Iconexión — Una serie de conversaciones sobre fe, teología y vida entre Víctor M. Armenteros y Lerda Ancilla.
💡 Consejo de Lerda sobre este texto: «La voluntad de Dios se comprende mejor cuando dejamos de buscar respuestas absolutas y aprendemos a confiar en su carácter. La fe madura no consiste en entenderlo todo, sino en seguir a Cristo, que es la mejor revelación de quién es Dios».
Hay preguntas que nunca terminan de abandonarnos. Nos acompañan en la juventud, reaparecen en la madurez y vuelven a visitarnos cuando los años acumulan experiencias, cicatrices y algunas certezas provisionales. Una de ellas es, sin duda, la cuestión de la voluntad de Dios.
La formulamos de muchas maneras. ¿Qué espera Dios de mí? ¿Por qué ha permitido esto? ¿Era esta la decisión correcta? ¿Me he equivocado de camino? A veces la pregunta nace de una inquietud espiritual sincera; otras veces surge del dolor, de la incertidumbre o de la necesidad humana de encontrar sentido en medio de circunstancias que parecen escapar a nuestro control. Sin embargo, quizá el principal obstáculo para comprender la voluntad de Dios no sea la falta de respuestas, sino las imágenes equivocadas que construimos acerca de Dios mismo. Antes de preguntarnos qué quiere Dios, conviene preguntarnos quién es Dios. Porque la forma en que lo imaginamos condiciona inevitablemente la manera en que interpretamos su voluntad.
EL DIOS DE LAS LAGUNAS
Una de las caricaturas más frecuentes es la del llamado «dios de las lagunas». Se trata de un dios al que recurrimos para explicar aquello que no comprendemos. Cuando algo escapa a nuestro conocimiento, concluimos rápidamente que debe tratarse de una intervención directa de Dios. Durante siglos, muchas personas interpretaron así los fenómenos naturales, las enfermedades o los acontecimientos extraordinarios. Allí donde terminaba la explicación humana comenzaba automáticamente la explicación divina.
Por lo tanto, para los que piensan así, la voluntad de Dios es un misterio insondable, indescifrable, incognoscible e inescrutable (¡cómo nos gustan estos adjetivos cuando pretendemos que la teología sea casi inexplicable!).
A primera vista parece una postura piadosa, pero encierra un problema importante. Si Dios queda relegado únicamente a aquello que ignoramos, su espacio se reduce cada vez que aprendemos algo nuevo. Paradójicamente, cuanto más crece el conocimiento, más pequeño parece hacerse Dios. Sin embargo, el Dios de la Escritura no habita solamente en el misterio. También está presente en aquello que comprendemos. Está en las preguntas y en las respuestas; en lo desconocido y en lo conocido. La fe cristiana no necesita refugiarse en la ignorancia para sobrevivir.
EL DIOS RAZÓN
Existe también una segunda caricatura, mucho más moderna y aparentemente sofisticada. Es la del «dios razón». No se trata ya de atribuir todo a Dios, sino de creer que la inteligencia humana puede explicarlo todo. La razón es un regalo extraordinario. Gracias a ella investigamos, descubrimos, desarrollamos tecnologías, comprendemos mejor el universo y mejoramos nuestra calidad de vida. La tradición adventista, de hecho, siempre ha valorado profundamente la educación, el estudio y el pensamiento crítico.
Por lo tanto, para los que piensan así, la voluntad de Dios es una cuestión de método, de análisis y de explicación pormenorizada. Pero la razón tiene fronteras. El problema no surge cuando pensamos, sino cuando suponemos que nuestra capacidad de pensar es ilimitada. Hay una diferencia enorme entre afirmar que podemos conocer mucho y afirmar que podemos conocerlo todo.
El libro de Job gira precisamente alrededor de esta cuestión. Después de interminables discusiones y explicaciones teológicas, Dios aparece sin ofrecer una respuesta detallada al sufrimiento de Job. En lugar de eso, le recuerda algo mucho más profundo: la realidad es infinitamente más grande de lo que cualquier ser humano puede abarcar. No todas las preguntas encuentran respuesta inmediata. No todos los misterios se resuelven. Y reconocerlo no es una derrota de la inteligencia, sino una expresión de humildad.
