a Jesús sin comprender plenamente hacia dónde los conduciría aquella aventura. Quizá porque la fe no consiste en conocer todo el recorrido, sino en confiar en quien nos guía.

Una de nuestras mayores dificultades surge precisamente aquí. Queremos saber demasiado pronto. Nos gustaría disponer de todas las respuestas antes de comprometernos con el camino. Pedimos certezas sobre el futuro cuando Dios nos está ofreciendo confianza para el presente. Muchas veces nuestra ansiedad espiritual nace de ese deseo de controlar lo que todavía no ha llegado. Nos inquieta no conocer la siguiente etapa, cuando quizá la única luz que necesitamos es la suficiente para dar el próximo paso.

La voluntad de Dios suele parecerse más a una linterna que a un foco de estadio. Ilumina el terreno necesario para avanzar, pero no siempre el horizonte completo.

PROBLEMA 2: EMPEZAR DESDE EL LUGAR EQUIVOCADO

Otra fuente frecuente de frustración aparece cuando descubrimos que no existe una única trayectoria idéntica para todos. A veces imaginamos que Dios tiene preparado un itinerario exacto y que cualquier desviación nos expulsa definitivamente de sus planes. Como si la vida espiritual fuera una especie de examen donde una sola respuesta es correcta y todas las demás conducen al fracaso.

La realidad es bastante más compleja y, probablemente, más misericordiosa. La Biblia está llena de personas que llegaron a servir a Dios por caminos muy distintos. Moisés creció en un palacio egipcio. David pasó por los pastos y las cuevas. Daniel sirvió en una corte extranjera. Pedro era pescador. Pablo fue fariseo. Sus historias son radicalmente diferentes y, sin embargo, Dios actuó a través de todos ellos.

Eso no significa que cualquier decisión sea igualmente buena ni que el discernimiento sea innecesario. Muchos comienzan desde un lugar equivocado. Significa que Dios es capaz de conducirnos incluso a través de rutas que nosotros jamás habríamos imaginado. Su propósito es más grande que nuestros esquemas.

PROBLEMA 3: QUERER SABER CUÁNTO TARDARÁ

También solemos obsesionarnos con el tiempo. Queremos saber cuánto tardará Dios en responder una oración, cuándo llegará la solución, cuánto durará la espera o cuándo veremos resultados. Vivimos en una cultura acostumbrada a la inmediatez. Esperamos respuestas instantáneas, entregas en pocas horas y soluciones rápidas. Sin embargo, el ritmo de Dios rara vez coincide con la impaciencia humana.

Abrahán esperó décadas por la promesa. José pasó años en prisión antes de alcanzar la posición que Dios había preparado para él. Israel aguardó generaciones enteras antes de entrar en la tierra prometida. Los discípulos tuvieron que recorrer un largo camino antes de comprender plenamente quién era Jesús.

La espera no siempre significa ausencia de Dios. En muchas ocasiones forma parte de la manera en que Dios nos transforma. Mientras nosotros solemos preocuparnos por la velocidad, Dios parece estar más interesado en nuestro crecimiento.

SOLUCIÓN: GIRAR, SI ES NECESARIO, HACIA LO CORRECTO

Existe, además, otra tentación muy humana: buscar reglas universales que eliminen la necesidad de discernir. Nos gustan las fórmulas simples. Nos tranquilizan. Nos permiten pensar que la vida espiritual puede reducirse a una serie de instrucciones aplicables a cualquier situación. Pero la madurez cristiana no consiste en aprender recetas, sino en desarrollar sensibilidad espiritual.

Eso sí, para salir del laberinto de la vida lo correcto es ir siempre hacia la derecha (nada de sentido político, derecha = lo correcto bíblicamente hablando), aunque haya que girar. Seguir a Dios exige escuchar, observar, aprender y, en ocasiones, rectificar. Hay momentos para avanzar y momentos para esperar. Hay puertas que se abren y otras que se cierran. Hay caminos rectos y hay rodeos inesperados. Por eso la voluntad de Dios no puede reducirse a una técnica. Es una relación. Y quizá ahí encontramos la enseñanza más importante de todas.

LA VERDADERA VOLUNTAD DE DIOS

Con frecuencia hablamos de la voluntad de Dios como si fuera un itinerario secreto que debemos descifrar. Sin embargo, Jesús la definió de una manera mucho más sencilla y profunda:

«Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna». Juan 6:40.

Resulta significativo que Jesús no centre la atención en un conjunto de detalles biográficos, sino en una relación. El centro de la voluntad de Dios no es un empleo concreto, una ciudad determinada o una secuencia exacta de acontecimientos. El centro es Cristo. Esto no significa que las decisiones cotidianas carezcan de importancia. Significa que todas ellas adquieren sentido a la luz de una realidad mayor.

A veces buscamos desesperadamente señales para conocer el camino, cuando Dios está intentando acercarnos al destino. Y el destino tiene nombre. Es Cristo. Al final, la voluntad de Dios no consiste tanto en conocer cada detalle del recorrido como en llegar a ser la persona que él desea que seamos. No consiste en poseer un mapa perfecto, sino en caminar de la mano del Guía.

Quizá nunca lleguemos a comprender todas las curvas del camino. Habrá preguntas sin respuesta, retrasos inesperados y decisiones que solo entenderemos mucho tiempo después. Pero la fe cristiana descansa en una convicción sencilla: Dios no siempre nos muestra todo el mapa, pero siempre sabe adónde nos conduce. Y cuando el viaje termine, descubriremos que la verdadera voluntad de Dios era mucho más hermosa que cualquiera de nuestros planes. Porque, en última instancia, no nos estaba guiando simplemente hacia un lugar. Nos estaba guiando hacia Él.

Por Víctor M. Armenteros

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