el-lenguaje-de-las-estrellas

¿Quieres saber tu futuro? Está escrito en las estrellas. Al final de este artículo lo entenderás.

Hemos hablado del lenguaje de las plantas, de las piedras, de los animales, de las lágrimas, de la vara, de la Biblia y hoy nos centraremos en el lenguaje del cielo estelar.

Desde el punto de vista filológico, tenemos dos tiempos verbales para expresar el futuro en español: el futuro simple y el futuro perifrástico: ir a+ infinitivo. El primero expresa una intención, el segundo un futuro cercano planeado. Tanto uno como otro dependen del día de mañana que no nos pertenece. Jesús mismo dijo que no nos preocupáramos del día de mañana, pues cada día tiene su propia preocupación o mal (Mateo 6:34).

Nos morimos literalmente, aún los creyentes, por conocer nuestro futuro, “tendré”, “seré”, “me casaré”, “estaré”, “viviré”… sin disfrutar del presente. O vivimos en el pasado o en el futuro, sin pararnos y vivir el presente.

Desde los días de la creación, cuando Dios creó las estrellas (Génesis 1:16), el hombre ha intentado leer su futuro, como si ellas pudieran hablarnos.

Desde el principio Dios prohibió terminantemente consultar a los astrólogos que miran el cielo (Levítico 19:31), ¿y al mismo tiempo se nos insta a mirar las señales de los cielos? (Mateo 24:32).

A Abrahán se le propuso contar las estrellas del cielo para hablar de su posteridad (Génesis 15:5) como si fuera tarea fácil. Desde la antigüedad el hombre adoraba el sol (la estrella por excelencia), o la luna o las estrellas o todo a la vez. Pero la cuestión es: ¿pueden hablarnos?.

En el Antiguo Testamento, encontramos una profecía extraordinaria que nos asegura nuestro futuro. Se encuentra en Números 24:17. El contexto viene de un profeta codicioso y rebelde que quiere maldecir a Israel por dinero, pero de su boca sólo sale bendición: “saldrá ESTRELLA de Jacob y se levantará cetro (rey) en Israel”. Cristo Jesús, descendiente de Jacob, es la estrella resplandeciente de la mañana (Apocalipsis 22:16). Él es la luz que nos alumbra a los creyentes que vivimos en medio de las tinieblas de este mundo.

En Isaías 47:13 se nos advierte que no debemos consultar a las estrellas ni a los astrólogos, pues en el tiempo malo no nos defenderán, no son fiables.

Pero Satanás también tiene sus estrellas: llevó con él la tercera parte de las estrellas o de los ángeles (Apocalipsis 12:4), cuando se entabló la batalla en el cielo entre el bien y el mal. No es de extrañar que Job dijo que “ni las estrellas son limpias delante de sus ojos” (Job 25:5), con referencia a los ángeles que cayeron. Y Judas 13 nos habla de las “estrellas errantes; para las cuales está reservada para siempre la profunda oscuridad de las tinieblas”, con referencia al destino final de los ángeles que dejaron su habitación y eligieron el mal.

Estaban delante de la presencia de Dios, delante de la Luz, pero prefirieron las tinieblas y ese será su fin (Daniel 8:10).

Saúl consultó a los adivinos, a los mismos que él había eliminado del país, y eso fue el paso final antes de perderse para siempre en la neblina del tiempo (1 Samuel 28:7).

Ya en el Nuevo Testamento, esa estrella de Jacob la encontramos cuando Jesús nació, una estrella que anunció a los magos que el Rey de Israel había nacido (Mateo 2:2), un rey que salvaría a su pueblo de sus pecados.

Él es el que está entre las iglesias y las tiene en su diestra, en su mano derecha, la que indica favor de Dios (Apocalipsis 1:16).

La Biblia nos conmina a estudiar las señales de los tiempos y ver que cuándo la higuera echa sus frutos, el verano está cerca. Nuestro Dios vendrá desde la constelación de Orión a buscar a los suyos que le esperan y le anhelan desde que Caín mató a Abel. Ya Adán esperaba que su primogénito fuera el Redentor (Caín), lo cual no fue así.

Desde los albores de la humanidad, la tierra gime por su redención, los santos lamentan y lloran desde el altar del sufrimiento y de la aflicción.

Y ahí es cuando debemos mirar a las estrellas en busca de una nube negra como la mitad de la palma de la mano, como la que anunció la lluvia a Elías y la salvación de la sequía y el hambre.

Y ahí es cuando observaremos a nuestro Rey que viene con la hoz aguda a recoger el trigo en su granero y a hollar las uvas para destrucción eterna.

Y cuando la Estrella de Jacob vuelva a por los que dejó atrás cuando ascendió, por todos nosotros, diremos: “Este es nuestro Dios, lo hemos esperado y nos salvará” (Isaías 25:9).

Este Dios que puede salvarnos y nos salvará del horno de fuego eterno, como a los tres hebreos en Babilonia (Daniel 3:17), este Dios que nos llevará al cielo para siempre, nos pide que observemos las estrellas, no para conocer nuestro futuro, pues ya lo sabemos, sino para regocijarnos con la esperanza de la Estrella que volverá para nuestro bienestar eterno.

Y mientras nos toca soñar con Aquel que nos dará la estrella de la mañana (Apocalipsis 2:28), con aquel que es la estrella resplandeciente de la mañana (Apocalipsis 22:16), con Cristo Jesús.

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Author Mª Dolores Ouro, Doctorando en Puerto de Sagunto