Al principio Dios hizo al hombre a su imagen, conforme a su semejanza, (Gén. 1:26) y lo dotó de un cuerpo perfecto, de un organismo capaz de superar todos los obstáculos posibles, le dio una compañera idónea y un trabajo perfecto, relajante y fructífero. Cinco sentidos fueron el complemento de ese ser que sería la obra maestra de la creación: la vista, con los campos se vistieron de verde y de flores multicolores; el olfato, par disfrutar de múltiples olores; el oído, rodeados de los sonidos de la naturaleza, de los pájaros cantores y de la música que Dios creó para nuestro deleite; el gusto, con nuestras papilas gustativas capaces de disfrutar los distintos sabores; y el tacto para comunicarnos con nuestros seres queridos a través de las caricias.

Pero aunque algunos estén pensando que me olvido de un sexto sentido, lo que quiero enfatizar en este artículo es el don más contundente a favor de la creación salida de las manos de un Dios eterno: el don del lenguaje y la comunicación. Es aquí donde quiero hacer un punto y aparte para compartir algunas reflexiones sobre un tema tan apasionante.

En la Biblia encontramos algunos ejemplos de animales que tuvieron la facultad del habla en algún momento de su vida y que fueron utilizados por Dios o por el diablo para comunicar un mensaje al ser humano. Sin ir mas lejos, en el jardín del Edén, una serpiente encantadora hace el papel de medium y embelesa a una Eva sorprendida de que un animal hable. (Gén. 3:1 ). Palabras que llevaron a la ruina a la humanidad por decisión propia. Más adelante nos encontramos un asna que establece una conversación de adultos con Balaam (al cual no sorprendió que esta hablara), quien la contesta de una forma natural como la vida misma, en un tú a tú (Núm. 22: 28). Habría que profundizar sobre quién estaba más cuerdo de los dos.

También nos encontramos con la figura literaria de la personificación que hace que el cuerno hable grandes palabras (Dan. 7: 11), que el cardo hable al cedro del Líbano (2 Reyes 14: 9), que la sangre de Abel hable (Heb. 11: 4), entre otras. Pero, ¿cuál es esa partícula que identifica a Dios como el Creador de todo lo que existe en el cielo y en la tierra? Desde un punto de vista filológico, podríamos decir que es la facultad del habla, de la comunicación mediante sonidos y del discurso que podemos entablar entre los seres humanos. No excluyo el lenguaje gestual –manos, ojos, entonación– con que acompañamos nuestro discurso lingüístico.

Es verdad que algunos animales emiten sonidos que nos sorprenden e incluso pronuncian palabras y frases fruto de la repetición. Tomemos en cuenta, por ejemplo, el lenguaje del loro, de los delfines, de las ballenas (que encantaban a los marineros). Todos tienen en común ese discurso lineal sin un argumento preciso.

Conocí a una pareja de ancianos que habían adoptado una niña china. Fueron a la escuela a aprender chino para poder hablar con ella. ¡Qué gran error! La niña hablaría por imitación lo que oyera de sus padres.

La partícula de Dios

La facultad del habla nos diferencia de los seres inferiores; pero al mismo tiempo, como sabemos muy bien, no solo hablamos o escuchamos sino que, para que la comunicación sea perfecta, necesitamos un emisor –el que habla–, un receptor –el que escucha–, y un mensaje –una consecución de sonidos que tiene en sí misma un contenido–. Incluso una exclamación, como “¡Ay!”, expresa un mensaje completo de sorpresa, dolor, lástima… dependiendo del contexto.

¿Acaso nunca paso por vuestra mente la pregunta de cuál sería el lenguaje utilizado entre Dios y sus ángeles? ¿O entre Dios y Adán? ¿O cuál utilizaremos en el cielo? Esta última pregunta surge del hecho histórico de la confusión de las lenguas en la Torre de Babel, tema que trataremos en otro artículo pues es trascendental para conocer el origen de tantos idiomas actualmente en la tierra.

El complejo y completo sistema de nuestro aparato fonológico, empezando por las cuerdas vocales, la laringe, el pulmón y, completando el circuito, el aire, nos asemeja a esa mano diestra que toca las cuerdas de una guitarra emitiendo un sonido certero que transmite un mensaje musical. ¿Acaso no es interesante denominar a las notas “lenguaje musical”? ¿Cuáles son los elementos que intervienen en esa clase de lenguaje? Esto, igualmente, lo dejaremos para un próximo estudio, pero invitamos al lector a que busque sobre el tema y aporte sus ideas.

Si hablamos desde el ámbito espiritual, ningún hombre habló como Jesús (Juan 7: 46), porque ni nadie conocía como el Hijo el lenguaje que nace de un corazón de amor hacia la raza perdida. Es pues interesante saber qué hay en nuestro corazón para que el mensaje que emitamos sea de sabor a vida, como la sal que ayuda y edifica, o a muerte y desesperanza para un mundo en el que ya abunda bastante esta última. Desde la primera palabra que emitió Dios dirigiéndose a este planeta oscuro y triste, «Sea la luz» (Gén. 1: 3), hasta la última que nos es transmitida en su Palabra, «Ciertamente vengo en breve» (Apoc. 22: 20), todo el mensaje cabe en una sola palabra: AMOR, pero expresa un mensaje que solo aquellos que tienen un corazón dispuesto a recibir, pueden disfrutar la plenitud del significado del origen tan maravilloso que tenemos, un Padre amante y compasivo, y del destino tan espectacular que se abre ante nosotros: amor eterno y misericordia sin límites (Jer. 31:3 ). En esto conocemos que amamos a Dios: si amamos a nuestros hermanos (1 Juan 4: 21); por lo tanto, hechos como somos a imagen de Dios, nuestro lenguaje reflejará que hemos estado con Jesús, y nuestro mensaje cambiará el mundo porque somos emisores del mejor mensaje que haya sido jamás dado a los mortales, y producirá cambios para vida eterna en los receptores del mismo (Salmo 145: 11).

Que el anhelo de nuestra alma sea cada día: «Habla Jehová porque tu siervo oye» (1 Sam. 3: 9). Esa es la partícula de Dios en nosotros.

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