La libertad nunca es dada voluntariamente por el opresor; debe ser experimentada por el oprimido a pesar de las presiones. Por eso la libertad siempre se obtiene por medio de una guerra. No hay opresor que reconozca su injusticia y, por eso, si no hay una guerra por parte del oprimido, nunca ganará su libertad. Sin embargo, hay una gran confusión respecto a cómo se gana correctamente una guerra. Los gobiernos mundanales, al no aceptar la dimensión espiritual de la vida, piensan que las guerras se ganan por medio del poder militar, bélico o, en el caso del terrorismo, por medio de la violencia indiscriminada. Esa forma de pelear gana batallas pero nunca gana una guerra que lleva a la paz y a la libertad.

La Biblia nos muestra que una guerra se gana mediante el poder de una idea. Jesús hizo tambalear al Imperio Romano sin usar un arma, sin odio ni venganza. El Imperio empleó toda su fuerza material para aniquilar el movimiento iniciado por el humilde Carpintero, y lo único que consiguió fue reavivarlo. Eso es lo que pasa cuando se pretende aniquilar una idea espiritual por medio de la fuerza material.

La gran calamidad para el cristianismo llegó cuando el estado se unió a la institución religiosa con el fin de propagar sus creencias por medio de la fuerza material. Esa fue la señal de que se había perdido la idea original iniciada por Jesucristo. Donde se usa la fuerza física, política, bélica o jerárquica para imponer una creencia se pierde la fuerza de la idea original que hizo de un determinado grupo un movimiento victorioso.

La Biblia habla en Apocalipsis de un ejército que Dios formará al final de la historia. Será un ejército que proclamará una idea: el evangelio eterno en Jesucristo. Este ejército no usará armas, no se movilizará por odio, sino que avanzará solamente por la fuerza del amor basado en la Palabra. Un amor que será firme como una roca, que no someterá su conciencia a las presiones de la conveniencia y que no vacilará en dar un testimonio claro acerca de Jesucristo.

Sin embargo, es necesario destacar que dado que ese grupo se formará alrededor de una idea, todos sus integrantes deberán ser pensadores; no podrá ser de otra forma. No serán pensadores independientes, sino pensadores individuales que, en humildad, profundizarán la idea de Jesucristo por medio del diálogo comunitario. Este ejército no se formará como resultado de una campaña rápida, ni por el arrebato de una emoción momentánea. Todo lo contrario, ese ejército se formará poco a poco, con sacrificio y perseverancia, en fidelidad a Jesucristo hasta en las cosas más pequeñas. No se formará de manera apresurada, movidos por la necesidad de confeccionar un informe abultado que se deba presentar en algún inminente congreso. Será el resultado de colaborar con la obra y los tiempos del Espíritu Santo, dejando de lado nuestras agendas personales. El reclutamiento del ejército final se hará con la consciencia de que cada persona no solo deberá saber en Quien creyó, sino “porque” cree, y eso, aunque no nos guste, lleva tiempo, experiencia de vida y diálogo franco y honesto basado en la Palabra.

No estamos formando movimiento cuando nos movemos motivados por agendas que buscan el éxito por el éxito en sí. Hemos sido llamados a formar un movimiento de mártires, no de profesionales exitosos. Hemos sido llamados a proclamar los principios del reino encarnados en la vida de Jesucristo, no un estilo de vida denominacional. Hemos sido llamados a preparar camino para la segunda venida de Cristo, no a aplicar los más novedosos métodos para hacer crecer iglesias. Hemos sido llamados a ser fieles a una Persona, no a una institución.

Que Dios nos bendiga y nos haga descubrir nuevamente la idea original.

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