Quizá una de las frases más espirituales que podemos pronunciar sea simplemente: «No lo sé». Vivimos en una cultura donde todos parecen tener respuestas para todo. Las redes sociales están llenas de expertos instantáneos. Los programas de televisión, de tertulianos. La humildad intelectual se ha convertido casi en una rareza. Sin embargo, la fe madura sabe convivir con preguntas abiertas sin que por ello se derrumbe la confianza en Dios.
MI DIOS
Hay todavía una tercera caricatura, probablemente la más peligrosa porque suele pasar desapercibida. Es la tendencia a fabricar un Dios a nuestra medida. No el dios de las lagunas ni el dios de la razón, sino «mi dios». El dios que siempre piensa como yo, que coincide con mis preferencias, que respalda mis opiniones y que bendice mis proyectos.
Resulta sorprendente la facilidad con la que podemos confundir nuestras convicciones con la voz de Dios. A veces hablamos de la voluntad divina cuando, en realidad, estamos describiendo nuestros propios deseos. Interpretamos la realidad desde nuestra perspectiva limitada y terminamos creyendo que esa perspectiva coincide plenamente con la mirada de Dios.
Cuando esto ocurre, dejamos de escuchar a Dios para empezar a escucharnos a nosotros mismos. Dios se convierte en un argumento, en una herramienta o incluso en una justificación. Ya no es el Señor de nuestra vida; es un instrumento para alcanzar nuestras metas. E, incluso, para manipular.
La Biblia presenta una visión muy distinta. Dios no existe para cumplir nuestros planes. Somos nosotros quienes estamos llamados a participar en los suyos. Jesús lo expresó con una sencillez admirable en Getsemaní cuando pronunció aquella oración que sigue siendo una de las más difíciles para cualquier creyente:
«No se haga mi voluntad, sino la tuya».
Tal vez ahí se encuentre una de las claves fundamentales de la espiritualidad cristiana. La madurez no consiste en lograr que Dios se adapte a nosotros, sino en permitir que nosotros nos adaptemos a Dios.
Por eso, cuando hablamos de la voluntad de Dios, debemos comenzar reconociendo algo elemental: somos criaturas. Nuestra visión es parcial. Nuestro conocimiento es limitado. Nuestra comprensión de la realidad está condicionada por nuestra experiencia, nuestra cultura y nuestros prejuicios. Dios, en cambio, contempla el conjunto. Lejos de ser una idea humillante, esta verdad resulta profundamente liberadora: nos libera de la obligación de tener todas las respuestas y nos permite descansar en la confianza de que Dios comprende aquello que nosotros apenas intuimos.
Y aquí aparece una consecuencia especialmente relevante para los adventistas. Reconocer nuestros límites no significa renunciar al conocimiento. Todo lo contrario. Precisamente porque Dios es el autor de toda verdad, la fe y la investigación honesta no deberían verse como enemigas.
Durante demasiado tiempo algunos han presentado la ciencia y la fe como adversarios irreconciliables. Sin embargo, ambas buscan comprender la realidad, aunque lo hagan desde preguntas diferentes. La ciencia explora los mecanismos del universo; la fe reflexiona sobre su significado último. La ciencia nos ayuda a entender cómo funciona la creación; la fe nos recuerda quién es su Creador. Cuando una y otra dialogan con humildad, se enriquecen mutuamente.
UNA BRÚJULA
Quizá la voluntad de Dios no sea un mapa detallado donde cada curva aparece dibujada de antemano. Quizá se parezca más a una brújula. No elimina las incertidumbres del camino ni responde todas nuestras preguntas, pero orienta nuestra dirección. Esa brújula tiene un nombre: Jesucristo.
Cada vez que nos preguntemos cuál es la voluntad de Dios, conviene volver la mirada hacia él. Su compasión, su justicia, su misericordia, su servicio y su amor constituyen la mejor revelación del carácter divino. Tal vez no siempre sepamos por qué ocurren ciertas cosas. Tal vez algunas preguntas permanezcan abiertas hasta la eternidad. Pero sí sabemos cómo es Dios porque lo hemos visto reflejado en Jesús. Y esa certeza, al final, resulta mucho más importante que disponer de todas las respuestas. Porque la fe cristiana no consiste en comprenderlo todo. Consiste en confiar en Aquel que lo comprende todo.
Por Víctor M. Armenteros


