Semana de Oración JAE: REVOLUCIÓN, la reforma que cambió el mundo

DÍA 6

LA CONFESIÓN DE MI PECADO Y MI CULPA

(SOLA FIDE)

ABSUELTOS POR COMPLETO: ¡POR FIN SOMOS LIBRES DE TODA CULPA Y PECADO!

Durante la Edad Media, la gran pregunta que se hacían las personas era «¿Cómo hago frente a mis sentimientos de culpa?», y es probable que nos asalte la misma duda hoy en día. A lo mejor ya no hablamos de ello abiertamente, pero sí acudimos a instituciones sanitarias y a médicos con el fin de aliviar nuestros pesares. Muchas enfermedades son de origen psicosomático, lo que indica que las causas fundamentales tienen más que ver con nuestra forma de ver y afrontar la vida que con lo que podemos hacer por medio de un estilo de vida saludable. Por ejemplo, cuando surge algún problema, podemos decir: «Tengo un nudo en el estómago» o «esto me está quitando el sueño»; pensamientos como estos pueden provocar un cáncer de estómago o noches de insomnio que creemos que solo podemos solucionar con la ayuda de pastillas para dormir. Las cosas que nos abruman nos aplastan y nos privan de toda alegría, y el sentimiento de culpa es una de ellas.

En la Edad Media era frecuente airear la culpa de los demás en público: se encadenaba a las personas o se les ponía un cepo con el fin de humillarlas ante todos. Si se demostraba que eran culpables, el castigo tenía como resultado su expulsión de la sociedad durante un tiempo, a veces incluso toda la vida. Con «suerte» se te «sentenciaba» a hacer un peregrinaje a Tierra Santa en Palestina, pero en la mayor parte de las ocasiones el desenlace final era la sentencia de muerte. Otros quedaban marcados de por vida como resultado de las medidas tomadas por la Inquisición. En cualquier caso, se tildaba de criminales tanto a los infractores como a los que simplemente aparentaban serlo; se les trataba como a forasteros, y se les dejaba fuera de las murallas de la ciudad, donde perdían toda sensación de seguridad.

TRASFONDO HISTÓRICO E INTERPRETACIÓN DEL CUADRO

Lutero ya era un fugitivo cuando acudió a la Dieta de Worms. Para entonces, ya había sido excomulgado por el papa, por lo que se le consideraba públicamente un hereje que había perdido el derecho a vivir. El 18 de abril de 1521, tras su discurso en la Dieta de Worms, el emperador también lo condenó y lo declaró proscrito en el imperio. Esto quería decir que quien se encontrara con Lutero debía entregarlo a las autoridades o matarlo, ya que contaba con la autorización para hacerlo sin que esto representara un crimen. De este modo, Lutero pasó a formar parte de los marginados de la sociedad y este fue el motivo por el cual, durante los meses siguientes, tuvo que permanecer escondido en el castillo de Wartburg hasta que se calmaran las aguas (o al menos eso esperaba su aliado, el Príncipe Federico).

En la parte derecha del Retablo de la Reforma observamos una representación del perdón de los pecados. En ella alcanzamos a ver a Johannes Bugenhagen (amigo de Lutero y su sucesor como pastor de la iglesia de Wittenberg y como reformador en el Norte de Alemania, Pomerania y Dinamarca) arrodillado frente al púlpito. El pastor, junto con otra persona que inclina su cabeza en señal de humildad, se postra ante toda la congregación y ante Dios. El cuadro parece mostrar a una persona que se confiesa ante el Señor al decir: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18: 13). El pastor lo tranquiliza recordándole la promesa de Dios en cuanto al perdón de los pecados, tal y como lo describe el profeta en Isaías 43: 25: «Yo, yo soy quien borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados».

Todavía nos queda algo más por observar en la pintura: Bugenhagen, el pastor, sujeta una llave encima de la cabeza del pecador que se arrepiente de sus pecados. En la Edad Media, esta iconografía era un símbolo del «poder de las llaves» que fue otorgado a Pedro según Mateo 16: 19. Se creía que la llave que daba acceso al perdón y, por ende, al reino de los cielos, había sido entregada a Pedro y luego a los papas; según la tradición, tan solo ellos ostentaban esta autoridad.

Sin embargo, en la nueva Iglesia protestante, se había desprovisto al papa de toda autoridad. Aquí podemos ver que quienes reciben el perdón son aquellas personas que piden perdón a Dios con un corazón arrepentido. Esto choca de lleno con lo que vemos en la parte derecha del cuadro: un noble de ceño fruncido, ceja pronunciada y ojos oscuros, cuya expresión da a entender que no siente remordimiento alguno, y que no le interesa ser perdonado. Por eso se aleja del altar y de la congregación. No recibirá el perdón, así que seguirá sufriendo bajo el peso de la culpa.

