84 muertos en Niza a manos de la intolerancia y la insensatez.

Muchos despertábamos esta mañana con la terrible noticia: un camión ha atropellado a 84 personas en Niza, en un ataque terrorista aplaudido por los seguidores del Estado Islámico, que se han felicitado en las redes sociales por el atroz acto cometido.

Aprovechando la festividad del 14 de julio, fiesta nacional francesa, y la concentración de personas en el Paseo de los Ingleses, paseo marítimo y centro turístico de la ciudad, los radicales religiosos arrebataban la vida a 84 personas (según cifras oficiales del Ministerio de Interior galo a primera hora de esta mañana); herían a un centenar y dejaban a 18 en debatiéndose entre la vida y la muerte.

Tristemente no es algo nuevo. Es un “suma y sigue” de la intolerancia y la crueldad. ¿Cómo es posible que el corazón humano llegue a albergar tanto odio? ¿Cómo puede ser que alguien decida matar a personas desconocidas e inocentes? Padres que han dejado huérfanos a sus hijos; maridos que han dejado viudas a sus mujeres; hijos que dejan vacíos a sus padres. Seres humanos cuyo único delito fue pasear por el lugar equivocado en el momento equivocado.

Hoy Niza y el mundo se han despertado con un grito de dolor: el de la injusticia y el sinsentido. La sinrazón del odio y la intolerancia.

Francia, en el punto de mira del terrorismo islámico tras los atentados de noviembre, que dejaron 131 muertos y centenares de heridos, había blindado París. Nadie podía pensar que algo así pudiera ocurrir en Niza.

La muerte, el asesinato, la violencia extrema como bandera de una ideología político-religiosa, o mejor dicho político-ideológica. Me  niego a llamarla religiosa, ya que no se corresponde con la definición de restauración de los lazos entre Dios y los hombres a los que alude la palabra religión en su origen. Si realmente fuera religión uniría al ser humano con Dios, y eso lo uniría también a sus semejantes. El amor sería la bandera, no el odio.

Dios es libertad, no opresión. Los que pretenden imponer sus leyes al resto del mundo, no conocen a Dios.

Algunos equiparan ese odio y esas muertes a lo que acontecía en el Antiguo Testamento (A.T.), sin comprender que el carácter de Dios está revelado en el de Cristo, y que el A.T. refleja, no el carácter de Dios, sino el de la humanidad de aquella época. Son la cultura y las costumbres del momento lo que lleva a los seres humanos a matar en nombre de Dios. Es la falta de conocimiento de Dios, la comprensión incompleta y parcial del Creador, la que les empuja. Dios se adapta al ser humano como un padre se adapta a los torpes pasos de su hijo. Quiere llevar su mensaje de amor a un mundo infecto de pecado y crueldad, cuyo único lenguaje es la violencia. Dios no se impone. Dios acompaña al ser humano y poco a poco, a lo largo de la historia le va dejando ver su verdadero carácter, conforme es capaz de verlo. Dios no abandona a su hijo violento y asesino, porque lo ama. Lo acompaña y cuida para restaurarlo y ofrecerle el mensaje de Salvación. Aunque Dios es amor, es su carácter, el hijo enfermo de pecado entiende los mensajes del Padre a través del código cultural del momento histórico en el que vive. Cree hacer la voluntad de su Padre, pero está haciendo la suya. Dios no dicta, Dios inspira. Dios es amor, es perfecto y es santo. El ser humano es pecado. El agua pura pasando por un caño sucio brota infectada.

El A.T. narra la historia de la humanidad desde su origen hasta la primera venida de Cristo, (de hecho, la historia de la humanidad se cuenta antes y después de su encarnación en este mundo: A.C. y D.C.), su objetivo es ser un registro, contarnos de dónde venimos y mostrarnos enseñanzas a través de la vida de nuestros antepasados, pero no podemos leerlo a través de nuestro código cultural porque lo entenderemos mal. Como decía mi profesor de teología del A.T., Víctor Armenteros, “todo texto fuera de su contexto es un pretexto”. El único modo de comprender el A.T. es leerlo en su código histórico-cultural, y eso implica investigar la cultura y la historia de cada época. En aquellos tiempos el dios de los pueblos paganos era quien ordenaba masacrar a los otros pueblos. El ser humano había hecho de Dios su dios.

La verdadera y única revelación de Dios es Cristo. Jesús no es un profeta inspirado, Jesús es Dios. Como curiosidad: El propio Corán habla más veces de Cristo que del profeta Mahoma y afirma que Jesús es “el Verbo”y “la Palabra” (y por tanto “el Creador”), y que volverá otra vez.

El amor es la esencia de Dios. Y donde hay amor no puede haber odio. 1 Juan 4:7-8: “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”.

Francia se sume hoy en un nuevo escalón de su espiral de dolor. Ojalá que ese dolor no genere odio. “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego” reza una antigua cita. Es lo que algunos están tratando de provocar. El odio no es la respuesta ante la barbarie. Lo es el rechazo; lo es la dignidad; lo es la educación. Si los asesinos dicen matar por Dios, deben comprender que el verdadero, el Creador de todo, es amor. Y si Dios es amor, la intolerancia religiosa no tiene razón de ser. Se desviste de religión y se queda únicamente en ideología y política. La religión mal entendida siempre ha sido una excelente herramienta de manipulación de los poderosos. Y contra eso, nuevamente, la única defensa es el conocimiento.

Cada ser humano sincero, que busque a Dios, lo encontrará amando. Dios no está en la violencia, ni el en odio, ni en el fanatismo. Está en el abrazo de un niño; en la sonrisa de un anciano; en el amor de una madre. Y todo ser humano, en lo más profundo de su alma, lo sabe.

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Author Esther Azón, Hope Media