El pintor también acentúa esta diferencia entre estos personajes por medio de los colores que utiliza. En la época, se consideraba que el amarillo era el color de Judas (Cranach también lo pintó así en la escena del cuadro central), de los herejes y del pecado. El noble ceñudo de la pintura lleva ropa interior de color amarillo; en su interior, sigue estando cubierto de pecado. No sabe lo que es experimentar el gozo y la libertad que produce el perdón. Al final, abandona la iglesia que podría haberle ayudado a empezar de nuevo, de cero.

CÓMO EXPERIMENTÓ LUTERO EL PERDÓN

La cuestión relativa al perdón de los pecados y la culpa se encuentra en el epicentro de la Reforma. Fue esta pregunta la que llevó a Lutero a la comprensión de la verdad que dio comienzo a la Reforma, un interrogante que no perdió importancia con el paso de los años. No obstante, experimentar lo liberador que es entender que Jesús ha perdonado nuestros pecados no significa que ahora tenemos carta blanca para continuar pecando en el futuro. Por eso leemos lo siguiente en Romanos 6: 12-15: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus apetitos; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. El pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la Ley, sino bajo la gracia. ¿Qué, pues? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la Ley, sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera!».

Lutero era consciente de que tenemos que luchar contra el pecado todos los días. Incluso teniendo una relación con Jesús desde hace muchos años, nadie puede decir que el pecado no ejerce poder alguno sobre su vida. Desafortunadamente, aunque nuestra relación con Jesús sume muchos años y estemos bajo la esfera de su poder, la realidad es que el diablo todavía no ha muerto. Pero puedes recibir ánimo y ser alentado al considerar las palabras del apóstol en 1 Juan 2: 1-6: «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo. Él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. En esto sabemos que nosotros lo conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso y la verdad no está en él. Pero el que guarda su palabra, en ése verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo».

Para Lutero, lo esencial era que todo el mundo entendiera lo importante que es pedir perdón a Dios cada día. Él era consciente de sus propias limitaciones, producto de su debilidad o de su arraigada pecaminosidad, que le impedían cumplir con los estándares de Dios en cuanto a la obediencia y la rectitud.

EN ESTO CREO, ATRIBUIDO A MARTÍN LUTERO

«Debido a mi maldad y debilidad innatas, me ha resultado imposible cumplir con el estándar de justicia que Dios requiere.

»Si se me impide creer que, en nombre de Jesús, Dios perdona las limitaciones que son motivo de remordimiento para mí a diario, toda esperanza es vana e inútil.

»Debería estar desesperado. Me niego a ello. No voy a hacer lo que hizo Judas, no voy a colgarme en un árbol. Elijo en su lugar colgarme al cuello o a los pies de Cristo, tal y como hizo la mujer pecadora, y a pesar de ser peor que ella, me asiré con fuerzas a mi Señor.

»Entonces Él le dice a su Padre: “También se debe permitir el paso a esta cosa que cuelga de mí. Sí, es cierto, ha quebrantado todos tus mandamientos; no ha cumplido ni uno. Pero Padre, ha elegido colgarse a mí. ¡Qué sentido tiene! Yo morí por él. Déjale pasar”.

»En esto creo».

A pesar de lo doloroso que resulta darse cuenta de que por nuestros propios medios no podemos hacer méritos ante Dios, podemos aferrarnos a una cosa: la fe, la confianza en Jesús. Puesto que él murió, podemos reclamar su sacrificio en nuestro favor. Todo cuanto importa a los ojos de Dios es la fe (Sola Fide). Años después de haberse convertido en uno de los líderes más importantes de la Reforma del siglo XVI, Lutero mismo confesó que su conocimiento, su experiencia, su valiente testimonio en la Dieta de Worms, y todos sus años como profesor en la universidad no significaban nada ante los ojos de Dios.

VIVIR LIBRES DE CULPA

Para nosotros, es normal hablar acerca de nuestros éxitos y de aquello que se nos da bien; algunos somos incluso unos verdaderos expertos en hacerlo, y eso no tiene nada de malo. Algunas personas son tan buenas que alcanzan logros que están por encima de la media, lo que les conduce a obtener trabajos bien remunerados y a una vida desprovista de demasiadas preocupaciones. ¡Ojalá fuera así de sencillo! Pese a todas las pólizas de seguros que podamos contratar, el dinero no puede asegurarnos una vida feliz; ninguna compañía de seguros puede cubrir tal cosa. Entonces, ¿qué podemos hacer?

Con la fe solo podemos actuar como lo hacemos cuando amamos: teniendo confianza. Hace falta armarse de mucho valor para reconocer que somos culpables y admitir nuestras faltas. Si lo dejaran a nuestra elección, preferiríamos hacer las cosas de un modo distinto; ¡somos verdaderos expertos en generar excusas y mentirijillas blancas! Los demás son siempre los verdaderos culpables, ¡no nosotros! Nos cuesta tantísimo decir: «Sí, es mi culpa y de nadie más, no puedo poner peros ni excusas». Esto sin mencionar lo difícil que nos resulta procurar enmendar nuestros errores en la medida de lo posible. Esta es una de las cosas más difíciles que puedes hacer, y también una de las más hermosas experiencias que puedes vivir como hijo de Dios.

El rey David tuvo una vivencia tal en la época del Antiguo Testamento y la dejó por escrito en el Salmo 32. Merece la pena leer este salmo una y otra vez, porque parece una descripción de mi propia vida: «Finalmente te confesé todos mis pecados y ya no intenté ocultar mi culpa. Me dije: “Le confesaré mis rebeliones al Señor”, ¡y tú me perdonaste! Toda mi culpa desapareció» (Salmo 32: 5, NTV). Por fin soy libre, sin carga alguna que me agobie, ¡solo puedo disfrutar! No solo eso, todo el cielo se alegra cada vez que uno de nosotros vive esta experiencia.

NUESTRO LEGADO

Nuestro sentimiento de culpa es real y solo podemos deshacernos de él por medio de la liberación en Jesús. Sí, sentirse culpable es algo natural. El verdadero arrepentimiento y un corazón contrito son los que nos permitirán lidiar con ello. Elena G. de White declara que Jesús tomó nuestra culpa sobre sí: «Sobre Cristo como sustituto y garante nuestro fue puesta la iniquidad de todos nosotros. Fue contado por transgresor, a fin de que pudiese redimirnos de la condenación de la ley. La culpabilidad de cada descendiente de Adán abrumó su corazón. La ira de Dios contra el pecado, la terrible manifestación de su desagrado por causa de la iniquidad, llenó de consternación el alma de su Hijo. Toda su vida, Cristo había estado proclamando a un mundo caído las buenas nuevas de la misericordia y el amor perdonador del Padre. Su tema era la salvación aun del principal de los pecadores. Pero en estos momentos, sintiendo el terrible peso de la culpabilidad que lleva, no puede ver el rostro reconciliador del Padre. Al sentir el Salvador que de él se retraía el semblante divino en esta hora de suprema angustia, atravesó su corazón un pesar que nunca podrá comprender plenamente el hombre. Tan grande fue esa agonía que apenas le dejaba sentir el dolor físico».1 Una buena comprensión del ministerio de Jesús en el santuario celestial nos permitirá descubrir las profundidades del amor de Cristo.

Nuestro legado: «Hay un Santuario en el cielo. En él ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. El Juicio Investigador revela, a las inteligencias celestiales, quiénes de entre los muertos serán dignos de participar en la primera resurrección. También pone de manifiesto quién, de entre los vivos, está preparado para ser trasladado a su Reino eterno. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida» (Hebreos 8: 1-5; 4: 14-16; 9: 11-28; 10: 19-22; 1: 3; 2: 16, 17; Daniel 7: 9-27; 8: 13-14; 9: 24-27; Números 14: 34; Ezequiel 4: 6; Levítico 16; Apocalipsis 14: 6, 7; 20: 12; 14: 12; 22: 12).2

LA PROMESA DE DIOS PARA TI

«Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo» (Romanos 10: 9).

REFERENCIAS

1 Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes (Doral, Florida: IADPA, 2007), p. 713.

2 Las 28 creencias fundamentales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Extraída de la página web de la Iglesia Adventista: http://www.adventistas.org/es/institucional/ creencias/ Consultado el 2 de marzo de 2017.

PREGUNTAS PARA DEBATIR

Lutero, guiado por el temor al infierno y a la ira de Dios, recurrió a una vida monástica con el fin de encontrar la salvación.

  1. ¿Cómo puede afectar el temor al infierno a tu relación con Dios?
  2. Comenta 1 Juan 3: 7-9: «Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios».

PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR PERSONALMENTE

1. Lee 1 Juan 3: 6: «Todo aquel que permanece en él, no peca. Todo aquel que peca, no lo ha visto ni lo ha conocido». Para ti, ¿qué significa este texto bíblico?

COMENTARIOS

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Author Dr. Johannes Hartlapp, autor principal